Saliendo victorioso de una campaña en la que dijo que el cambio climático era un engaño, prometió revitalizar la minería del carbón y se comprometió a  revocar los principales acuerdos internacionales y las regulaciones nacionales sobre las emisiones de gases de efecto invernadero, el presidente electo Donald Trump podría tener como siguiente blanco en su negación política del calentamiento global causado por la humanidad al presupuesto anual de $2.000 millones de la NASA para las ciencias de la Tierra.

Trump se ha mantenido relativamente callado acerca de sus planes para la NASA. Pero en un editorial publicado semanas antes de la elección, dos asesores de la política espacial de Trump –el ex congresista Robert Walker y el economista Peter Navarro– escribieron que la agencia está demasiado centrada en el "políticamente correcto monitoreo ambiental" del cambio climático. Bajo la administración de Trump, escribieron, la NASA daría prioridad a las "actividades en el espacio profundo en lugar del trabajo centrado en la Tierra que sería mejor manejado por otras agencias", como la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA, por sus siglas en inglés) y la Fundación Nacional de Ciencia (NSF, por sus siglas en inglés).

"Los presupuestos tendrían que ser reestructurados para manejar esa transferencia", dice Walker a Scientific American. “También anticipamos que cualquier nuevo programa [de ciencias de la Tierra] sería financiado por esas agencias”. Con aproximadamente una cuarta parte del presupuesto de la NASA, la NOAA gasta la mayor parte de sus fondos en previsiones meteorológicas y monitoreo ambiental. Trabaja en conjunto con la NASA en la utilización de sus satélites de observación de la Tierra y depende de su ayuda para construir y lanzar satélites propios. La NSF tiene un presupuesto aproximadamente tres veces menor que el de la agencia espacial y prácticamente no tiene ninguna participación en la construcción, el lanzamiento o la operación de satélites. En los últimos años, los legisladores republicanos han solicitado recortes presupuestarios a los programas de ciencias de la Tierra relacionados con el cambio climático en los tres organismos.

Siendo mayoría en la Cámara y el Senado, pareciera probable el apoyo de los republicanos a las próximas propuestas de la administración Trump para reducir el presupuesto de la NASA para las ciencias de la Tierra, que creció alrededor del 50 por ciento bajo la administración de Obama. Este impulso, que dio a las ciencias de la Tierra la mayor parte de los fondos científicos de la NASA, ha sostenido una creciente flota de satélites que recopilan datos que demuestran la realidad del cambio climático: el aumento de las temperaturas superficiales y emisiones de gases de efecto invernadero, así como el retroceso de los glaciares y las capas de hielo, el cambio en los patrones de precipitación y en el crecimiento de la vegetación, por nombrar algunos.

“El crecimiento de las ciencias de la Tierra fue prioridad para Obama –el hecho de que ha crecido sobre todas las otra ciencias de la NASA– la ha convertido en un gran blanco político y ha validado, en cierto sentido, las interpretaciones republicanas de naturaleza partidista”, dice Casey Dreier, directora de política espacial de la Sociedad Planetaria. “Y esto está ocurriendo dentro de una nueva dinámica política por parte del Partido Republicano que ve con escepticismo y condena fuertemente, de forma casi unánime, al cambio climático; y sin un presidente demócrata y miembros clave del Congreso que condenen estas políticas. Es un  duro golpe doble para las ciencias de la Tierra”.

Walker asegura que no puede especular acerca de cuáles decisiones de política espacial tomará el presidente electo a corto plazo, debido a que no es miembro del equipo de transición que está sentando las bases para la administración de Trump. Aun así, insiste en que la negación del cambio climático no está detrás de la plataforma que estableció para la campaña de Trump y señala que copatrocinó la primera ley climática –Ley del Programa Nacional del Clima– que se aprobó durante la presidencia de Jimmy Carter, en 1978.

"Esto no es ideológico", dice Walker. "Cuando hablamos de ‘actividades en el espacio profundo’ estamos hablando de ciencia planetaria y telescopios espaciales y todo ese tipo de cosas. Ha habido preocupaciones entre algunos de nosotros acerca de que ese tipo de programas de la NASA fueron despojados de sus recursos con el fin de concentrarse en las ciencias de la Tierra. Queremos restablecer el énfasis de la propia NASA en las cosas que van más allá de la órbita terrestre y las actividades de observación de la Tierra”.

