El maní está presente en la cocina de casi todo el mundo. Ya sea en forma de aceite o mantequilla, como merienda, o como ingrediente de platillos tanto salados como dulces, es fácil encontrar esta leguminosa –que a menudo pasa por nuez– en nuestra comida. Pero, ¿de dónde viene? Su origen parece estar en América Latina, específicamente Bolivia, según revelan nuevos estudios.

El maní moderno (Arachis hypogaea)* es el resultado de la hibridación de dos antiguos tipos de maní andino. Posee 20 pares de cromosomas, el resultado de la suma de los cromosomas de ambas especies antiguas, las cuales tienen 10 cromosomas cada una. Los científicos siempre pensaron ­­–una sospecha ahora confirmada– que los “padres” de este maní eran las variantes Arachis duranensis, muy común en las laderas andinas entre el noroeste de Argentina y el sureste de Bolivia; y Arachis ipaensis, una especie que solo había sido reportada en una localidad boliviana a varios cientos de kilómetros al norte de A. duranensis y que –hasta ahora­– se creía extinta.

No obstante, investigadores de la Universidad de Georgia y la Iniciativa para el Genoma del Maní hallaron recientemente un ejemplar vivo de A. ipaensis en los Andes bolivianos y, con él, las respuestas a una incógnita: cómo ambas especies antiguas, viviendo tan lejos una de la otra, habían lograron juntarse para dar vida al maní moderno.

Para responder esta pregunta, los científicos consultaron antiguas colecciones botánicas y lo que sabían acerca de los patrones de migración y traslado –de acuerdo con las estaciones de lluvia y sequía– de los antiguos agricultores, cazadores y colectores de alimentos. Adicionalmente, los investigadores usaron la técnica de reloj molecular, un análisis que sirve para determinar, a partir de estudios de ADN, el momento en que dos especies separan sus caminos evolutivos para emprender otros nuevos.

“Ahora sabemos que los primeros habitantes de Suramérica, en sus largas travesías, llevaron A. ipaensis a los terrenos de A. duranensis hace 10.000 años. Una vez en la misma zona, una abeja se encargó de polinizar las flores de las plantas de maní, dando origen al híbrido que nuestros antepasados suramericanos comían y que luego derivó en el maní moderno, Arachis hypogaea. Es una historia fascinante”, dice David Bertioli, investigador del Centro para Tecnologías Genéticas Aplicadas de la Universidad de Georgia y autor principal del estudio publicado en Nature Genetics.

Aunque no se ha estudiado cuán antiguas son A. duranensis y A. ipaensis, los investigadores piensan que podría tratarse de especies que llevan más de un millón de años en la Tierra, por lo que Bertioli y su equipo las consideran como reliquias vegetales.

“Haberla hallado viva [a A. ipaensis] y ahora poderla estudiar es casi como dar un vistazo al jardín de estas comunidades ancestrales. El cultivo híbrido del maní se extendió a lo largo de Suramérica en épocas precolombinas hasta llegar a las costas del Atlántico y el Pacífico, e incluso a Centroamérica y México. Luego de la colonización, fue llevado a África, Asia, América del Norte y Australia, sitios en los que se convirtió en un cultivo importante. Es un alimento que ha vivido en muchas épocas interesantes”, dijo Bertioli.

Barata nutrición

Con una mejor comprensión del genoma del maní, los investigadores pueden identificar los marcadores que determinan su resistencia a ciertas enfermedades y condiciones meteorológicas. Estos datos permitirán diseñar variantes genéticas más resistentes a las plagas y sequías y con mejores propiedades nutricionales, un avance de gran importancia para regiones como África, donde la desnutrición es un problema severo y el maní es una fuente importante de proteína vegetal, dice Bertioli. “Conociendo a profundidad el genoma, podemos tener cultivos que produzcan más y mejores frutos en condiciones hasta ahora consideradas adversas”, agrega.

Cabe destacar que a nivel botánico, el maní no está considerado una nuez, sino una leguminosa –que son altas en proteína–, es decir, está más emparentado con las lentejas que con las avellanas.

Aún así, el maní ofrece los mismos beneficios nutricionales y de salud que nueces como paganas, nogales y almendras, aunque con una clara diferencia de precio: los consumidores estadounidenses pagan, en promedio, $5 por un kilo de maní y $30 por la misma cantidad de avellanas.

“La diferencia está en el bolsillo, pero no en la salud”, dice Meir Stampfer, profesor de epidemiología y nutrición en la Escuela de Salud Pública T. H. Chan de la Universidad de Harvard, y coautor de un estudio sobre los beneficios del maní y las nueces publicado en 2013 en JAMA Internal Medicine.

El trabajo de Stampfer encontró que las personas que consumían maní y nueces regularmente tenían menos probabilidades de morir por cualquier causa – particularmente por enfermedades cardiovasculares– y que quienes consumían maní obtenían los mismos beneficios de salud que aquellas personas que comían otras nueces. 

 

*Nota del editor (21/3/16): en una versión anterior de este artículo se escribió equivocadamente el género de las tres especies de maní. El nombre correcto es Arachis.