En las profundidades de los montes Mahale, en Tanzania, un chimpancé deshoja una rama y la hunde en el suelo. Cuando la levanta, sale llena de sabrosas termitas. El animal las sorbe y, acto seguido, se dispone a pescar más aperitivos de seis patas.

En la otra punta del mundo, un niño británico de tres años de edad está sentado frente a una caja de cartón. Por un pequeño agujero se ve que dentro hay tres esponjas. Si las saca, le darán una pegatina. Sin que nadie le haya enseñado cómo proceder, el niño toma una varilla de madera cubierta de velcro que tiene cerca. Piensa que las esponjas se pegarán al velcro... y tiene razón, por lo que rápidamente recibe el premio.

En estos ejemplos, el primate tanzano solo está siguiendo su rutina diaria. El primate británico, en cambio, participa en un experimento diseñado para averiguar si el uso de ciertas herramientas es instintivo.

Las semejanzas entre ambos casos no son casuales. La investigación buscaba comparar las facultades cognitivas de los humanos y los grandes simios tomando como modelo, para las pruebas con niños, la manera en que chimpancés y orangutanes salvajes usan herramientas. En un grupo de 50 niños de entre dos y tres años y medio de edad, los investigadores comprobaron que la frecuencia de ciertas conductas relacionadas con el uso de herramientas era similar a la observada en los simios.

Comportamientos comunes entre estos, como pescar termitas, también se daban menudo en los niños que se enfrentaban a situaciones análogas. Y las conductas menos frecuentes en los animales, como usar una piedra para romper la cáscara de un fruto seco, eran también más raras entre los pequeños. En total, los niños resolvieron once de doce pruebas. Para la psicóloga de la Universidad de Birmingham Eva Reindl, directora del estudio, el hecho de que los niños exhibiesen las conductas adecuadas refleja la existencia de una capacidad instintiva para usar herramientas simples.

La versión en español de este artículo se publicó primero en Investigación y Ciencia.