En medio de las asperezas sobre la atención de la NASA al cambio climático, los investigadores que confían en el financiamiento y los datos a través del programa de ciencias de la Tierra de la agencia argumentan que allí se estudia mucho más. Ellos y los satélites que usan también proporcionan una visión crítica para una amplia gama de actividades públicas y privadas que gozan de apoyo bipartidista, tales como: el pronóstico del tiempo, informes agrícolas y la respuesta y preparación ante desastres. Según un informe reciente de la Oficina del Inspector General de la NASA, este tipo de servicios son tan cruciales para la sociedad moderna que la agencia entrega alrededor de 1.500 millones de productos de datos de ciencias de la Tierra a los usuarios cada año, frente a solo ocho millones en el año 2000. Pero decir que no están relacionadas a un fenómeno tan multifacético y omnipresente como el cambio climático es difícil y quizás temerario.

“Los satélites de observación de la Tierra de la NASA son quizás el mayor avance en la precisión de la predicción meteorológica durante las últimas décadas, y el clima es realmente solo la acumulación cotidiana del tiempo", dice Steve Running, ecologista de la Universidad de Montana y presidente del subcomité de ciencias de la Tierra para el Consejo Asesor de la NASA. “Nuestros pronósticos de cinco días son actualmente muy buenos gracias al seguimiento de la dinámica atmosférica, pero una vez que se llegue a los pronósticos de 10, 30 o 60 días, se tendrá que integrar mucha más información de todo el sistema terrestre. ...Cualquier esfuerzo teñido de política para contener la ciencia climática tendría la consecuencia no intencional de degradar nuestro desarrollo de mejores pronósticos de rango medio”.

Waleed Abdalati, geógrafo de la Universidad de Colorado y exjefe científico de la NASA, cita el monitoreo de la agencia del decrecimiento del hielo marino del Ártico como un ejemplo de la compleja interacción entre el clima, la meteorología y el comercio. “Estamos en camino a un Ártico estacionalmente libre de hielo, y las observaciones [de la NASA] de la velocidad a la que esto está ocurriendo tienen implicaciones más allá del clima", dice Abdalati. A medida que el hielo marino disminuya, no solo afectará los ecosistemas locales, los patrones de precipitación global, la circulación de los océanos y el clima, sino que también creará nuevas rutas marítimas y desbloqueará nuevos campos petrolíferos y de gas, alterando la economía mundial. "Una pérdida de nuestras capacidades de observación sería como cerrar los ojos", dice Abdalati, “perjudicando nuestra capacidad de saber lo que traerá el mañana, la próxima semana o la próxima década”.

Junto a William Gail, director de tecnología de la Corporación Global de Meteorología, Abdalati lidera la “encuesta decenal” de las Academias Nacionales de Estados Unidos sobre ciencias de la Tierra. Realizada una vez cada 10 años, esta encuesta de los científicos de la Tierra de los EE.UU. genera una lista de deseos sobre las futuras prioridades de investigación para guiar a los responsables de la formulación de los presupuestos, de varios miles de millones de dólares, para la NASA y otras agencias científicas. El informe final de la encuesta se espera para el otoño de 2017. Es probable que incluya recomendaciones para nuevas generaciones de satélites e instrumentos para monitorear la Tierra con una claridad sin precedentes, así como sugerencias para reducir los costos. Pero ante la posibilidad de que el Presidente y el Congreso sean hostiles a los programas de ciencias de la Tierra de la NASA, nadie –Abdalati y Gail incluidos– puede sentirse confiado en que muchas de esas recomendaciones se conviertan en realidad.

“Creo que la comunidad [de las ciencias de la Tierra] tiene preocupaciones inherentes a cualquier tipo de cambio y, ciertamente, la retórica que hemos escuchado hasta la fecha hace que la gente se pregunte cuáles serán las implicaciones”, dice Abdalati. “Pero también reconocemos la importancia de estas actividades y cómo es nuestra incumbencia hacer valer lo que estas inversiones significan para el contribuyente, para la sociedad en su conjunto y para la ciencia”.

Jeff Dozier, científico ambiental de la Universidad de California en Santa Bárbara, y excientífico sénior de proyectos para el Sistema de Observación de la Tierra de satélites de la NASA, está de acuerdo en que los actuales esfuerzos de la encuesta decenal “podrían ser infructuosos”. Aun así, dice, “debemos continuar a pesar de las dificultades, reconociendo que, sin duda, el financiamiento va a desaparecer si no tenemos claramente articulada la mejor manera de gastarlo”. Por el momento, la flota estadounidense de satélites de observación de la Tierra sigue siendo, con mucho, la más avanzada y robusta del mundo. Quizás, especula Dozier, esta supremacía podría atraer a un nuevo presidente ansioso de mejorar las fortalezas de la nación. “La Agencia Espacial Europea y los ministerios espaciales de Japón, China e India no abandonarán las ciencias de la Tierra desde el espacio”, dice. “Por lo tanto, parecería que ‘hacer grande a América de nuevo’ podría implicar que las ciencias de la Tierra estadounidense sea mayor que la de nuestros competidores y socios internacionales”.