Ha sido un año duro para los vuelos espaciales. La desintegración el pasado domingo del cohete Falcon 9 no tripulado de SpaceX con destino a la Estación Espacial Internacional (ISS) fue el primer percance para este vehículo, pero no para la NASA, que ya ha visto a tres de las cuatro naves de transporte de suministros fracasar en los últimos ocho meses.

En octubre, un cohete Antares construido por Orbital ATK (el rival de SpaceX) se estrelló e incendió segundos después del despegue. Luego, en abril Rusia perdió el control de su nave espacial de carga Progress-59 poco después de su lanzamiento, causando una salida de órbita y que se desintegrara en la atmósfera. Ambos cargueros no tripulados llevaban alimentos, equipos y proyectos de investigación científica a la estación espacial, al igual que el SpaceX Dragon, el domingo por la mañana antes de que el cohete que lo transportaba se destruyera durante su ascenso desde Cabo Cañaveral, en Florida.

Los tres accidentes parecen no estar relacionados, y expertos de la industria espacial repiten su mantra habitual tras el último incidente: la ciencia de cohetes es ciencia de cohetes, y un cierto nivel de fracaso es inevitable. "Los astronautas está seguros a bordo de la estación y tienen suministros suficientes para los próximos meses", dijo el director de la NASA Charles Bolden en un comunicado. "Vamos a trabajar estrechamente con SpaceX para entender qué pasó, arreglar el problema y volver a volar."

Sin embargo, la ola de accidentes tiene a muchos preocupados, especialmente a quienes en el Congreso están pagando las facturas de la NASA, y que últimamente han sido austeros en la asignación de fondos para contratos de la NASA con empresas comerciales como SpaceX. "Seríamos negligentes si subestimáramos la gravedad de la situación actual," dijo en un comunicado el senador de Florida, Bill Nelson, quien voló personalmente en el transbordador espacial en 1986, y es el miembro de mayor rango del comité que supervisa a la NASA.

Este último revés deja a la NASA y sus socios de la ISS con una sola nave de carga que no esté actualmente bajo investigación por algún accidente: el H-II Transfer Vehicle (HTV) japonés, que tiene programada su próxima entrega en agosto. Antes de eso, sin embargo, Rusia hará otro intento con su nave Progress-60, que se lanzará mañana viernes. En estos momentos la propia NASA no tiene ninguna nave espacial capaz de volar a la ISS; pues tras retirar los transbordadores, la agencia subcontrató las entregas de carga a SpaceX y Orbital ATK. Por el momento también depende de Rusia para transportar a la tripulación. "La NASA se retiró a sí misma del juego", dice Roger Handberg, un experto en política espacial de la Universidad Central de Florida. "Podemos enviar gente a la estación espacial, pero no podemos enviarles nada de comer. La Estación Espacial Internacional se ha convertido en un rehén de la incapacidad de lograr que se construya".

El accidente también proyecta sombras sobre los planes de la NASA de utilizar naves espaciales comerciales para llevar astronautas a la estación espacial a partir de 2017, con el objetivo de no depender de Rusia. El propio cohete Falcon 9 y la cápsula Dragon –que fracasó el fin de semana– son la base del vehículo que SpaceX planea usar para cumplir con su contrato de $2.600 millones con el Programa de Tripulación Comercial de la NASA. Boeing, el veterano de la industria espacial, tiene otro acuerdo de $4.200 millones para transportar astronautas, pero a pesar de su historia, la compañía estar quedándose atrás de SpaceX en el Programa de Tripulación Comercial. "Con esto, la floración del SpaceX se retrasa un poco", dice Handberg.

Fundada por el CEO y Director de Tecnología Elon Musk, la reputación relativamente glamorosa de la compañía puede quedar muy dañada a raíz del accidente, dice Scott Pace, director del Instituto de Política Espacial en la Universidad George Washington. "La opinión pública se vio menos afectada tras los fracasos rusos y de Orbital Sciences, pero debido a la visibilidad que ha estado buscando SpaceX, su accidente impacta más en la percepción pública. Si uno vive de los comunicados de prensa, los comunicados de prensa pueden dañarle".

El apoyo público a la industria espacial privada también recibió un duro golpe en octubre pasado (apenas tres días después del accidente de Orbital Sciences ATK) cuando la nave suborbital de Virgin Galactic SpaceShipTwo se estrelló durante un vuelo de prueba, matando a uno de sus pilotos. La investigación sobre el desastre está todavía en curso, pero la empresa sigue adelante con sus planes para transportar turistas en breves arcos hasta el borde del espacio, desde su futurista instalación Spaceport America, en Nuevo México.

A pesar de todos estos contratiempos, los defensores de la industria siguen siendo optimistas. El presidente de la Federación de Vuelos Espaciales Comerciales, Eric Stallmer, llevó a sus hijos a Florida durante el fin de semana para ver el último despegue del SpaceX. "Esta es la segunda vez que llevo a mis hijos a ver un lanzamiento y termina en fracaso". Puede que tarde en llevar a sus hijos a más lanzamientos, dice, pero les pidió que miraran el lado positivo. "Estas cosas suceden cuando fuerzas los límites de los vuelos espaciales, pero hay más días buenos que malos". Stallmer confía en que SpaceX se recuperará. Después de todo, este fue el primer accidente grave para el cohete Falcon 9, que había volado 18 misiones exitosas seguidas hasta ahora, incluyendo seis entregas impecables de carga a la ISS.

Tal vez estas son las tasas de éxito aceptables para las misiones espaciales, especialmente en vuelos no tripulados. Pero, ¿cuántos fracasos son demasiados? "Hay una cuestión más profunda: ¿Podemos viajar al espacio con una tasa razonable de fiabilidad", dice Roger Launius, curador de historia espacial en el Smithsonian National Air and Space Museum. "A la industria le encantaría eventualmente hacer operaciones espaciales como las de las compañías aéreas. Bueno, ¿seremos capaces de lograrlo con cohetes? No lo sé".