En 1999, Rodrigo Moura, ecólogo de arrecifes de la Universidad Federal de Río de Janeiro, observó que coloridos peces ­—típicos de arrecifes coralinos caribeños— vivían en la desembocadura continental del río Amazonas, en Brasil. En sus artículos, habló de la necesidad de estudiar a fondo estos animales para desentrañar lo que a su juicio era un misterio: ¿por qué estaban estos peces allí, justo en un sitio donde las condiciones son menos favorables para el desarrollo de su hábitat?

Ahora, una investigación exhaustiva llevada a cabo en 2014 explica el misterio que mantuvo fascinado a Moura por casi 20 años: la desembocadura continental del río Amazonas es hogar de un arrecife que se extiende por más de 9.000 kilómetros cuadrados.

El recién descubierto arrecife está ubicado a casi 80 kilómetros de la costa brasileña, en una zona en la que se mezclan las aguas dulces del río Amazonas con el torrente salado del mar Caribe. Moura y su equipo observaron el inmenso organismo a profundidades de entre 50 y 120 metros.

Compuesto mayormente por esponjas, rodolitos —algas rojizas duras que no están sujetas al suelo— y, en menor medida, corales, el arrecife desafía todas las posibilidades de la ciencia, de acuerdo con Fabiano Thompson, coautor del artículo que describe las investigaciones realizadas hace dos años, y que fue publicado la semana pasada en Science Advances.

El río Amazonas se encuentra con el Océano Atlántico y crea un penacho de agua dulce mezclada con salada. El penacho afecta a una amplia área de la zona tropical del Océano Atlántico Norte en términos de salinidad, pH, la penetración de la luz y la sedimentación. Foto de Lance Willis.

 

“La literatura [científica] nos dice que los arrecifes no se forman en las desembocaduras de los ríos porque existe una descarga de agua dulce que tiene bajos niveles de acidez. Adicionalmente, los sedimentos y nutrientes necesarios son arrastrados por el río, y hay una reducción en la disponibilidad de luz y el oxígeno”, dijo Thompson a Scientific American.

El arrecife ha permitido a los investigadores estudiar procesos que hasta ahora no habían presenciado en organismos como este. Uno de ellos es la quimiosíntesis: ante la ausencia de cantidades de luz óptimas, el nuevo arrecife amazónico no puede generar fotosíntesis, por lo que para crecer y mantenerse toma su energía de minerales inorgánicos.

Los científicos también han hallado nuevas especies, e incluso géneros, de esponjas, y grandes cantidades de peces y langostas también fueron registradas en la zona. “Creemos que el resto del arrecife pudiera también ser extremadamente ricas en biodiversidad”, añadió Thompson.

Alberto Rodríguez Ramírez, biólogo marino especializado en arrecifes de la Universidad de Queensland, Australia, y quien no participó del estudio, dijo que el hallazgo podría ayudar a romper paradigmas. “Podemos ahora hacernos nuevas preguntas para replantear la investigación, y resolver viejas incógnitas acerca de la existencia de arrecifes en condiciones adversas”, señaló. 

Futuro controversial

El arrecife está rodeado de zonas de explotación de gas y petróleo, por lo que la conservación de ecosistema podría estar en riesgo en el mediano plazo, señala Thompson. “La declaración de áreas protegidas debería ser una prioridad ahora que tenemos esta información”, asegura.

Además, mucha más investigación es necesaria para conocer mejor el arrecife y todo lo que alberga, porque el trabajo publicado solo abarca lo observado en 1.000 kilómetros cuadrados. Rodríguez cree que muchas otras cosas interesantes sobre este arrecife aún están por descubrirse: “Lo que aquí se consiga puede aportar una base científica para ayudar a pronosticar el futuro de los arrecifes en el contexto del cambio climático, y también para tomar las medidas más adecuadas que nos permitan conservar estos vitales ecosistemas”, finalizó.