Cuando la noche cae sobre Nueva Zelanda, los bosques comienzan a resonar con chillidos. Los machos de murciélago colicorto chico (Mystacina tuberculata) emiten hasta 100.000 sonidos en una noche —más que ningún otro animal— para seducir a una pareja. Las serenatas tienen lugar desde una percha de canto destinada al solo fin del cortejo. Pero no todos los donjuanes actúan como solistas. Después de pasar tres años estudiando las costumbres de estos mamíferos nocturnos, Cory Toth, de la Universidad de Auckland, ha comprobado que los machos de casi la mitad de las 12 perchas de canto que observó en la Isla del Norte eran escenarios compartidos. "Cuando un macho concluye su interpretación y abandona el lugar, en solo tres segundos lo ocupa otro que prorrumpe a cantar", relata Toth. En total, dos de los cinco machos cantaban cada noche desde la misma percha, unas horas cada uno.

De las perchas colectivas surgen más cantos que de las ocupadas la noche entera por solistas, y eso aumenta las posibilidades de seducir a las hembras que pasen cerca. El ecoetólogo pensó primero que los pretendientes que se turnaban en el escenario debían ser parientes y cooperaban para asegurar el éxito de su acervo génico común. Pero tras comprobar que los machos de tres de las cuatro perchas no guardaban parentesco alguno entre sí o este era lejano, prestó atención a su talla: los que se alternaban eran sensiblemente más grandes que los solistas. Los machos voluminosos invierten más energía en los quehaceres diarios que exige la supervivencia y, por ello, han de economizar fuerzas por la noche turnándose en el canto, explica Toth. De hecho, los análisis de ADN revelaron que el éxito reproductor de los murciélagos de la colonia era similar, ya fueran grandes o pequeños, lo cual parece indicar que el hecho de compartir el escenario ayuda a los primeros a competir con los segundos.

El murciélago colicorto chico es uno de los dos únicos mamíferos terrestres endémicos que quedan en el país (el otro es el murciélago colilargo) y está amenazado. El conocimiento de sus costumbres reproductoras ayudará a mejorar las campañas de conservación.

Este artículo se reproduce con permiso y fue publicado primero en Investigación y Ciencia.