Tenía solo cinco años cuando John Glenn se convirtió en el primer estadounidense en orbitar  la Tierra, el 20 de febrero de 1962. No recuerdo haber visto el vuelo en televisión, pero recuerdo la edición de National Geographic con una portada de Glenn y su cápsula Mercury adentrándose nuevamente en la atmósfera acompañado de un resplandeciente sendero de llamas. En el interior de la revista, el artículo explicaba que el regreso de Glenn se hizo aún más desgarrador por la sospecha de los controladores en tierra –que resultó ser infundada– de que el escudo térmico de su nave espacial, Friendship 7, estaba suelto. Las palabras que pronunció cuando recuperó el contacto con el control de Mercury –“Eso fue una verdadera bola de fuego”– se convirtieron en una de las frases heroicas de mi infancia.

Pero me tomó mucho más tiempo comprender realmente quién era esa figura extraordinaria – mucho más que un piloto de pruebas de The Right Stuff (Lo que hay que tener ),  incluso más que una “punta de la lanza” en la carrera espacial de la Guerra Fría con la Unión Soviética. Cuanto más he llegado a saber acerca de John Glenn y lo que él hizo, más he logrado verlo como el astronauta por excelencia. Glenn era un hombre que parecía estar impulsado por un propósito primordial: utilizar sus habilidades en la medida de lo posible y aumentar lo que una vez llamó “el cada vez más amplio almacén de conocimiento de la humanidad”. Él dio la bienvenida a lo desconocido y anheló explorarlo. Sin planificarlo, o incluso darse cuenta, se estaba preparando para su misión Mercury durante la mayor parte de su vida adulta.

Glenn truncó su carrera universitaria para unirse a los Marines y a los combatientes aéreos en la Segunda Guerra Mundial. En Corea, voló jets, yendo tras misiones de combate con tal fervor que sus compañeros de escuadrón lo apodaron el “MiG Mad Marine” (El marine loco por los MiG, el avión enemigo) . Glenn era un piloto de prueba que acababa de establecer un récord de velocidad transcontinental a finales de 1957 cuando el Sputnik inició la era espacial. Él ansiaba ser parte de ella. Pronto se ofreció a montar una centrifugadora gigante para probar las habilidades de un piloto para controlar una nave espacial bajo la aplastante aceleración del despegue y el reingreso. Al año siguiente, cuando una recién formada NASA fue a buscar astronautas, Glenn fue una elección obvia. De hecho, como me dijo el jefe de selección de astronautas del Mercury, Charles Donlan, cuando lo entrevisté en 1997: “Glenn fue el primero que escogimos”.

Por mucho que Glenn se sintiera frustrado por no haber sido elegido para el primer vuelo del Mercury –un “salto” suborbital de 15 minutos que su colega Alan Shepard voló en 1961– la primera misión orbital fue una tarea que sacó a relucir aún más las habilidades de Glenn. Una vez pensó en convertirse en médico y estaba fascinado por los aspectos médicos de su próximo viaje. Este era un momento en el que solo dos seres humanos habían estado en órbita, ambos cosmonautas soviéticos, y nadie podía decir cómo respondería Glenn a la ingravidez durante las cuatro horas y media de sus tres órbitas en torno a la Tierra. En la comunidad médica aeroespacial surgieron las dudas. ¿Sus ojos cambiarían de forma o se moverían rápidamente hacia adelante y hacia atrás en una condición llamada nistagmo? ¿El estado de caída libre continuada causaría estragos en su oído interno, causando un mareo incapacitante?

Esos temores resultaron infundados. Cuando Glenn finalmente llegó a la órbita, él era nada menos que un hombre completamente a gusto en casa en ese ambiente extraterrestre. No solo no se sentía enfermo, sino que descubrió que la ausencia de gravedad generaba una sensación completamente agradable. Antes del vuelo había presionado al jefe de los astronautas, Bob Gilruth, para que lo dejara llevar una cámara para capturar las vistas que ningún estadounidense había visto jamás. Incluso él mismo había comprado la cámara en una farmacia de Cabo Cañaveral. En órbita apuntó a través de la ventanilla única y trapezoidal del Friendship 7 para fotografiar desiertos y montañas en África, el océano moteado de nubes y casi toda la península de Florida de un solo vistazo. Todo bajo una fina y brillante cinta azul de atmósfera que separa a la Tierra de la oscuridad del espacio. A medida que la cápsula avanzaba hacia el este a 17.500 millas por hora, iba protegiendo sus ojos del brillo sin filtro del sol. Luego se maravilló ante el espectáculo de una puesta de sol orbital mientras un arco iris de color floreció a lo largo del horizonte curvo. Sobre el lado nocturno de la Tierra, a la luz de la luna llena, divisó abajo una enorme tormenta que se extendía por el Pacífico, con destellos de relámpagos que salían como petardos hacia el horizonte.

Y luego estaban las “luciérnagas” –partes extrañas, brillantes, verde-amarillas que rodeaban la cápsula mientras volaba hacia el amanecer orbital–. No fue sino hasta unos meses más tarde, cuando el astronauta Scott Carpenter hizo su propia misión orbital, que todos se darían cuenta de que eran gotas de hielo creadas por el agua de la nave espacial. Pero, mientras Glenn las estudiaba por la ventana de la cápsula, eran un misterio. Cuando las describió a los controladores en tierra, su voz estaba llena de curiosidad y entusiasmo: era la voz de un explorador en una nueva e interminable frontera.

Es en Glenn el explorador en quien pienso ahora, tanto como en Glenn el piloto de prueba. Me pregunto qué habría sido verlo caminar sobre la Luna. Glenn era un ícono tal que muchas personas supusieron que lo había hecho. Cuando estaba escribiendo mi libro sobre las misiones de Apolo, A Man on the Moon, parecía que casi todos a los que les mencioné me preguntaron: “¿Vas a entrevistar a John Glenn?” Tuve que explicar que Glenn nunca tuvo la oportunidad de ir a la Luna. Le habría encantado haber hecho el viaje, pero en 1964 Bob Gilruth le había dicho que para el momento en que las misiones de Apolo estuvieran volando, estaría cerca de los 50 años, y eso, dijo Gilruth, era demasiado viejo.

Nadie podría haber imaginado entonces que más de tres décadas más tarde un Glenn de 77 años de edad, rompería todas las preconcepciones de la edad aventurándose al espacio por segunda vez. Tuve la suerte de ser testigo de su lanzamiento en el transbordador espacial Discovery, viéndolo a él y a sus seis tripulantes salir del planeta encima de brillantes pilares de fuego. Y cuando terminó, pude voltearme y decirle a un compañero periodista, como  no había sabido hacer en 1962, “John Glenn está en órbita”.