En 1946, la Marina argentina importó desde Canadá 10 parejas de castores y los liberó en la Isla Grande de Tierra del Fuego, en el extremo sur de América, con el objeto de “enriquecer” la fauna nativa y fomentar la industria peletera local.

Las consecuencias de la iniciativa fueron desastrosas: protegidos de la caza durante 35 años y sin predadores naturales, los castores multiplicaron más de 5.000 veces la población inicial, produjeron cambios irreversibles en el ecosistema de los bosques y comenzaron a avanzar sobre el continente. Ahora, un estudio publicado en la Revista Chilena de Historia Natural sugiere que la expansión actual de los castores podría ser mayor de la que se sospecha, porque los pobladores pueden tardar años o incluso décadas en advertir la presencia de los roedores y su impacto sobre el hábitat.

“Puede haber muchas poblaciones de castores moviéndose en el continente y en las islas que desconocemos”, afirma a Scientific American la autora principal del trabajo, la bióloga Giorgia Graells, del Instituto de la Patagonia de la Universidad de Magallanes, Chile.

Para verificar la llegada efectiva del castor a una zona, o, al menos, su rastro más antiguo, Graells y dos colegas (Derek Corcoran y Juan Carlos Aravena) adoptaron un enfoque original: reconstruyeron la fecha en que árboles de distintos sitios de una región continental del sur de Chile fueron atacados por el roedor a partir del recuento de los anillos de crecimiento de sus troncos, una técnica conocida como dendrocronología. “Es la primera vez que se utiliza este método para datar sitios de presencia de una especie invasora”, afirma Graells.

La tala de árboles, uno de los hábitos más perjudiciales del castor, lo pone en evidencia como si fueran las huellas digitales que deja un criminal: el tronco queda con marcas de sus dientes y una forma característica de punta de lápiz. El atacante es reconocible, indica Graells, incluso cuando no existan madrigueras próximas o haya pocos árboles afectados.

En una siguiente etapa del trabajo, los investigadores correlacionaron la datación de los árboles atacados con la fecha más antigua en que los castores fueron avistados en diferentes sitios. Así, hicieron una comprobación inquietante: los castores fueguinos ya habían “saltado” al continente en 1968, 26 años antes de que fueran observados por primera vez.

“Fue una enorme sorpresa”, reconoce Graells, para quien la constatación de esa y otras brechas entre la presencia del invasor y su detección por el hombre sugiere una verdadera expansión “invisible” de esa especie, quizás más pronunciada de lo que se calcula. El hallazgo, añade, podría acelerar la necesidad de implementar medidas de control. 

Un ingeniero de ecosistemas

El castor es el segundo roedor más grande en tamaño: los adultos pesan hasta 30 kilos y su longitud media supera el metro. Existen dos especies: Castor fiber, nativo de Eurasia, y Castor canadensis, de América del Norte, que es el que se introdujo en Tierra del Fuego. De hábitos semiacuáticos, es un gran ingeniero de ecosistemas o modificador del entorno, dado que corta ramas y troncos de árboles para la construcción de diques, canales y madrigueras.

Desde la llegada y expansión del castor, el bosque patagónico (magallánico) nunca volvió a ser lo mismo. Muchos árboles cortados, aunque sea de manera parcial, no logran sobrevivir –en su hábitat original, en América del Norte, los árboles son más resistentes a ese daño y pueden rebrotar–. La inundación provocada por las represas del castor, que pueden medir hasta 100 metros de longitud, puede afectar hectáreas de vegetación nativa. Y aunque se destruya esa represa, el lodo acumulado provocado por los estanques deja enterradas las semillas que permiten la regeneración forestal. “Estudios han demostrado que, después de 20 años, el bosque no logra volver a su estado inicial y es reemplazado por especies introducidas de pastizal”, precisa Graells. La acción del castor también afecta caminos, alcantarillas, puentes y cercos.  

Cuando no se ejerce ningún control sobre el castor, sus actividades pueden cambiar el paisaje por décadas o siglos, incluso indefinidamente, sostiene Marta Lizarralde, investigadora del Laboratorio de Ecología Molecular del Centro Austral de Investigaciones Científicas (CADIC), en Ushuaia, Tierra del Fuego, Argentina. De la población inicial de 20 castores, hoy se calcula que habría entre 100.000 y 150.000 ejemplares solamente en el archipiélago fueguino, aunque la cifra es solo una aproximación indirecta, dice Lizarralde. 

¿Hay riesgos de que se siga diseminando más al norte? Evidencias recientes apoyan esa posibilidad. En un flamante “modelo de fitness”, aún no publicado, que toma en cuenta las condiciones climáticas que favorecen la propagación de la especie, Griells y dos colegas pronostican que el castor podría colonizar América del Sur al menos hasta los 43° de latitud sur, unos 1.300 kilómetros más al norte de su última ubicación comprobada. La expansión se daría sobre todo al oeste de la cordillera de los Andes, sobre el lado chileno.  

Otro factor que alimenta el temor es la habilidad del castor para multiplicarse en distintos hábitats, una aptitud que está sorprendiendo a los propios investigadores. Un estudio en la región patagónica liderado por Alejandro Pietrek, del Departamento de Biología de la Duke University, en Estados Unidos, comprobó que el tamaño de las colonias de castores y el número anual de sus crías son mayores en la estepa que en el ambiente forestal. “Nosotros asociamos tradicionalmente al castor a bosques, pero es una especie mucho más plástica que puede poblar áreas semiáridas”, señala Pietrek a Scientific American.

Los científicos hoy conocen los efectos que puede tener la introducción de animales o vegetales exóticos, desde insectos hasta arbustos silvestres. Pero la expansión de los castores de Tierra del Fuego a partir de tan pocos ejemplares iniciales representa una invasión biológica extraordinariamente exitosa, con pocos precedentes. En Finlandia, por ejemplo, se soltaron siete castores americanos en 1937 y hace una década se calculó que la población rondaba “apenas” los 12.000.   

La capacidad invasiva de los castores del fin del mundo “es enorme”, admite Lizarralde. Sin embargo, para la especialista todavía no existen evidencias de que por ellos mismos puedan avanzar mucho más al norte “en forma inminente o a mediano plazo”, sostiene a Scientific American.

¿Pero cómo estar seguros? Según Graells y sus colaboradores, la datación precisa de los árboles dañados puede servir para valorar el ritmo de expansión de los castores y monitorear los esfuerzos para contener su población. Varios especialistas asumen que la erradicación completa del castor es prácticamente imposible, salvo en islas pequeñas, y que lo más práctico sería implementar y sostener estrategias de control, como trampeos selectivos e incentivos para su aprovechamiento comercial. “Tenemos que aminorar el problema antes de que sea demasiado tarde”, dice Graells.