Steve Jobs era disléxico. Como él, uno de cada tres empresarios en Estados Unidos y uno de cada cuatro en Inglaterra también confiesa serlo. “Parece que ser disléxico esté de moda, pero es algo muy serio”, denuncia Luz Rello, investigadora de la Universidad Carnegie Mellon, en Pittsburgh, Estados Unidos.
 
Esta joven científica es tan disléxica como un 10% de la población mundial. Su tenacidad en el laboratorio y la traslación de su trabajo para mejorar la lectura y la escritura de personas con la misma dificultad la han convertido en una de los diez innovadores españoles menores de 35 años de este año, según los galardones del MIT Technology Review que se entregan esta semana en Valencia, España.
 
“La dislexia se caracteriza por una dificultad inesperada en la lectura de niños y adultos. Sin embargo poseen la inteligencia, la motivación y la enseñanza necesaria para una lectura precisa y fluida”, describe Sally E. Shaywitz, codirectora del centro para la dislexia y la creatividad de la facultad de Medicina de la Universidad de Yale, en Connecticut, Estados Unidos.
 
Armas digitales para luchar contra el desorden de las palabras.
 
Licenciada en lingüística y doctorada en computación por la Universidad Pompeu Fabra (UPF) de Barcelona, Rello aprovecha las ventajas de la tecnología para facilitarle la vida a personas como ella. El mundo digital en el que vivimos le permite esquivar las limitaciones del papel y los algoritmos se convierten en aliados para programar un entorno más amable para la dislexia.
 
Inspirada por la interacción entre personas y computadoras, esta investigadora ha diseñado dos aplicaciones para mejorar la lectura y la escritura de niños en apuros con las letras. La aplicación Diseggxia es un juego para teléfono móvil que trata problemas de escritura, ideados a partir de errores reales en niños hispanohablantes.
 
A finales de octubre presentó los primeros resultados en el congreso ASSETS, uno de los encuentros científicos sobre computadoras y accesibilidad más grandes del mundo. Según Rello, al cabo de cuatro semanas los niños de entre 9 y 11 años que habían jugado con esta aplicación mejoraban significativamente su ortografía.
 
 
De las investigaciones aplicadas de Rello, premiadas por el MIT, también surge el modelo DysWebxia. Este libro electrónico modifica la presentación y el contenido de un texto para facilitar la lectura de las personas con dislexia, mediante un tipo y tamaño de letra más fácil de leer y el uso de sinónimos para sustituir palabras complejas. El programa nace de su tesis doctoral y ya cuenta con más de 35.000 descargas en Android. Ahora está a punto de salir en el App Store.
 
Ver errores sin darse cuenta.
 
La siguiente frase la ha escrito una persona disléxica: “El treatro y la música en vivo, dos de los pocos negocios culturaleres cuyo público venía cerciendo en los últimos años pese a la coyuntura económica […]”. Este fragmento contiene un 16% de errores.
 
Pero lo curioso es que la gente con dislexia que se enfrenta a un texto de estas características mantiene el mismo nivel de comprensión, mientras que los individuos sin dislexia bajan su capacidad de entender lo que leen del 90% al 60% por culpa de los errores, según se desprende de un experimento de la tesis doctoral de Rello, dirigida por Ricardo Baeza-Yates, responsable de la investigación de Yahoo! Labs en Europa y América Latina, ahora en revisión para su publicación en una revista científica.
 
A partir de una técnica para analizar el recorrido de los ojos de la persona lectora que protagonizaba el experimento, los investigadores se dieron cuenta que tanto personas con y sin dislexia veían los errores porque paraban la vista en ellos. Sin embargo, cuando luego se les preguntaba, solo las personas sin dislexia se cercioraban del desorden a nivel consciente. “Los niños con dislexia utilizan el contexto para dar con el significado de una palabra en la lectura”, cuenta Shaywitz.
 
El enlace entre letras y sonidos.
 
Los expertos desconocen el motivo neurobiológico de la dislexia. Las primeras descripciones científicas la documentaron como una “ceguera congénita de las palabras”, pero ahora los investigadores se debaten entre un “síndrome sensor-motor” y la “hipótesis del déficit fonológico”, que cobró fuerza en la década de 1970 con el desarrollo de la percepción del lenguaje.
 
Ahora el acuerdo científico achaca las dificultades a la hipótesis del déficit fonológico que dificulta establecer una relación entre la letra escrita y su sonido. “La dislexia no es un trastorno neurológico y las personas afectadas no tienen problemas de inteligencia”, aclara Begoña Díaz, investigadora del grupo de percepción y adquisición del habla en la UPF de Barcelona.
 
Hace un par de años en el Instituto Max Planck , en Alemania, esta investigadora observó una menor activación de una estructura cerebral relacionada con la audición en adultos con dislexia. Al escuchar cambios fonológicos en sílabas sintetizadas, las personas con dislexia presentaban una menor actividad que las personas sin dislexia en una zona del tálamo –estructura que recoge la información sensorial, a excepción del olfato, y la manda al córtex cerebral–.
 
“Aunque el déficit fonológico aún necesita una caracterización completa a nivel cognitivo y neurológico, su rol en las causas de la discapacidad de lectura y escritura de muchos niños con dislexia es abrumadora”, comenta Franck Ramus del Laboratorio de Ciencia Cognitivas y Psicolingüística del Instituto Jean Nicod de París (Francia).
 
“Dicen que la dislexia no tiene cura, yo no sé si se puede curar, pero seguro que se puede solucionar”, concluye Rello. En la escuela, hay alumnos que suspenden por cometer faltas de ortografía, pero sus resultados muestran que las personas con dislexia no perciben los fallos de forma consciente ni afectan a la comprensión del texto. “Si los exámenes los corrigieran disléxicos no pasaría nada”, bromea la joven premiada.