Si le da una cerveza a un ratón, él va a pedir una galleta ... y otra, y otra. Si le da a una persona suficiente cerveza, puede que se encuentre a sí misma devorando un plato de nachos grasientos. Pero, ¿por qué la borrachera nos hace comer en exceso? La razón puede no estar en el estómago sino en el cerebro, sugieren investigaciones recientes. Un estudio publicado esta semana en Nature Communications encontró células cerebrales activadas por alcohol que controlan el hambre, enviando a ratones borrachos a salir corriendo en la búsqueda de tentempiés incluso cuando no estaban realmente hambrientos.

Investigadores del Laboratorio Mill Hill del Instituto Francis Crick de Londres hicieron que los ratones se embriagaran, luego marcaron y registraron la actividad eléctrica en las células cerebrales vinculadas al hambre y descubrieron un mecanismo neuronal que podría explicar por qué los animales comieron mucho más después del consumo excesivo de alcohol, incluso cuando sus cuerpos no necesitaban las calorías.

Aunque las punzadas de hambre en nuestro estómago por lo general nos alertan de que es hora de comer, el impulso para consumir alimentos se origina en nuestro cerebro y las células cerebrales localizadas en el hipotálamo llamadas neuronas proteínas r-agouti (AgRP, por sus siglas en inglés) juegan un papel clave en el control del hambre. Un estudio previo mostró que cuando las neuronas AgRP están activadas, los ratones casi inmediatamente buscan comida y comienzan a comer, incluso si sus estómagos están llenos. Por el contrario, cuando las neuronas AgRP se desactivan, los ratones hambrientos no comen. Las neuronas AgRP desempeñan un papel similar en el hambre humana: bajo condiciones naturales se activan cuando nuestros cuerpos necesitan calorías, señalándonos que debemos encontrar alimento. Sin embargo, algo diferente ocurre cuando el alcohol está involucrado. Aunque el alcohol es el segundo alimento de mayor densidad calórica después de la grasa,estudios previos han demostrado que el consumo de alcohol hace que los seres humanos coman más, una paradoja que hizo que los autores principales Craig Blomeley y Sarah Cains y colegas se preguntasen si el cerebro podría ser el culpable.

Los neurocientíficos primero confirmaron que el consumo de alcohol obliga a los ratones a comer más. Inyectaron alcohol en el abdomen de ratones machos y hembras (aislados solo para controlar factores sociales) una vez al día durante tres días, imitando un “fin de semana de alcohol”. Aproximadamente, cada ratón recibía la cantidad equivalente a dos botellas de vino, o de seis a ocho pintas británicas (3,4 a 4,5 litros) —lo que Blomeley llama “una sesión de borrachera propiamente dicha”. Durante el período de tres días, los ratones intoxicados de ambos sexos comieron significativamente más que los ratones sobrios —una diferencia que fue particularmente marcada el segundo día de la borrachera— .

Para investigar si las neuronas AgRP son parcialmente responsables de este comportamiento, los investigadores cortaron cerebros de ratón en secciones delgadas y marcaron las neuronas AgRP (mantenidas vivas con una solución nutritiva) para que el calcio en las células brillara de color verde bajo un microscopio —un indicador de la actividad celular—. Cuando los investigadores bañaron las secciones en diferentes concentraciones de alcohol, encontraron que una mayor cantidad de alcohol causó un aumento en los niveles de calcio. A continuación, los investigadores expusieron las neuronas a diferentes concentraciones de alcohol y utilizaron sondas para registrar la actividad eléctrica de las células. Encontraron que la exposición al alcohol altera el intercambio de calcio en las células, lo que provoca que las neuronas AgRP se disparen con más frecuencia y facilidad. La actividad en las neuronas de AgRP volvió a la normalidad después de que el alcohol se eliminó, indicando que las células no fueron alteradas permanentemente.

Juntos, estos resultados sugieren que el alcohol activa directamente las neuronas AgRP en el cerebro, que es lo que mantiene a los ratones comiendo incluso cuando no lo necesitan. Pero, ¿qué nos dice esto acerca de nuestros propios hábitos alimenticios relacionados con el alcohol? Blomeley y Cains señalan que mientras que no podemos decir definitivamente si el mecanismo funciona de la misma manera en los seres humanos, este circuito cerebral es evolutivamente antiguo y ha sido altamente conservado a través de especies de mamíferos. “No dudo que las neuronas AgRP se activen en los seres humanos”, dice Cains, “y es por eso que se ve este efecto”. Entender la relación entre el consumo de alcohol y la sobrealimentación es muy importante en el contexto de la obesidad. Aunque la obesidad está en aumento en muchos países desarrollados y la ingesta de alcohol también ha aumentado, los dos se estudian a menudo por separado. “Este estudio los une”, dice. El trabajo “demuestra que si usted tiene un aumento de la ingesta de alcohol, entonces va a tener, como resultado del efecto del alcohol en el cerebro, un nivel elevado de ingesta de alimentos”.

Scott Sternson, un neurocientífico en el Instituto Médico Howard Hughes que no participó en la investigación, dice que el trabajo es el primero en mostrar cómo el alcohol activa las neuronas AgRP. Él considera al estudio “un punto de partida interesante e inesperado” para la investigación adicional, pero cuestiona si los altos niveles del alcohol usados en el estudio son constantes con el tipo de consumo frecuentemente asociado con comer en exceso en seres humanos. Comparado con el de los ratones, el comportamiento humano es complejo y otros factores ambientales o sociales pueden influir en la ingesta de alimentos mientras se bebe, agrega.

David Kareken y Robert Considine, neurocientíficos de la Universidad de Indiana, señalan que aunque varios estudios en humanos han demostrado que el consumo de alcohol antes de una comida aumenta la ingesta de alimentos, las razones siguen siendo poco claras. Añaden que estos “elegantes experimentos con animales” implicaban manipulaciones que no podían hacerse en humanos y que eran necesarias para comprender mejor cómo el alcohol afecta el hambre. “Este trabajo arroja mucha luz sobre cómo ese aperitivo antes de la comida podría empujar a ganar unos cuantos kilos de más”, escribieron en un correo electrónico.

Continuando con este trabajo, Cains ahora está interesado en averiguar por qué el alcohol parece hacernos desear ciertos alimentos, como los nachos grasientos. “Nunca he tomado una copa y realmente he deseado una ensalada”, dice, “sería interesante ver si los ratones [intoxicados] tienen preferencia por una dieta rica en grasas”.