“Un antiguo pariente de los humanos ya habría enterrado a sus muertos” Reuters). “¿Por qué el Homo naledi enterró a sus muertos?” (NOVA Next). Estos son solo dos de los titulares exagerados que aparecieron en septiembre de 2015 en respuesta a un artículo que reportaba el descubrimiento hecho por el paleoantropólogo Lee R. Berger, de la Universidad de Witwatersrand (Johannesburgo), de una nueva especie —el Homo naledi— hallada en una cueva en Sudáfrica. Desde el primer momento hubo razones para ser escéptico.

La edad de los fósiles no está determinada, por lo que es imposible concluir en qué punto del linaje de los homínidos encajan los fósiles hallados. Sus manos, muñecas y pies son similares a los de los pequeños humanos modernos, y su volumen cerebral es más cercano al de los australopitecos, que tenían cerebro pequeño, como Lucy, por lo que no está claro si esta combinación constituye una nueva especie o una variación de una existente. En lugar de publicar en Science o Nature, las prestigiosas revistas en las que usualmente se reportan los hallazgos de fósiles humanos, los autores dieron a conocer su descubrimiento en eLIFE (elifesciences.org/content/4/e09561), una revista de libre acceso que acelera el proceso de revisión por pares. Y en lugar de clasificar meticulosamente los 1.550 fósiles (que pertenecen a al menos a 15 individuos) durante años, como es común en la paleoantropología, el análisis se publicó solo un año y medio después de su descubrimiento, en noviembre de 2013 y marzo de 2014.

Sin embargo, lo que desencadenó mi escepticismo fue la conjetura de los científicos de que el sitio representa un ejemplo de “disposición deliberada de cadáveres”, que, como los medios leyeron entre líneas, implica un procedimiento de entierro intencional. Esta, concluyeron, era la explicación más probable en comparación con otras cuatro hipótesis.

Ocupación. No hay residuos en la cámara, que es tan oscura que vivir allí habría requerido de luz artificial —de lo cual no hay pruebas—, y la cueva es casi inaccesible y parece nunca haber tenido una entrada fácil. Transporte de agua. Las cuevas que han sido inundadas muestran capas de sedimentos de grano grueso, elementos que no están presentes en la Cámara Dinaledi, nombre que distingue a la cueva donde se descubrieron los especímenes. Predadores. No hay signos de depredación en los restos óseos y no hay fósiles de depredadores. Trampa mortal. Los sedimentos indican que los fósiles fueron depositados en un lapso de tiempo, lo que descarta un único evento calamitoso, y la casi inaccesibilidad de la cámara hace cuestionable la posibilidad de una entrada voluntaria y muerte en el sitio poco probable.  

Por último, las edades de los 13 individuos identificados —tres bebés, tres niños pequeños, un niño grande, un subadultos, cuatro adultos jóvenes y un adulto mayor— son diferentes a las de otros depósitos en la cueva cuya causa de muerte y deposición ha sido determinada. Es un acertijo, envuelto en sedimentos, en el interior de una gruta.

Creo que los autores están minimizando una causa de muerte muy común entre nuestros antepasados: el homicidio en forma de guerra, asesinato o sacrificio. Lawrence H. Keeley, en “War Before Civilization” (1996), y Steven A. LeBlanc, en “Constant Battles” (2003), examinan cientos de estudios arqueológicos que muestran que un porcentaje significativo de pueblos ancestrales murieron violentamente. En su libro “The Better Angels of Our Nature” (2001), Steven Pinker suma un conjunto de datos de 21 sitios arqueológicos para mostrar una tasa de muerte violenta de 15 por ciento. En un artículo de 2013 en la revista Science, Douglas P. Fry y Patrik Söderberg cuestionan la teoría de que la guerra era frecuente entre los antiguos humanos al afirmar que de los 148 episodios de violencia en 21 grupos nómados que buscaban alimentos, más de la mitad “fueron perpetrados por individuos solitarios, y casi dos tercios se debieron a accidentes, conflictos interfamiliares, ejecuciones dentro de los grupos, o motivos interpersonales como la competencia por una mujer en particular”.

Como se quiera llamar —guerra o asesinato— se trata de muerte violenta, y un nuevo examen de los fósiles del Homo naledi debería considerar a la violencia (guerra o asesinato para los adultos, o sacrificio de los jóvenes) como una causa plausible de muerte y deposición en la cueva. Recordemos que después de que Ötzi el hombre hielo fuera descubierto en un glaciar derretido en los Alpes Ötztal en el Tirol en 1991, a los arqueólogos les tomó una década determinar que murió violentamente, luego de matar a por lo menos otras dos personas en lo que parece haber sido un choque entre grupos de caza. Es una parte de nuestra naturaleza que nos resistimos a admitir, pero debemos considerarla cuando nos enfrentamos con cadáveres en lugares oscuros.

 

Sobre el autor

Michael Shermer es editor de la revista Skeptic (www.skeptic.com). Su nuevo libro es “The Moral Arc”  (Henry Holt, 2015). Síganlo en  Twitter @michaelshermer