Una misteriosa enfermedad mantiene en vilo desde hace casi 20 años a las familias de la región del Bajo Lempa, en la costa del Pacífico de El Salvador. En esta comunidad de bajos ingresos, donde la mayor parte de la gente trabaja en labores agrarias que exigen de un alto rendimiento físico —como cultivos de caña y algodón—, muchos hombres han comenzado a sufrir de un tipo de enfermedad renal crónica muy diferente a la común.

Mundialmente, la enfermedad renal crónica está considerada como un padecimiento de gente mayor. La edad promedio de quienes la sufren es 60 años, y sus síntomas se manifiestan durante años, algunos de las cuales son en sí mismos otras enfermedades crónicas, como diabetes e hipertensión.

Pero los casos en El Salvador rompen con ese molde. Está atacando a la gente, hombres, en su inmensa mayoría, entre los 20 y 40 años de edad. Es también una enfermedad extremadamente silenciosa: los pacientes no notan nada extraño y con frecuencia son diagnosticados demasiado tarde, cuando los riñones están ya tan afectados que el único tratamiento posible es la diálisis o un trasplante. Es el estado terminal de la enfermedad.

Mas este misterioso padecimiento no solo está presente en los trabajadores del campo del Bajo Lempa. Según datos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), en los últimos 20 años, la epidemia de enfermedad renal crónica de causas no tradicionales (CKDnT, por sus siglas en inglés) ha matado ya a más de 20.000 personas en Nicaragua, Costa Rica, El Salvador, Panamá, Honduras y algunas partes de México.

En Costa Rica, por ejemplo, se ha detectado que la enfermedad ya afectaba a la población en 1970, y su avance es notorio. En Guanacaste, una provincia ubicada al noroeste del país y en la que la epidemia se ha observado casi de manera exclusiva, la tasa de mortalidad aumentó de 4,4 por cada 100.000 en 1970 a 38,5 por cada 100.000 habitantes en 2012; mientras que en el resto del país el incremento fue mucho más conservador: de 3,6 a 8,4 por cada 100.000 habitantes, de acuerdo con un estudio publicado en Occupational and Environmental Medicine.

“No se parece en nada a la enfermedad renal crónica que conocemos”, dice a Scientific American Ramón García Trabanino, médico nefrólogo e investigador salvadoreño, involucrado en la búsqueda de una explicación de este fenómeno desde hace 16 años.

La enfermedad también se repite con muchas similitudes en otras partes del mundo, como Sri Lanka, Egipto y la región de Andhra Prakesh, en India. “Dada la poca información sobre CKDnT en las áreas afectadas, especialmente deficiente en India y Egipto, no está claro si la causa es la misma en todos los lugares”, dice a Scientific American Virginia Weaver, investigadora del Centro Welch para la Prevención, Epidemiología e Investigación Clínica del Hospital Johns Hopkins, en Estados Unidos, y coautora de un comentario publicado en Biomed Central Nephrology, en el que resume lo que hasta ahora se sabe de la enfermedad.

El trabajo bajo el sol

Dar con el origen del problema ha probado ser una de las partes más difíciles de la crisis. Cuando en El Salvador los científicos comenzaron a notar esta enfermedad, por primera vez en 1999, pensaron que los químicos y pesticidas utilizados en los cultivos podrían ser los responsables del brote. También fueron evaluados en los países afectados la calidad del agua y la contaminación por metales pesados. Sin embargo, todos esos escenarios se descartaron pronto. La enfermedad renal causada por estos agentes está muy bien documentada y, hasta ahora, los investigadores no han podido hallar un marcador que los relacione.

Pero desde 2004, los investigadores han comenzado a prestar atención a otras variantes relacionadas con el ambiente de trabajo. Se ha documentado que las personas afectadas trabajan, en promedio, 12 horas diarias. “Sabemos, por mediciones que hemos hecho de la carga metabólica, que el trabajo que hacen equivale a correr medio maratón diario”, dice el especialista salvadoreño. A eso se suma que este esfuerzo físico se realiza a la intemperie a muy altas temperaturas, haciéndolo aún más severo sobre el cuerpo.

