El pasado verano, el carbunco (también conocido como ántrax) mató a un niño de 12 años en un remoto lugar de Siberia. Al menos una veintena de personas de la misma península de Yamal contrajeron esta enfermedad mortal, y casi otro centenar fueron hospitalizadas ante la sospecha de infección. Al mismo tiempo, más de 2300 renos de la región morían por la misma razón. ¿La causa más probable? La fusión del permafrost. Según las autoridades rusas, la desaparición de la capa de suelo otrora permanentemente congelada liberó esporas de Bacillus anthracis que acabaron incorporándose a la cadena trófica. Hacía 75 años que la zona no sufría un brote epidémico.

Hace años que los expertos vienen advirtiendo de que una de las consecuencias del calentamiento del planeta será que todo lo que se encuentre congelado en el permafrost, como bacterias antiguas y agentes infecciosos contra los que no estamos inmunizados, quedará libre con el alza de las temperaturas. Ahora, esa hipótesis parece estar haciéndose realidad.

A pesar de que el carbunco se halla de forma natural en el suelo y causa brotes en otras zonas no heladas, la fusión del permafrost ártico podría aumentar el número de personas expuestas a la bacteria. En un artículo publicado en 2011 en Global Health Action, Boris A. Revich y Marina A. Podolnaya escribían: "Como consecuencia de la fusión del permafrost, podrían volver los vectores de algunas epidemias mortíferas de los siglos XVIII y XIX, sobre todo cerca de los cementerios donde se enterró a las víctimas".

Y es un hecho que el permafrost se está derritiendo, incluso en latitudes y a profundidades sin precedentes. En varias partes de Siberia, la capa de suelo superficial puede llegar a fundirse a una profundidad de hasta medio metro durante el verano. Este año, sin embargo, una ola de calor azotó la región y provocó temperaturas de 35 grados Celsius, 25 más de lo habitual. Eso posiblemente extendió o ahondó la fusión del permafrost y liberó microorganismos que hasta entonces habían permanecido apresados en el suelo helado. Los expertos aún deben calcular la profundidad total, pero postulan una cifra nunca antes vista en casi un siglo de mediciones. Según un estudio publicado en 2013 en Science, bastarían unas temperaturas solo ligeramente mayores que las actuales para que la desaparición del permafrost se convirtiese en un fenómeno generalizado. Y, por otra parte, las olas de calor en las latitudes altas son cada vez más frecuentes.

Las verdaderas consecuencias de la fusión del permafrost dependerán de las características del agente infeccioso en cuestión. Aunque numerosos microorganismos son incapaces de sobrevivir en el frío extremo, hay otros que pueden aguantar tales condiciones durante años. "B. anthracis es especial, pues se trata de una bacteria esporulada", explica Jean-Michel Claverie, de la Universidad de Aix-Marsella y jefe del Instituto Mediterráneo de Microbiología. "Las esporas son muy resistentes y, al igual que las semillas, pueden llegar a sobrevivir durante siglos".

También algunos virus pueden sobrevivir largos períodos de tiempo. En 2014 y 2015, Claverie y su colaboradora Chantal Abergel publicaron sus conclusiones sobre dos virus encontrados en un fragmento de permafrost siberiano de 30.000 años de antigüedad, los cuales aún conservaban su capacidad infecciosa. Y si bien Pithovirus sibericum y Mollivirus sibericum solo infectan amebas, el hallazgo constituye una indicación de que otros virus que sí causan enfermedades humanas, como el de la viruela o la gripe de 1918 (gripe española), podrían haber permanecido conservados en el permafrost.

También cabe la posibilidad de que reaparezcan virus incluso más remotos, como aquellos que acompañaron a los primeros humanos que poblaron el Ártico. "Hay indicios de que los neandertales y los denisovanos habitaron en el norte de Siberia [y] sufrieron el azote de varias enfermedades víricas; algunas conocidas, como la viruela, y otras que podrían haber desaparecido", advierte Claverie. "El hecho de que una infección que afligió a los antiguos homininos pueda tener continuidad hoy entre nosotros resulta a la par fascinante y preocupante".

Janet Jansson, experta en permafrost del Laboratorio Nacional del Pacífico Noroeste, en Washington, no se muestra preocupada por los virus antiguos: varios intentos de encontrar dichos agentes infecciosos en cadáveres se han saldado sin éxito, señala. Sin embargo, la investigadora aboga por seguir estudiando el amplio abanico de microbios presentes en el permafrost, algunos de los cuales podrían ser nocivos para la salud. Con ese objetivo en mente, Jansson y otros expertos están usando las herramientas moleculares modernas, como la secuenciación de ADN y el análisis de proteínas, para clasificar las propiedades de todos esos microorganismos desconocidos, apodados en ocasiones "materia oscura microbiana".

La probabilidad y la frecuencia con que podrían aparecer nuevos brotes similares al de Siberia dependerán de la velocidad y el curso que tome el cambio climático. Por ejemplo, es posible que otra ola de calor exponga los cadáveres de animales infectados por el carbunco, asegura Revich. "La situación en la península de Yamal ha demostrado que el riesgo de propagación del carbunco es real", añade.

Es imposible saber o predecir la virulencia o el momento preciso en que se liberarán los patógenos enterrados en el permafrost. Pero los especialistas creen que, en lo que respecta a las enfermedades infecciosas y el calentamiento, la principal amenaza no se halla en la fusión del permafrost, sino en la expansión de las áreas geográficas asociadas a las enfermedades infecciosas modernas y sus respectivos vectores, como los mosquitos. "Ahora tenemos dengue en el sur de Texas", explica George C. Stewart, titular de la cátedra McKee de patogenia microbiana y jefe del departamento de biopatología veterinaria de la Universidad de Misuri. "El paludismo ya está presente en altitudes y latitudes más altas a causa del ascenso de las temperaturas. Y el causante del cólera, Vibrio cholerae, se reproduce mejor en los entornos cálidos".

A diferencia de los microorganismos "resucitados" del permafrost, las enfermedades infecciosas actuales se conocen muy bien, y existen métodos de eficacia probada para ponerles freno: trazar su avance, eliminar los focos donde proliferan los mosquitos y fumigar con insecticida. Y, por supuesto, una reducción drástica de las emisiones causadas por la quema de combustibles fósiles permitiría abordar de una tacada ambos problemas: tanto el regreso de antiguos patógenos mortíferos como la expansión de las enfermedades infecciosas actuales.

La versión en español de este artículo apareció primero en Investigación y Ciencia.