La temporada de gripe está casi sobre nosotros, y en un esfuerzo por limitar el contagio y ahorrarnos la miseria, muchos de nosotros nos vacunaremos. El trabajo de Jonas Salk y Thomas Francis ha ayudado a restringir la propagación de ese desagradable virus por generaciones, y a la vacuna contra la influenza se le atribuye haber salvado decenas de miles de vidas. Pero antes de que la vacuna pudiera desarrollarse, primero los científicos tuvieron que identificar la causa de la gripe, y sobre todo, reconocer que era contagiosa.

Una nueva investigación de Trevor Foulk, Andrew Woolum y Amir Erez, de la Universidad de la Florida, toma ese mismo primer paso en la identificación de un tipo diferente de amenaza contagiosa: la grosería. En una serie de estudios, Foulk y sus colegas demostraron que ser objeto de conducta grosera, o incluso simplemente ser testigo de ella, induce a la rudeza. Las personas expuestas al comportamiento grosero tienden a tener conceptos asociados con la grosería activados en su mente, y por lo tanto pueden interpretar comportamientos ambiguos, pero benignos, como groseros. Más aún, ellos mismos son más propensos a comportarse de manera violenta con los demás, y evocar hostilidad, afecto negativo, e incluso venganza hacia los demás.

El hallazgo de que el comportamiento negativo puede engendrar comportamiento negativo no es nuevo, pues hace décadas los investigadores demostraron que los individuos aprenden indirectamente y repetirán acciones destructivas. En el ahora infame “experimento del muñeco Bobo”, por ejemplo, los niños que veían a un adulto pegarle con un mazo a un muñeco, o gritarle, también eran abusivos con el muñeco. Del mismo modo, los supervisores que creen que son maltratados por los gerentes tienden a transmitir este maltrato a sus empleados.

Sin embargo, un trabajo anterior sobre el efecto del contagio negativo se centró principalmente en el comportamientos de alta intensidad, como el golpe o la supervisión abusiva, que son (por fortuna) relativamente poco frecuentes en la vida cotidiana. Además, en la mayoría de los estudios anteriores, el comportamiento destructivo fue modelado por alguien con un estatus más alto que el del observador. Por lo tanto, estas conductas negativas extremas pueden repetirse porque (a) son bastante notorias y (b) el observador está tratando de emular consciente e intencionalmente el comportamiento de alguien con un estatus social elevado.

Foulk y sus colegas se preguntaron acerca de los comportamientos negativos de baja intensidad, el tipo que es probable que se encuentre en las interacciones cotidianas con compañeros de trabajo, clientes y compañeros. Pasamos mucho más tiempo con los compañeros de trabajo y clientes que con los supervisores, y por lo tanto sus acciones, si son contagiosas, es probable que tengan un efecto mucho más amplio sobre nosotros. La evidencia de contagio negativo entre compañeros y clientes también podría sugerir que hay más de un modo de infección. Somos mucho menos propensos a basar intencionalmente nuestro comportamiento en nuestros clientes que en nuestros jefes, y por lo tanto cualquier contagio del comportamiento observado en estos entornos es probable que sea impulsado por procesos no intencionales e inconscientes, en vez de por imitación deliberada. Tal vez podamos “contraer” los comportamientos sin siquiera intentarlo.

Primero, el equipo de Foulk exploró si las conductas de baja intensidad como la grosería eran contagiosas. En un estudio examinaron si la observación del comportamiento grosero activa conceptos relacionados con la grosería. En primer lugar, los participantes completaron una breve encuesta de 15 minutos, y cuando terminaron, un cómplice que hizo el papel de un participante que llegó tarde, entró y pidió ser incluido en el estudio. En la condición de control, el experimentador le dijo cortésmente a ese participante que el experimento ya había comenzado y le ofreció programarlo para otra sesión. En la condición negativa, el experimentador groseramente reprendió al participante y le dijo que se fuera. Luego, todos los participantes completaron una tarea de decisión léxica (LDT, por sus siglas en inglés) en la que debían decir tan rápido como fuera posible si una cadena de letras (por ejemplo, POYO) formaba una palabra. Algunas de las palabras de la LDT eran amables (por ejemplo, útil), otras eran agresivas (por ejemplo, salvaje), y algunas groseras (por ejemplo, torpe). Los tiempos de respuesta para los elementos amables y agresivos fueron similares bajo cualquier condición, pero los tiempos de respuesta para los elementos groseros fueron significativamente más rápidos para los participantes en la condición negativa con respecto a la condición de control. Las personas que observaron una interacción grosera tenían conceptos sobre la grosería activos en su mente, y por lo tanto eran más rápidas en responder a esos conceptos en la LDT. Estos hallazgos sugieren que la exposición a la grosería parece sensibilizarnos ante los conceptos groseros de una manera que no es intencional o deliberada, sino que ocurre automáticamente.

