“Es como describir un extraterrestre”, dice la ecóloga Bárbara Saavedra, directora de la organización Wildlife Conservation Society sede de Chile,  arrancando del suelo un puñado de musgos rojizos y esponjosos que chorrean agua con solo darles un ligero apretón. “Nadie sabe nada sobre turberas. Y sucede que el rol de estos ecosistemas pantanosos como secuestradores de carbono es mayor que el de las selvas tropicales. El problema es que últimamente las turberas patagónicas, las más prístinas del mundo, están entrando en un equilibrio precario, y ahora más que nunca se hace crucial estudiarlas y conservarlas”.

Es una fría mañana en el extremo sur de la Patagonia chilena, en la isla de Tierra del Fuego. A nuestro alrededor, el poco conocido parque Karukinka se extiende en toda su gloria. Son casi 300.000 hectáreas—unas 50 veces el área de Manhattan—de bosque templado, humedales, costa, montañas, glaciares y carismáticas especies patagónicas amorosamente conservadas desde 2004, gracias a la donación que Henry Paulson, antiguo director del banco Goldman Sachs, hiciera a la WCS.

La visita de Saavedra hoy al distante parque tiene que ver con los tapetes dorado-rojizos de estas pequeñas plantas vasculares, líquenes y briófitas que cubren el 25% de Karukinka– y que anualmente capturan más de 300 millones de toneladas de dióxido de carbono de la atmósfera–. En las afueras del parque las mismas turberas están siendo drenadas y extraídas para usos en horticultura, cosecha de musgo y como combustible, y Saavedra, que lleva 11 años con la WCS, viene a explorar la mejor forma de integrar la ciencia, con la conservación y la sociedad. Su objetivo es usar el parque como un gran tubo de ensayo.

Bárbara Saavedra, directora de la Wildlife Conservation Society en Chile exprime la gran cantidad de agua que contiene el Sphagnum magellanicum. Crédito: Gentileza de Imagen de Chile - Juan Jaeger

Parte de eso consiste en entender el extraño mundo de las turberas. Julie Loisel, una experta en paleoclima,  realizó su estudio de doctorado en la Universidad de Lehigh, en Pennsylvania, en torno al análisis de la dinámica del ciclo de carbono en las turberas de Alaska y Patagonia, y halló que la capacidad de almacenamiento de estos ecosistemas en ambos hemisferios en conjunto es sumamente poderosa.

“Aunque solo cubren 4.000.000 de km2 o el 3% de la superficie terrestre mundial, las turberas han acumulado cerca de 600 billones de toneladas de carbono en los últimos 12.000 años, equivalentes al 30% de la reserva de carbono orgánico del suelo mundial”, escribe Loisel en el libro Funciones y servicios ecosistémicos de las turberas en Magallanes, publicado en 2015 por el Instituto de Investigaciones Agropecuarias de Chile. “Únicamente en la Patagonia Austral, la zona de turberas es estimada en 45.000 km2, equivalente al 1-2% de las turberas del mundo, con 6,9 billones de toneladas de carbono almacenado”.

A simple vista, estas turberas de Tierra del Fuego parecen pastizales de colores salpicados de diminutas lagunas. En realidad, pueden describirse como icebergs terrestres: debajo de la blanda y esponjosa superficie, que es la parte biológicamente activa del sistema, la que retiene agua y fija el carbono, está la sección anaeróbica. Esta estructura es la turba propiamente dicha; puede tener una profundidad de 5,5 metros, y está hecha de capas de material vegetal parcialmente descompuesto por microorganismos. Similar a una barrera coralina, una turbera puede crecer a un ritmo de un milímetro al año.

Durante su estudio para estimar la densidad de carbono en un lote de turba, Loisel sacó muestras de 52 sitios ubicados al sur de los 45°S. De ellos, 36 eran turberas, y el resto otros ecosistemas, para usar a modo de comparación. Citando los métodos del científico británico Frank Chambers, uno de los pioneros en este poco conocido ecosistema, Loisel y sus colegas pusieron a secar las muestras de un volumen determinado de turba durante varias horas a 105°C, para luego quemarlas a 550°C durante dos horas y finalmente pesarlas para determinar el contenido de materia orgánica.