Estudios médicos han encontrado rastros de estos daños. La mayoría de las muestras de orina de los pacientes presentan altos niveles de ácido úrico, un desecho producido por la proteína purina. Este ácido se procesa en la sangre y viaja a los riñones, donde es expulsado del cuerpo a través de la orina. “El agotamiento físico y el calor pueden provocar la producción excesiva de ácido úrico, y si la persona no puede desecharlo a tiempo, el ácido se convierte en cristales que se alojan de forma temporal en los filtros de los riñones. Esto conlleva a la deshidratación y es entonces cuando comienza el daño renal”, dice Richard Johnson, nefrólogo de la Escuela de Medicina de la Universidad de Colorado, Estados Unidos, y coautor de un artículo publicado en American Journal of Kidney Diseases, que vincula la CDKnT con las altas temperaturas.

Para el análisis, su equipo midió la concentración de ácido úrico presente en muestras de orina de 189 trabajadores de la caña de azúcar en El Salvador, antes y después de sus jornadas en el campo. Encontraron que los niveles eran menores antes de comenzar el trabajo y que empeoraban a medida que aumentaban las temperaturas a lo largo del día y se acumulaban las horas trabajadas. Otra revisión, aunque con una muestra más pequeña, fue también llevada a cabo en Nicaragua con resultados similares.

Los estudios también encontraron que los días de más calor coincidían con los días en los que se presentaba mayor daño renal en los trabajadores, el cual se expresaba a través de la concentración y cristalización de ácido úrico.

“Existe evidencia de que el calentamiento global es responsable de 75% de los récords diarios de temperaturas extremas en zonas continentales. Y creemos que podría haber una relación”, explica Johnson.

La relevancia de las altas temperaturas en la aparición de esta enfermedad se refuerza aún más cuando se observa su incidencia en campesinos que trabajan en ocupaciones similares, pero en zonas de mayor altura y, por lo tanto, regiones menos calientes. “Ellos no sufren de esta enfermedad con la misma incidencia que los que viven cerca de la costa. Por eso pensamos que el calor es un factor crucial”, dice García Trabanino.

Las observaciones de ambos investigadores concuerdan con las del análisis de Weaver. “Ningún elemento aislado que hayamos estudiado nos da una respuesta del origen de la enfermedad, así que creemos que debe ser una combinación de múltiples factores, y los efectos del calor en conjunto con el trabajo físico extenuante se presentan como la hipótesis más probable en este momento”, dice ella.

Aún así, hasta no encontrar una relación causa-efecto contundente, los investigadores no descartan otras posibilidades.

Prevención y más investigación

Aún sin saber a ciencia cierta la causa de esta epidemia de enfermedad renal crónica de causas no tradicionales,  acciones simples, como garantizar que los trabajadores tengan suficientes descansos a la sombra y una hidratación adecuada y no a base de bebidas azucaradas —muy comunes en las regiones afectadas—, podrían hacer una marcada diferencia.

También es importante realizar mayores esfuerzos para lograr diagnósticos más tempranos, antes de que el daño renal sea total. “Se necesita más financiamiento para tomar médidas básicas  y costo-efectivas de salud pública”, dice Weaver, y añade que “recursos para identificar la enfermedad en etapas tempranas y por ende, más tratables, son también necesarios”.

García Trabanino está de acuerdo. En su experiencia trabajando con los pacientes de CKDnT, “aunque no sepamos la causa a ciencia cierta, si la persona llega a nosotros en una fase temprana de la enfermedad podemos administrar un tratamiento con fármacos para impedir el progreso de la afección, y esto tiene un costo anual que no supera los $200”.

En contraste, el costo mensual de un tratamiento de diálisis en Centroamérica, oscila entre $355 y $2.249, según datos de la OPS. La inversión representa un esfuerzo financiero importante para El Salvador, un país en el que el PIB per cápita apenas alcanzó $3.826 en 2014, y la situación de sus vecinos no es muy diferente, según datos del Banco Mundial.

Más investigación también es necesaria. En julio de este año la Organización Panamericana de la Salud (OPS) actualizó una resolución publicada originalmente en 2013 para impulsar esfuerzos de investigación y tratamiento. Además, este mes se llevará a cabo en San José, Costa Rica, el Segundo Taller Internacional de Investigación en Nefropatía Mesoamericana, organizado por el Consorcio de Epidemia de Nefropatía en América Central y México, donde los investigadores compartirán sus hallazgos en torno a esta misteriosa enfermedad.