Una clase de antibióticos descubiertos hace 64 años y que ha constituido una pieza fundamental en el tratamiento médico se ha renovado de manera espectacular gracias a la búsqueda tenaz de estrategias para vencer a las bacterias resistentes a los antibióticos.

En un trabajo publicado en Nature, un equipo de químicos describen cómo han construido desde cero moléculas similares a la eritromicina, un miembro clave de la clase de los macrólidos. Al hacerlo, han logrado generar más de 300 variaciones de la eritromicina, algo que no habría sido posible con solo modificar el medicamento original (la estrategia que suele emplearse cuando se buscan nuevas variantes de los antibióticos ya existentes).

En el proceso se crearon algunas variantes de la eritromicina que pueden destruir las bacterias resistentes a los antibióticos. Aunque las moléculas todavía deberán superar numerosas pruebas antes de que cualquiera de ellas pueda administrarse a las personas, muchas resultan prometedoras, según el químico Phil Baran, del Instituto de Investigación Scripps en La Jolla, California. El científico añade que el trabajo alberga un gran potencial para el futuro de los antibióticos: "El hecho de que puedan crearse análogos muy modificados a partir de la síntesis química de una manera práctica abre la puerta a toda una serie de derivados en los que antes era imposible pensar".

Una nueva receta

La eritromicina fue aislada en 1952 a partir de una bacteria presente en una muestra de suelo tomada de las Filipinas. Pero la eritromicina natural es un fármaco poco eficaz: aunque puede destruir las bacterias, resulta inestable en el ambiente ácido del estómago y se transforma allí para formar un compuesto tóxico. Los químicos se convirtieron pronto en expertos en modificar la eritromicina para hacerla más estable y menos tóxica.

Con el tiempo, surgió otra razón para desarrollar análogos de la molécula: la aparición de bacterias resistentes a la eritromicina. Pero, después de décadas de alterar químicamente el antibiótico, las opciones estaban empezando agotarse. "En los últimos 60 años los químicos han sido muy creativos, pero es extremadamente difícil modificar una molécula tan compleja como la eritromicina", comenta Andrew Myers, de la Universidad Harvard en Cambridge, Massachusetts.

Myers y su equipo decidieron abordar el problema de otra manera, al sintetizar, desde el principio, variantes de la eritromicina. El trabajo, que se prolongó cinco años, dio lugar al descubrimiento de nuevas formas para fabricar moléculas.

Análisis exitoso

El equipo puso a prueba 305 de sus macrólidos contra varias cepas bacterianas. La mayoría de los compuestos presentaban alguna actividad antibiótica: el 83 por ciento de ellos la mostraron contra Streptococcus pneumoniae, una bacteria vulnerable a los antibióticos macrólidos. Algunos también resultaron eficaces contra cepas resistentes a múltiples antibióticos.

Los compuestos aún no han sido ensayados en animales y tal vez necesiten algunos ajustes para mejorar su eficacia, así como su seguridad. Myers ha fundado una compañía llamada macrólidos Pharmaceuticals en Watertown, Massachusetts, para desarrollar aún más los compuestos.

Pero Baran, que califica el enfoque de "audaz", ya que empezó de cero, comenta que el descubrimiento pone de relieve el potencial de la química orgánica. "Demuestra la capacidad de la síntesis en revitalizar lo que es una de las clases más antiguas de antibióticos".

Este artículo se reproduce con permiso y se publicó primero  el 18 de mayo de 2016. Su versión en español se publicó primero en Investigación y Ciencia.