“La densidad del carbono de las turberas patagónicas es de 154 kilos por cm2, superior a aquella de las turberas del norte, que comienza en 55 kilos por cm2”, escribe Loisel, añadiendo que hay quienes describen a las turberas como ‘tundra magallánica’, lo cual es erróneo porque ‘tundra’ implica la presencia de permafrost —tierra con hielo— y este no es el caso del cono sur de Sur América.

Para determinar la edad del material, los investigadores usaron la datación por radiocarbono de los restos de vegetales fosilizados encontrados dentro de las capas de turba.  Las turberas de Patagonia se  formaron por primera vez hace unos 17.000 años, después del  último Máximo Glacial, cuando el hielo se retiró, dejando cuencas con agua y sedimentos que fueron colonizadas por las comunidades vegetales que se ven hoy. Los musgos del género dominante aquí, Sphagnum magellanicum, fueron creciendo pacientemente bajo las condiciones limitantes de un medio ácido, bajo en oxígeno, con muy pocos nutrientes, bajas temperaturas y lluvias constantes.

El parque Karukinka, en la Tierra del Fuego chilena, tiene las turberas más prístinas de la Patagonia. Gentileza de Imagen de Chile – Juan Jaeger.

Ante la variabilidad climática, dos escenarios

La pregunta que los científicos se hacen es ¿cómo responde un sistema así al cambio climático y a la extracción de la turba, con su subsecuente pérdida de humedad?

Loisel y colegas hablan de dos escenarios en un mundo recalentado. El primero, sería uno donde al haber más calor hay más descomposición de la turba, lo cual produce un aumento de emisiones de CO2 a la atmósfera, disminuyendo el almacenaje de carbono en la turba a largo plazo. En el segundo escenario, el calor aumenta la producción de biomasa vegetal, y eso ayuda a capturar más carbono. “Como ambos procesos podrían estar ocurriendo al mismo tiempo, la clave es evaluar cómo la producción primaria y la descomposición cambiarían una en relación a la otra en un clima más cálido, lo cual dependerá de qué tan grandes sean los cambios de humedad”.

El otro elemento de la ecuación en las turberas es el metano, un gas que es capaz de absorber la radiación infrarroja y que por lo tanto tiene un potencial de calentamiento global mayor que el CO2. De acuerdo con los científicos, en este momento el efecto del metano está sobrecompensado por la enorme tasa de absorción de carbono en las turberas del planeta.

Según Saavedra, si se liberara a la atmósfera todo el gas retenido en las turberas mundiales, el efecto sobre el calentamiento global podría ser “dramático e inmediato”. La ecóloga hace énfasis en el valor de lugares como Karukinka no solo porque sus turberas prístinas son un vistazo a las condiciones de los ambientes pre-industrializados, de tal manera que actúan como sistemas referentes con respecto a los inputs atmosféricos del pasado profundo, “sino porque estos musgos pueden convertirse en fuentes importantes de créditos de carbono en los tratados mundiales sobre el clima”.

Una amenaza adicional para las turberas, dice Saavedra, son las especies invasoras como el célebre castor canadiense, establecido hace más de 60 años y que prácticamente ha colonizado todas las islas adyacentes al archipiélago de Tierra del Fuego. Los castores causan cambios en la hidrología de las cuencas, que destruyen el sphagnum.

“En general, las turberas son ambientes bastante desconocidos, especialmente en la Patagonia austral”, dice Saavedra. “Se ignoran en detalle su distribución regional o local, su funcionamiento ecosistémico, su valor ecológico y los atributos intrínsecos que permiten determinar su potencial explotación o manejo sostenible”.

En otras palabras, es casi como si fueran extraterrestres.