No solo los virus del Zika y la chikunguña son propagados en nuestra región por la picadura de insectos. El dengue, la malaria, el mal de Chagas y la leishmaniasis también forman parte de este grupo de enfermedades para las que urge buscar vacunas y tratamientos innovadores.

Científicos en Colombia han acudido al llamado y buscan nuevos fármacos contra la leishmaniasis, una enfermedad que aunque se registra en 99 países y representa riesgo para unos 350 millones de personas, está catalogada por la Organización Mundial de la Salud como uno de los 17 males olvidados del planeta.  La incidencia más alta del mal en América se da en Brasil y Colombia, con aproximadamente 23.000 y 10.000 casos reportados, respectivamente.

La primera estrategia consiste en el uso de una vieja medicina administrada de forma diferente. Se trata del antimoniato de meglumina sobre un polímero de quitosán, es decir, el mismo principio activo del tratamiento usado hace más de 70 años —las sales antimoniales pentavalentes— pero sobre una película de quitosán, lo cual confiere propiedades especiales al tratamiento.

Recientemente el estado colombiano, a través de la Superintendencia de Industria y Comercio, otorgó a la Universidad Nacional una patente por esta formulación que ha resultado ser muy efectiva en ratones y hámsters para paliar la leishmaniasis cutánea (la de mayor prevalencia en el mundo entre los tres tipos existentes de esta enfermedad, que incluye la visceral y la mucocutánea).

Cuando una persona es infectada por el parásito, tras ser picada por el mosquito portador,  la leishmania invade las células del sistema inmunitario, se reproduce y las destruye, generando lesiones en la piel, las mucosas o las vísceras que pueden desfigurar, en el caso de las primeras dos, y causar la muerte, en la última. Cerca del 80 por ciento de los infectados es resistente al parásito, por lo que solo el 20 por ciento restante debe recibir un tratamiento que, comúnmente, consiste en estas sales inyectadas en venas o músculos, durante unos 24 días. El gran problema son los efectos adversos: las sales son muy tóxicas y aunque matan al parásito, atacan también células sanas; los órganos más perjudicados suelen ser el hígado —encargado de eliminar las toxinas del cuerpo— y el corazón —que puede presentar arritmias—.

Dado que la leishmaniasis cutánea produce llagas en la piel, lo que propone la bacterióloga Lucy Gabriela Delgado, líder del grupo de investigación en inmunotoxicología de la Universidad Nacional, es un tratamiento local que reduzca la absorción del fármaco en el organismo. “Con esta formulación mejorada, bien sea en parche o spray, se limita la distribución sistémica del medicamento, que se libera localmente en dosis controladas sobre la piel ulcerada. Así, no solo optimizamos el mecanismo de entrega y reducimos al máximo la toxicidad sino que, gracias al polímero de quitosán, favorecemos la cicatrización y creamos una capa protectora sobre las heridas contra infecciones bacterianas”, explica esta doctora en ciencias farmacéuticas, quien resalta el beneficio adicional de no tener que acudir constantemente a centros de salud para ser inyectado y hacerse exámenes de laboratorio ni electrocardiogramas, lo que reduce en gran medida los costos del tratamiento tradicional (de unos $1.000 ) y garantiza su aplicación en las poblaciones pobres y apartadas, justamente las más vulnerables ante el mal.

El próximo paso en esta línea de investigación es escalar la producción del medicamento a nivel industrial y hacer ensayos clínicos.

Por su parte, el grupo de científicos liderado por el infectólogo Iván Darío Vélez, de la Universidad de Antioquia, estudia la eficacia y bioseguridad del Anfoleish, un fármaco creado junto con el laboratorio Humax —de Medellín— que ya tiene en camino ensayos clínicos.

Su compuesto está basado en la Anfotericina B, un agente usado vía intravenosa en pacientes que no responden a las sales, pero que igualmente es tóxico. Anfoleish, que hace un año obtuvo registro de patente de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (WIPO, en inglés), emplea este principio activo conocido con excipientes adicionales y está desarrollado en crema, lo que facilita su aplicación local, evita los efectos adversos por la inyección y es mucho más económico. “Es el tratamiento desarrollado en Colombia que más ha avanzado en toda la historia del país”, recalca Vélez, director del Programa de Estudio y Control de Enfermedades Tropicales (PECET) de dicha universidad.

Aunque el Anfoleish ya está en la segunda fase de pruebas clínicas (los resultados se prevén para mayo) no es la única línea de investigación de este equipo en busca de remedios contra la leishmaniasis y otras enfermedades tropicales. También evalúan una termoterapia con un gel que calentado a 50 °C mata al parásito sin quemar la piel, así como un equipo con electrodos que somete la dermis a campos magnéticos que aumentan la temperatura y tiene el mismo efecto. Además, teniendo el genoma del parásito e identificando sus blancos moleculares —puntos donde pueden interrumpir las señales proteínicas esenciales para su subsistencia—, el PECET ha analizado a través de un programa de bioinformática unos 600.000 medicamentos que se usan para otros fines contra 3.500 blancos moleculares, y de ellos hay 30 que, según experimentos hechos en animales, atacan este microorganismo.

Adicionalmente, investigadores de la Universidad de Antioquia, la Universidad de Caldas y la Universidad Estatal de Illinois hallaron un compuesto de sales de amonio cuaternarias halometiladas eficaz para eliminar la leishmania en animales infectados y células humanas evaluadas in-vitro, que podría además servir para luchar contra la malaria, el mal de Chagas, la toxoplasmosis y otros males parasitarios. Ese descubrimiento les valió una patente de la WIPO y la Oficina de Patentes y Marcas de Estados Unidos, que en octubre otorgó otra patente más a la Universidad de Antioquia por su hallazgo de un principio activo que consiste en una mezcla de productos naturales (saponinas, de la planta Sapindus saponaria) y químicos (cromanos).

Los científicos locales también están buscando una solución en medio de la gran diversidad biológica de países como Colombia y Brasil. Este es el caso de investigadores de la Universidad Nacional y la Universidad de Antioquia, quienes publicaron en la última edición de Parasitology un artículo sobre la identificación de una molécula —el limonoide— derivada de un árbol colombiano llamado Raputia heptaphylla con propiedades antileshmaniales. “Aunque es un hallazgo muy interesante, tenemos el problema de que de todos los componentes que tiene la planta el limonoide no representa ni el 0.01%, por lo que estamos explorando familias parecidas a las Rutaceae con un alto contenido de limonoides”, explica Delgado.

Aún queda mucho camino por recorrer, pero con bastante esfuerzo –y algo de suerte– quizás estas iniciativas colombianas puedan sacar del olvido a la leishmaniasis y ofrecerles un tratamiento más eficaz a quienes padecen la enfermedad.