No es un secreto que cuando viajamos al exterior, usualmente la gente encuentra que el olor corporal de los lugareños es particularmente ofensivo. Y las madres tienden a creer que otros niños huelen mucho peor que sus propios hijos. Ahora, en un estudio publicado esta semana en Proceedings of the National Academy of Sciences, un grupo de investigadores ha demostrado que el grado de disgusto que la gente encuentra en el sudor de los demás puede variar con el grupo de identificación. En otras palabras, el desagrado puede depender de si la persona a la que se huele se considera miembro de su grupo o no.

Los investigadores realizaron dos series de experimentos: En la primera serie le pidieron a 45 alumnas de la Universidad de Sussex que sostuvieran y olieran una camiseta sudada que llevaba el logotipo de otra universidad y dijeran cuán asqueroso les parecía eso en una escala de 1 a 7. Las estudiantes creyeron que estaban participando en un experimento para medir su habilidad para detectar feromonas. Luego, los investigadores sutilmente prepararon a las alumnas para que pensaran en sí mismas como miembros de diferentes grupos o de ningún grupo, dándoles distintas versiones de los supuestos objetivos del estudio. En algunos casos, los investigadores dijeron que estaban midiendo la habilidad de las estudiantes para detectar feromonas, al activar los sentimientos de afiliación de los participantes con los demás estudiantes, incluyendo aquellos de la universidad identificada en la remera. Otras veces los investigadores dijeron que estaban evaluando su capacidad de detección, haciendo que ellas pensaran que la remera pertenecía a un miembro del grupo rival. Como condición de control, los investigadores dijeron que estaban observando la capacidad individual.

Los expertos hallaron que las estudiantes sintieron considerablemente menos disgusto cuando consideraban que la precedencia de la remera era un miembro del mismo grupo (un compañero) en comparación con un integrante de otro grupo (un estudiante de una universidad rival), o cuando no pensaban en ningún grupo en particular. Debido a que las estudiantes sintieron el mismo desagrado cuando percibieron que la remera pertenecía a un “extraño” que cuando no pensaban en un grupo en particular, los investigadores concluyeron que los sentimientos de pertenencia al grupo reducían el sentimiento de desagrado. En otras palabras, considerar a alguien como un “otro” no necesariamente aumenta la aversión, pero la idea de que esa persona sea “uno de nosotros” puede disminuirla.

 El segundo experimento consistió en dar a 90 estudiantes de la Universidad de Saint Andrew —hombres y mujeres— una remera sudada con el logo de esa institución, o con el de la universidad rival o sin logo. Luego, los expertos registraron cuán rápido los estudiantes cruzaban la habitación para lavarse las manos y cuánta cantidad de jabón usaban después de tocar la remera sudada. Así observaron el mismo patrón anterior: cuando la remera pertenecía a alguien del mismo grupo, los estudiantes se movieron más lentamente a través de la habitación y usaron menos jabón.

Los científicos vincularon la emoción de desagrado a un instinto evolutivo de evitar patógenos y protegerse de la infección. Como tal, se cree que el asco media las relaciones entre grupos; en otras palabras, juega un papel importante en mantener a la gente lejos de los grupos externos que podrían albergar gérmenes desconocidos y potencialmente peligrosos. El estudio agrega un nuevo elemento a la idea, dice John Drury, psicólogo en Sussex y uno de los autores del estudio. “También ayuda socialmente a reducir el nivel de disgusto, con el fin de trabajar juntos y hacer cosas como grupo, pues una gran cantidad de cosas en la sociedad se consiguen en grupos”.

Jolanda Jetten, psicóloga de la Universidad de Queensland que no participó en la investigación, mencionó que estudios previos han demostrado que la gente es muy tolerante a olores desagradables e incluso a productos de desecho cuando se trata de sus hijos o de su pareja. Este estudio se basa en estos hallazgos al demostrar que no solo la intimidad si no también la identificación compartida es importante para condicionar el disgusto. “Demuestra que incluso algo tan básico como el olor está regulado por los procesos grupales”, dice Jetten.

Estos hallazgos pueden ayudar a los científicos sociales a explicar cómo cooperan los diferentes grupos, extendiendo la investigación al racismo y a la deshumanización. “Este [estudio] sugiere que es posible superar los sentimientos de asco al cambiar la relación entre el desagrado y lo desagradable”, dice Alex Haslam*, también psicólogo en Queensland, que no participó en este estudio. “Creo que es una investigación muy interesante que llama la atención sobre el tema de un modo ingenioso y atractivo”.

Según Stephen Reicher*, psicólogo de Saint Andrew y autor principal del trabajo, el equipo prevé continuar la investigación al estudiar cómo los niveles reducidos de desagrado en un grupo de pertenencia median tanto la cooperación física como la mental, generalizando estos hallazgos a través de entornos más amplios y reales.

Los expertos podrían evaluar diferentes identidades, más allá de “estudiantes”, y usar otros estímulos distintos a una remera, quizás involucrando el gusto o incluso las preferencias socioeconómicas en vez del olor. “Pero también queremos observar algunas de las paradojas y las desventajas del desagrado disminuido en grupo”, añade Reicher. “La reducción de asco puede llevar a la gente a bajar la guardia en prácticas que contribuyen a la propagación de la infección: más disposición a compartir comida y bebida, estar cerca de personas enfermas y no alejarse si tosen, y así sucesivamente”. Las implicancias son a escala internacional. “En la peregrinación de Hajj, por ejemplo, la gente procede de 162 países, mezcla sus gérmenes y vuelve a sus casas a esparcirlos. Estamos interesados en la dimensión psicológica de este proceso”, afirma Reicher.

 

*Nota del editor: Tanto Haslam como Reicher son miembros del Consejo Asesor de la revista Scientific American Mind.