El jaguar, el guacamayo o el armadillo son algunas de la especies emblemas de la conservación en América Latina… pocos piensan en el sapo dorado de Costa Rica, la salamandra mexicana o la rana venosa de Perú. Los anfibios no tienen la fama ni el carisma de los mamíferos y las aves.

Estas diferencias también se reflejan en el nivel de protección de estas especies. Casi una cuarta parte de los anfibios del mundo viven totalmente fuera de las áreas protegidas, según un estudio realizado por un grupo de investigadores latinoamericanos, y publicado este mes en la revista Biological Conservation. 

“Pusimos en evidencia que la proporción de anfibios no representados en las áreas protegidas aumentó en los últimos diez años, más allá de que se han designado una gran cantidad de nuevas áreas protegidas. Los anfibios no son tomados en cuenta de forma adecuada para la planificación de nuevas áreas protegidas”, señala Javier Nori , uno de los autores del trabajo quien es investigador del Conicet y la Universidad Nacional de Córdoba, en Argentina.

Nori, junto a Rafael Loyola y Priscila Lemes, de la Universidad Federal Goais, en Brasil; Diego Baldo del Instituto de Biología Subtropical, en Argentina; Julián Lescano de la Universidad Nacional de Córdoba, en Argentina,  y Nicolás Urbina-Cardona de la Universidad Javeriana, Colombia, demostró que más de 1.500 especies de anfibios (24 por ciento de todas las especies conocidas) están completamente excluidas de cualquier área protegida y otras 1.119 especies tienen menos del 5 por ciento de sus distribuciones representadas en sitios de conservación.

Además, casi la mitad de las especies no representadas están clasificadas como “insuficientemente conocidas” y muchas de ellas habitan sitios con perturbaciones generadas por el hombre, lo cual incrementa el riesgo de que se extingan. “Trabajos recientes han puesto en evidencia que varias especies de anfibios se han extinto en los últimos años sin siquiera ser conocidos para la ciencia”, detalla Nori.  

La baja representación de ranas, sapos y salamandras en áreas protegidas es más notable en países en vías de desarrollo, donde hay menos densidad de reservas e información sobre estas especies. Además, en regiones como América Latina y África la explotación de los recursos naturales tienen un papel preponderante en la economía, señala el trabajo.

En peligro

“De las 6.425 especies de anfibios cuyo riesgo de extinción ha sido evaluado en la Lista Roja de Especies Amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), 1.961 (el 30 por ciento) están en riesgo de extinguirse”, apunta Ariadne Angulo, integrante del grupo de especialistas en anfibios de la IUCN.

En particular, en América Latina hay 3.200 especies evaluadas y 1.139 (casi 36%) están amenazadas. “Sin embargo, quedan aún muchas nuevas por evaluar, dado que constantemente se están describiendo nuevas especies, a una tasa aproximada de una especie cada dos días”, agrega. 

Ranas, sapos y salamandras sufren más la pérdida y fragmentación del hábitat que otros animales más grandes y que las aves. “El grupo también está impactado por enfermedades, contaminación, comercio y cambio climático, que actúan en conjunto”, detalla Angulo. Se refiere a hongos quitridios y ranavirus propios de los anfibios que los hacen más sensibles a ciertas condiciones que otros grupos. En este sentido, las áreas protegidas podrían ayudar a protegerlos de estas enfermedades cuando aún no están presentes. Además, según Angulo, si los hongos ya están presentes en un área protegida, es más fácil aplicar protocolos de bioseguridad para evitar la diseminación del hongo y realizar un manejo poblacional para minimizar el impacto.

Entre las muchas especies que se han perdido, Angulo destaca como emblemática al sapo dorado de Monteverde (Incilius periglenes), ahora considerado extinto, ya que fue visto por última vez en  1989. La situación también es crítica para casi todas las ranas arlequines (género Atelopus, propias del continente americano) o para la mayoría de las ranas andinas del género Telmatobius.

Nori ejemplifica la problemática con la especie Scinax alcatraz, endémica en Brasil, y que aparece como críticamente amenazada porque ocupa un área menor a 100 kilómetros cuadrados. Hasta hace poco su hábitat –la Isla de Alcatrazes, en el estado de Sao Paulo– era utilizado como un sitio de entrenamiento militar.

Por su parte, también en Brasil está la Melanophryniscus admirabilis que solo se ubica en algunos metros del río Forqueta, en el estado de Río Grande do Sul. Su principal amenaza son las pequeñas centrales hidroeléctricas que se están construyendo en el curso de agua y el uso de agroquímicos en las plantaciones de tabaco cercanas.

Los investigadores entienden que la conservación debe realizarse de manera integral para así pensar en la totalidad de la diversidad genética y de los servicios ambientales que nos brinda la naturaleza. “Los anfibios son un grupo de particular interés antrópico por muchas causas, entre ellas, la inmensa cantidad de sustancias que los anfibios producen con potencial médico. Además, son enormes consumidores de insectos, muchos de los cuales resultan plagas para la agricultura o son transmisores de enfermedades”, ejemplifica Nori.

Angulo agrega que cada especie tiene un valor intrínseco y en algunos casos cultural, razón por la cual hay que conservarla. “Además del potencial farmacéutico, los anfibios pueden ser importantes indicadores de cambios ambientales. Todavía tenemos mucho por descubrir de estos increíbles animales”, comenta.

Los gráficos de pastel muestran la cantidad de especies de anfibios de cada región según el nivel de protección. En rojo, el porcentaje de especies que no están en sitios protegidos; en azul las especies cuyo hábitat está en un área de máxima protección; y en naranja, las especies ubicadas en áreas protegidas pero donde hay actividad humana. En los mapas, los tonos rojos más oscuros muestran países donde los anfibios están menos protegidos./ Imagen de Javier Nori.

 

*Nota de editor 20/11/15: En el pie de foto por error se consignó que se trataba de la especie Scinax alcatra, la especie correcta es Melanophryniscus admirabilis.