La rama dorada, el clásico estudio antropológico de James Frazer, contiene un espeluznante capítulo sobre los sacrificios humanos en rituales de fertilidad y recolección de las cosechas entre las culturas históricas alrededor del mundo. Frazer describe víctimas de sacrificios que fueron aplastadas bajo enormes piedras, quemadas lentamente sobre fogatas y descuartizadas vivas.

Los métodos de análisis de Frazer no contarían con la aprobación de todos los antropólogos de hoy (su obra se publicó por primera vez en 1890), pero a partir de sus descripciones es difícil no llegar a la conclusión de que lo que en las sociedades industrializadas de hoy se consideraría una psicopatía de lo más extrema, en el pasado fue visto como un comportamiento normal —y de hecho, sagrado—.

En casi todas las sociedades, matar dentro de una tribu o clan ha sido un fuerte tabú; la exención solo se concede a aquellos con gran autoridad. Los antropólogos han sospechado que el sacrificio humano ritual sirve para cimentar las estructuras de poder; esto es, indica quién está en la cima de la jerarquía social.

Sacrificio por el orden social

La idea tiene sentido intuitivo, pero hasta ahora no había ninguna evidencia clara que la sostuviera. En un estudio publicado en Nature, Joseph Watts, especialista en evolución cultural de la Universidad de Auckland, en Nueva Zelanda, y sus colegas analizaron 93 culturas tradicionales en Austronesia (la región que abarca los numerosos pequeños estados insulares en el Pacífico e Indonesia) antes de que recibieran la influencia de la colonización y las principales religiones del mundo (generalmente, a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX).

Al profundizar en los registros etnográficos, los investigadores trataron de aclarar la relación entre el sacrificio humano y la jerarquía social. Así hallaron que la prevalencia del sacrificio aumentaba con el grado de estratificación social: ocurría en 25% de las culturas con poca o ninguna estratificación, en 37%  de aquellas sociedades moderadamente estratificadas, y en 67% de aquellas con una jerarquía pronunciada.

Y, al relevar las relaciones evolutivas entre las culturas, el grupo sugiere que el sacrificio humano y la jerarquía social evolucionaron en conjunto. A pesar de que con el tiempo las sociedades pueden hacerse más o menos estratificadas, las sociedades que practican el sacrificio fueron menos propensas a volver a grados más leves de estratificación.

En otras palabras, el sacrificio humano parece reforzar la estratificación: ayudó a estabilizar la jerarquía, y posiblemente por eso, tuvo un papel común en el desarrollo de las sociedades altamente estratificadas que por lo general persisten aún hoy.

Trasfondos religiosos 

El sacrificio humano parece haber sido en gran medida el privilegio de sacerdotes u otros individuos que tenían autoridad religiosa. Por lo tanto, Watts y sus colegas dicen que sus resultados dan a conocer un “lado oscuro” de la función social de la religión. (Han demostrado previamente que creer en órganos de castigos sobrenaturales en las culturas austronesias fomentan la observancia moral, y de ese modo, promueven la aparición de estructuras sociales estratificadas y complejas).

Hay un peligro de generalización excesiva de cualquier estudio de este tipo. Al igual que la música, por citar un ejemplo, el sacrificio humano probablemente no tuvo un papel único en las sociedades primitivas. En el tercer siglo antes de Cristo, por ejemplo, durante la conquista de Sichuan por el Primer Emperador, el administrador de China, Li Bing, eliminó el sacrificio de doncellas hecho en honor a un dios del río. Algunos han sugerido que fue él quien reveló una estafa local en la que las familias se deshacían de las hijas no deseadas y se enriquecían con la compensación recibida. Más allá de si eso fue verdad o no, es fácil imaginar cómo los rituales podrían causar abusos prosaicos.

E incluso en Austronesia, agrega el equipo de Watts, el sacrificio no siempre se llevó a cabo por razones puramente religiosas. Podía tener otras motivaciones, incluyendo castigar violaciones tabú, desmoralizar a las clases bajas, marcas límites de clase e infundir miedo a las élites sociales, todo lo cual apunta a construir y mantener el control social. Por esta razón, dice Michael Winkelman, antropólogo ahora retirado de la Universidad del Estado de Arizona en Tempe, “sospecho que Watts et al. están evaluando alguna noción general del asesinado socialmente legitimado”.

Tales consideraciones complican cualquier interpretación de los resultados de Watts, pero también les dan una resonancia considerablemente más contemporánea.

Paralelismos con la pena de muerte 

Según los estándares actuales, el sacrificio humano apenas parece entrar dentro de las normas de la buena moral. Sin embargo, uno no necesita ser un relativista moral para aceptar que persisten las conexiones entre el sacrificio humano, la obediencia a la autoridad y el gobierno estable. Percibir un vínculo entre los antiguos y “salvajes” sacrificios humanos y la pena de muerte en algunas sociedades modernas no es una exageración ni un caso de caer en el melodrama, como lo explican las declaraciones de Winkelman.

Ciertamente, la sugerencia podría parecer simplista, y el paralelismo no puede ser llevado demasiado lejos. A diferencia de las penas de muerte de la actualidad, el sacrificio ritual tradicional se debía generalmente a fines religiosos y no tendía a exhibir una sed de sangre o desprecio por las víctimas. Con frecuencia las víctimas eran vistas como un dios, y antes de su sacrificio podrían ser tratadas con respeto y afecto, y quizás bien alimentadas como el becerro bíblico. Los restos del cadáver —ni siquiera está claro si la palabra “víctima” es apropiado— estaban cargados de poder. Si la carne se cortaba, era para repartir esa poderosa reliquia entre la tribu.

Sin embargo, la arrogación de un estado contemporáneo del derecho a matar a través de la pena de muerte —rompiendo lo que de otro modo es una rígida prohibición— todavía sirve, entre otras cosas, como una demostración de autoridad y un ritual de apaciguamiento, ya sea hacia supuestas restricciones religiosas o la opinión pública.

Para los futuros antropólogos, cualquier explicación o justificación que hoy se proponga para imponer la pena capital puede parecer menos reveladora que la visión más amplia de cómo ese sacrificio refuerza el orden social. Podemos esperar la mirada retrospectiva del tiempo para dejar al descubierto las razones reales por las que nosotros, no menos que los antiguos aztecas o los samoanos, valoramos el asesinato.

Este artículo se reproduce con permiso y se publicó primero el 5 de abril de 2016.