A lo largo de los últimos 36 años, Frank Marks ha acumulado miles de horas sondeando los corazones y las almas de los huracanes, llegando a conocerlos desde su nacimiento hasta su muerte. Ahora, el huracán Matthew, la primera tormenta grande en golpear Estados Unidos en 11 años y que ya causó estragos en Haití y Bahamas —le está dando la oportunidad de pasar más tiempo junto a un monstruo. Marks, Meteorólogo y director de la División de Investigaciones de Huracanes del Laboratorio Oceanográfico y Meteorológico del Atlántico de la NOAA, ha estado volando al interior de la tormenta desde hace varios días –y noches– junto con otros 18 científicos, pilotos, ingenieros y navegadores. Cada 12 horas vuelan tramos de seis a ocho horas a bordo de uno de los aviones Orion P-3 de la NOAA, recientemente reequipados con alas y motores nuevos.

Usan el avión turboprop de cuatro motores como un estetoscopio gigante para monitorear cada signo vital de Matthew. En este, como en otros aviones caza-huracanes de la NASA (incluyendo a un DC-8 para estudiar la génesis de los huracanes), cada investigador se sienta frente a una consola, pantalla de computadora o laptop montados en estantes de metal donde anteriormente hubo sillas de pasajeros. Las pantallas muestran el perfil de vuelo y lo que la tormenta está haciendo en tiempo real. Otros monitores muestran columnas de números cambiantes reflejando la actividad de instrumentos de alta tecnología conectados a fuselaje del avión: radares Doppler, sensores de microondas, lidars, dropsondes (sondas meteorológicas que se lanzan desde un avión), espectrómetros de vapor de agua y aerosoles junto a una serie de tubos para tomar muestras de aire y partículas de sal, polvo, cristales de hielo y gotas de agua.

Mientras tanto, la tripulación de la cabina está en lo suyo. Pilotos con buenos estómagos y nervios de acero, como el comandante Justin Kibbey, tienen que hilar su camino hacia adentro y afuera del ojo, pasando constantemente a través de las bandas de vientos y calma típicos de estas tormentas con brazos de galaxia. A estas alturas, él y sus colegas no prestan atención a las luces de emergencia y mensajes de alarma de la computadora de vuelo… en un vuelo comercial, con solo una que se encienda basta para que el avión se dirija al aeropuerto más cercano.  

“Estamos allá afuera para saber lo que está sucediendo ahora”, dice Frank Marks a Scientific American. “Nuestro trabajo es recolectar tantas observaciones como podamos para enviar al Centro Nacional de Huracanes en Miami y all centro de modelamiento numérico en Washington”. Y esos modelos deben alimentarse continuamente con nuevos datos a medida que avanza la tormenta. “Cada seis horas ponemos información fresca en cada uno de esos estudios, para que los modelos comiencen de la mejor forma posible”.

El avión Orion P-3 de NOAA en su hangar en la base MacDicc de la Fuerza Aérea, en Tampa. Crédito: J. Cozic, NOAA

Es por eso, añade, que penetrar en el huracán es tan crucial. Los modelos de la NOAA para la predicción del comportamiento de tormentas utilizan la información satelital, pero esta tiene sus limitaciones porque las nubes oscurecen la superficie del mar. En cambio, el nuevo difusómetro de radar instalado en estos aviones –un sensor de microondas que mide el efecto de difusión producido al escanear la superficie de la Tierra–, puede ver dentro de la tormenta, con alta resolución. Algo así como un escáner de resonancia  magnética. Otra cosa nueva durante esta temporada de estudio de huracanes es un radar Doppler en los aviones,que ofrece “imágenes en tres dimensiones de los vientos, que permiten ver cómo es la estructura vertical del huracán y cómo está interactuando con la cizalladura [cambios bruscos en velocidad y dirección]del viento”.

Las misiones de este fin de semana serán especialmente interesantes para Marks porque por primera vez va a desplegar una nueva radiosonda alada durante una tormenta de gran intensidad. Llamada Coyote, es un pequeño dron de metro y medio con un motor, que se lanza con las alas plegadas por entre una abertura en el fuselaje del avión. Puede volar durante hora y media y, según Marks, es parte de una nueva generación de instrumentos que son controlados a bordo desde una computadora portatil. En 2014 fue desplegado en el huracán Edouard como una demostración. “Pero esta es la primera vez que lo soltamos en una tormenta grande”.

El huracán Matthew está recibiendo mucha atención. En cualquier momento dado, mientras Coyote explora sus entrañas, un dron Global Hawk vuela sobre su cabeza a entre 20.000 y 30.000 pies; un avión Gulfstream IV de la NOAA vuela en círculos a su alrededor; el pequeño P-3 está enredado en sus faldas, un C-130 de la Fuerza Aérea está haciendo su propio reconocimiento; y, para completar la fiesta desde el espacio, los instrumentos de los satélites Aqua y Terra envían ríos de información.

Charles Lynch, un ingeniero eléctrico de la NOAA, deja ir una radiosonda desde una apertura en el avión WP-3D Orion, durante un vuelo por el Golfo de México en junio de 2010. Estas sondas miden la presión atmosférica, temperatura, humedad y la velocidad y dirección del viento.  Crédito: Senior Airman Anna-Marie Wyant, U.S. Air Force

Para Frank Marks cada tormenta es diferente, pequeños munditos encerrados en sí mismos. “Los huracanes llevan dentro de ellos un montón de cosas interesantes, desde granos de arena y partículas de polvo, hasta microvegetación, bacteria y contaminantes, pero lo más abundante son las partículas de sal”, dice. “La sal es una muy buena fuente condensación para los núcleos (que forman las nubes). Es mejor que el polvo y las partículas contaminantes. Me acuerdo una vez en los años 90 cuando hacíamos un experimento que consistía en volar a 300 pies de altura sobre la superficie del mar para recolectar datos, y había tanta sal, que se formó una costra en el motor y lo apagó”.   

No obstante, la sal es apenas una ínfima parte del rompecabezas de los huracanes. De hecho, el principal reto y dolor de cabeza para los especialistas es predecir la intensidad de una tormenta. Avances recientes han mejorado los pronósticos de la NOAA en un 20 por ciento, pero hay tantas variables influenciando el desarrollo de un huracán–desde la energía que chupan de los océanos hasta sus interacciones con el medio ambiente que los rodea y la dinámica del núcleo interior– que tormentas como Matthew confunden a muchos expertos.

“La rápida intensificación de los huracanes grandes es algo que les da mucho trabajo a quienes hacen los pronósticos”, dice Adam Sobel, científico atmosférico de la Universidad de Columbia y autor de Storm Surge, un libro acerca del huracán Sandy. “Los modelos no lo predicen bien. Ese es simplemente el estado de la ciencia actual. Matthew se intensificó muy rápidamente. Antes de llegar a Haití pasó de tormenta tropical a huracán categoría 5, en menos de un día. Bien podría ser la mayor rápida intensificación que se haya visto en todo el récord de tormentas del Atlántico”. 

Algo similar sucedió el año pasado en el Pacífico con el ciclón Patricia. Y para Sobel esa es una indicación de que la rápida intensificación también juega un papel en la climatología de las tormentas tropicales, como menciona en un artículo de enero de 2016 en Nature. En otras palabras, que el apellido del huracán Matthew bien podría ser Calentamiento Global.