Para examinar si esta sensibilidad tiene impacto en el comportamiento social, el equipo de Foulk realizó otro estudio en el que se le pidió a los participantes hacer el papel de un empleado en una librería local. Primero, los participantes observaron un vídeo que mostraba tanto una interacción cortés como una grosera entre compañeros de trabajo. Después, se les pedía responder el correo electrónico de un cliente. El mensaje podía ser neutral (por ejemplo, “Le escribo para saber el estado de un pedido que hice hace unas semanas”), muy agresivo (por ejemplo, “Supongo que usted es uno de los incompetentes empleados que ha perdido mi pedido”), o moderadamente grosero (“Estoy realmente sorprendido por este tema, dado que TODOS dicen que ustedes brindan un servicio al cliente muy bueno???”)

Una vez más, Foulk y sus colegas encontraron que la exposición previa a un comportamiento grosero crea una sensibilidad específica a la grosería. En particular, el tipo de vídeo que observaron los participantes no afectó sus respuestas a los correos electrónicos neutros o agresivos; en cambio, la naturaleza de esos correos electrónicos impulsó la respuesta. Es decir, todos los participantes fueron más propensos a enviar una respuesta hostil al correo electrónico agresivo que al neutral, independientemente de si previamente habían observado una interacción cortés o grosera entre empleados. Sin embargo, el tipo de vídeo que observaron los participantes al principio del estudio sí afectó su interpretación y la respuesta al correo electrónico grosero. Aquellos que habían visto el vídeo amable hicieron una interpretación buena del correo electrónico que era moderadamente grosero y enviaron una respuesta neutral, mientras que los que habían visto el vídeo grosero hicieron una interpretación mala y respondieron hostilmente. Por lo tanto, observar comportamientos groseros, incluso los cometidos por compañeros de trabajo o pares, dio como resultado una mayor sensibilidad y una mayor respuesta a la grosería.

Queda claro que la exposición al comportamiento agresivo afecta nuestra forma de pensar y la manera en que respondemos a la grosería, pero el estudio final de Foulk reveló un efecto secundario aún más desagradable sobre el contagio: ver comportamientos groseros nos lleva a ser groseros con los demás, y ellos a su vez pueden ser groseros (o peor) con nosotros.

Los participantes en el estudio hicieron una serie de ejercicios de negociación con otros participantes. La pregunta clave se centró en el comportamiento de los que se encontraban con una pareja grosera. ¿Cómo se comportaron en una negociación posterior? ¿Qué sintieron sus nuevos socios de negociación acerca de ellos y cómo los trataron?

Como usted puede imaginar, los participantes que negociaron con un socio grosero fueron, a su vez, percibidos como groseros en su interacción posterior con una nueva pareja. Estos “portadores” evocaron sentimientos de ira y hostilidad en sus nuevas parejas, e incluso incitaron conductas vengativas. Después de terminar la negociación entre el “portador” y la nueva pareja, a este último se le dio en privado la oportunidad de decidir cómo distribuir los recursos adicionales con el portador. El nuevo socio podía hacer una elección prosocial y dividir los recursos de manera uniforme, podía decidir de manera individualista y tomar más recursos por sí mismo (dejando algo para el portador), o podía tomar una decisión hostil destruyendo todos los recursos, garantizando que el portador no reciba nada (pero también perdiendo todo lo que era para él). La opción hostil fue elegida significativamente más a menudo después de la interacción con un portador, lo que sugiere que la gente estaba dispuesta a sufrir personalmente con el fin de vengarse de la otra persona. Más aún, estos efectos de contagio negativo fueron evidentes en las negociaciones que tuvieron lugar hasta una semana después de la exposición inicial, lo que sugiere un período infeccioso bastante largo para los comportamientos negativos.

En conjunto, los datos de Foulk y sus colegas destacan los peligros de las conductas negativas de baja intensidad, incluso aquellas que solo son presenciadas y no experimentadas personalmente. Con comportamientos negativos, el testigo se convierte en el perpetrador, del mismo modo que una persona que toca un picaporte que recientemente tocó alguien con gripe puede enfermarse y contagiar a otros. No se necesita una intención consciente, y el contagio puede durar días. Desafortunadamente, a diferencia de la gripe, actualmente no hay inoculación conocida para este contagio. ¿Dónde está Jonas Salk cuando se le necesita?

 


Sobre la autora

Cindi May es profesora de Psicología en la Universidad de Charleston. La experta explora mecanismos para optimizar la función cognitiva en estudiantes universitarios, adultos mayores y personas con discapacidad intelectual. También es directora de proyecto de una beca TPSID del Departamento de Educación, que promueve la inclusión de alumnos con discapacidad intelectual en la educación postsecundaria.

 

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