Hasta que Galileo inauguró la astronomía moderna, a principios del siglo XVII, los registros de la actividad solar brillaban por su ausencia. Al menos, así lo creían los científicos. Gracias a un análisis de textos que se remontan hasta el siglo VII, un grupo de investigadores de la Universidad de Kyoto ha encontrado ahora docenas de referencias a lo que parecen ser manchas solares, auroras boreales y otros sucesos relacionados con la actividad del Sol. Sin embargo, están expresadas de un lenguaje que requiere muchas más artes interpretativas que los dibujos de Galileo.

"Aunque para investigar el cambio climático o el tiempo meteorológico del pasado es posible recurrir a sedimentos, testigos de hielo y anillos de crecimiento de los árboles, los fenómenos espaciales y las auroras apenas dejan huella, en caso de que dejen alguna», señala Bruce Tsurutani, físico de la NASA especializado en plasmas que no participó en la investigación. «Así pues, necesitamos información que el ser humano haya registrado por sí mismo".

Para localizarla, el equipo de Kyoto, compuesto por historiadores y astrónomos, analizó cientos de documentos de la dinastía Tang china, entre los siglos VII y X, así como manuscritos japoneses y europeos de la misma época. En su trabajo, publicado el pasado mes de abril en la edición en línea de Publications of the Astronomical Society of Japan, los investigadores refieren haber encontrado una y otra vez expresiones como "arcoíris blancos" y "arcoíris inusuales". Tales eventos aparecían reseñados en las mismas fechas en documentos de las tres regiones. Según el primer autor del trabajo, Hisashi Hayakawa, estudiante de doctorado en la Escuela de Letras de la Universidad de Kyoto, el hecho de que personas en lugares tan distantes informasen a la vez de los mismos fenómenos indicaría que estos solo pudieron ser auroras. Estos resplandores celestes se producen cuando las partículas con carga eléctrica procedentes del Sol chocan contra las partículas de la atmósfera, y suelen adoptar el aspecto de un anillo alrededor de los polos magnéticos de la Tierra.

El año pasado, el mismo grupo publicó una exhaustiva lista de las menciones más probables a manchas solares en la historia oficial de la dinastía Song china, entre los siglos X y XIII, donde son descritas como ciruelas, melocotones o huevos en el Sol. En total, los investigadores han identificado 38 manchas solares, 13 arcoíris inusuales o blancos y 193 episodios que se asemejarían a auroras boreales. Todos ellos han sido recopilados en una base de datos abierta que admite búsquedas y que puede consultarse en línea.

Hiroaki Isobe, astrónomo y uno de los autores del trabajo, reconoce que no hay forma de saber a ciencia cierta si dichos textos se refieren o no a la actividad solar. La interpretación de expresiones lingüísticas tan arcaicas supone una dificultad única de esta tarea, como lo es también deducir la verdadera naturaleza de sucesos que los autores del pasado interpretaban a menudo como presagios. "[Las descripciones] de tsunamis y terremotos son claras, pero saber qué significa una descripción del estilo de 'el cielo estaba rojo' resulta bastante más difícil", explica Hayakawa. El equipo de Kyoto espera reunir más pruebas de sus conclusiones gracias a la colaboración con varios investigadores de Europa, Arabia Saudí y Corea del Sur que también están llevando a cabo estudios históricos sobre manchas solares.

Disponer de un registro de la actividad solar durante un período prolongado podría aportar pistas clave para, por ejemplo, entender mejor el desplazamiento de los polos magnéticos de la Tierra, los posibles efectos de la actividad magnética del Sol en el clima —en caso de que haya alguno— o las fulguraciones solares, potentes llamaradas que pueden arruinar satélites, causar apagones eléctricos y alterar las telecomunicaciones. "Para predecir el futuro, tenemos que conocer el pasado", concluye Isobe.

La versión en español de este artículo se publicó primero en Investigación y Ciencia.