Afuera, el sol no perdona. La temperatura no baja de los 33ºC. Adentro, todo lo contrario: los -18 ºC se sienten a cada paso, cada respiro. A 20 minutos de la ciudad de Cali, Colombia, una bóveda aguarda a la eternidad. Ningún espacio de esta enorme habitación se desperdicia. Del piso al techo, las estanterías están colmadas de pequeñas bolsas de aluminio y botellas blancas de plástico, cada una sistemáticamente identificada con un largo número y un código de barras. Como las arcas de un banco, aquí se acumulan riquezas. 

“Es el Fort Knox del frijol y del forraje”, dice Luis Guillermo Santos. A este ingeniero agrónomo casi no se le ve la cara, protegida del frío detrás de un pasamontañas, chaqueta, guantes y traje térmico, el mismo código de vestimenta del Polo Norte y la Antártida pero cerca del Caribe. “Es un tesoro en el que protegemos el patrimonio biológico del mundo”.

El Banco de Germoplasma del Programa de Recursos Genéticos del Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT) conserva la colección de frijol más grande y diversa del planeta: 37.987 variedades de Phaselolus vulgaris, conocida en diversos países de América Latina también como porotos, judías, alubias, habichuelas, provenientes de 110 países y de todos los colores, tamaños y formas. A lo que se le suman 23.140  variedades de forraje o alimento para ganado.

El Banco de Germoplasma del Programa de Recursos Genéticos del Centro Internacional de Agricultura Tropical guarda más de 37.000 variedades de frijoles. Crédito: Federico Kukso

Caja fuerte biológica

Ingrediente central en la dieta de cientos de millones de personas en todo el mundo, los frijoles son uno de los alimentos más antiguos conocidos por los seres humanos. Existe evidencia arqueológica de que se han cultivado en México y Guatemala hacia aproximadamente el 7000 a.C. Los aztecas conocían a esta increíble fuente de proteínas como “etl”, los incas los llamaban “purutu” y los mayas “búul”.

“Sin embargo, desde aquellas épocas se han reducido drásticamente las tierras de cultivo debido a la destrucción de hábitats naturales y también ha mermado la biodiversidad agrícola”, indica el botánico belga Daniel Debouck, líder del Programa de Recursos Genéticos del CIAT, donde también se desarrollan variedades con resistencia genética, tolerancia a la sequía y al calor y con mayores valores nutricionales.

“En un esfuerzo por refrenar la erosión genética de las plantas —dice este investigador que durante una misión en Perú en la década de 1980 se salvó de caer en manos de guerrilleros—, se establecieron bancos de germoplasma en las últimas décadas con el fin de conservar recursos claves y ponerlos a disposición para el mejoramiento de los cultivos”.

Uno de los primeros en pensar en la necesidad de contar con estas cajas fuertes o back-ups de la naturaleza fue Nikolái Vavílov. Además de querer acabar con el hambre del mundo, este botánico y genetista ruso advertía de la necesidad de conservar en un lugar seguro las variedades de los cultivos y utilizar este stock cuando fuera necesario.

“La sociedad mundial enfrenta el mayor reto de seguridad alimentaria en la historia —dice Debouck—. Para el año 2050 se estima que habrá que abastecer suficiente alimento para más de 9.000 millones de personas”.

 Al año, este banco del CIAT distribuye entre 5.000 y 8.000 semillas en el mundo, ya sea para tener copias de seguridad debidamente guardadas o para ayudar a pobladores de zonas golpeadas por la tragedia. Desde aquí partieron semillas originarias de Haití para que sus habitantes pudieran volver a sembrar luego del terremoto que sacudió la isla en 2010. A Ruanda se enviaron en 1994 variedades de frijoles después de la guerra civil entre los pueblos hutus y tutsis.

Desde 1978, este banco congelado constituye una garantía en un planeta que se calienta y en el que aún mueren 3,5 millones de niños por desnutrición al año.

Comida del futuro

Colombia ocupa el segundo puesto en diversidad de plantas en todo el planeta. “La biodiversidad es para Colombia lo que el petróleo es para Arabia Saudita”, dijo una vez el biólogo estadounidense Edward O. Wilson.

La variedad también se ve dentro de este búnker: semillas de frijol provenientes de México conviven con las de Perú, Colombia y Guatemala, y con otras provenientes de Europa y África, y en menor proporción, de Asia.

Como en todo banco, la seguridad aquí también es crucial. Por eso en octubre del año pasado, 2.623 muestras de frijol y 1.769 de forrajes tropicales fueron envueltas en cajas azules y viajaron al Polo Norte. Allí, en una antigua mina en el archipiélago de Svalbard, Noruega, pasaron a formar parte del Banco Mundial de Semillas, la también llamada Bóveda del Fin del Mundo que salvaguarda la biodiversidad de especies de cultivos de todo el mundo que sirven como alimento en caso de una catástrofe mundial, ubicada a 130 metros sobre el nivel del mar y en instalaciones a prueba de terremotos, radiación, actividad volcánica, tsunamis y otras catástrofes naturales. En los últimos años, el banco de del CIAT ha enviado unas 33.000 muestras.

“Estas pequeñas semillas que descansan en nuestro banco representan el futuro de la humanidad —asegura con esperanza Santos, coordinador del Laboratorio de Conservación y Viabilidad de Semillas del CIAT, instituto que este año celebra su 50 aniversario—. Dentro de décadas, ya sea en el año 2145 o en el 2220, constituirán el plato de comida de alguien”.