Gracias a los avances tecnológicos, el ser humano fue conquistando el cielo. Sin embargo, esta ocupación del espacio aéreo está generando problemas a las aves voladoras y plantea un nuevo desafío de protección de la biodiversidad.

Sergio Lambertucci, investigador de la Universidad Nacional del Comahue, Argentina, publicó la semana pasada un artículo en la revista Science donde propone soluciones para evitar estos conflictos. Una de ellas, es la creación de reservas o parque aéreos por donde los aviones no puedan volar y en donde no se pueden construir edificios ni colocar torres de energía, por ejemplo.

Lambertucci trabaja en el Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente (Inibioma) y es especialista en cóndores y aves rapaces. El trabajo también está firmado por sus colegas Rory Wilson y Emily Shepard, de la Universidad de Swansea, en el Reino Unido.

“Para los científicos, no es nuevo que aviones, torres de electricidad, molinos de viento y edificios traen problemas para las aves, pero siempre las estrategias de manejo de vida silvestre se focalizaron en la tierra”, reconoce Lambertucci y detalla que recién en 2013 se publicó el primer artículo científico en el que se argumenta por qué el aire también debe ser considerado como hábitat.

Graham Martin, profesor emérito de la Universidad de Birmingham, estudia las razones de por qué las aves chocan con artefactos humanos. El especialista asegura que el ser humano debe tratar de apreciar el mundo a través de los ojos de aves.

Y detalla: “La forma en que ven ellas es muy diferente a la nuestra. Las aves tal vez puedan hacer discriminaciones más sutiles de colores y la mayoría ve los tonos cercanos del ultravioleta. La mayor agudeza visual la tienen hacia los laterales y no hacia adelante como nosotros. La visión binocular y frontal la utilizan para hacer tareas cercanas”.

Estas diferencias son las que causan que muchas aves choquen contra objetos estáticos como edificios, torres de electricidad, molinos de vientos y otros. “En algunas situaciones, la cifra de muertos por colisión puede ser alta y puede afectar significativamente a las poblaciones locales”, cuenta.

Y ejemplifica con lo que sucede en Sudáfrica donde algunas poblaciones de aves gruiformes son muy propensas a las colisiones con las líneas de energía en una magnitud suficiente como para afectar la viabilidad de la población. Mientra que en España se sabe que los aerogeneradores son un gran problema para las aves más grandes, especialmente los buitres.

Aves cerca de molinos de viento, en Dinamarca. The Danish Wind Industry Association

 

Un problema de todo el mundo

Lambertucci asegura que a priori se puede pensar que donde hay más desarrollo es donde hay más conflicto. “Los países que están en desarrollo como los de América Latina están creciendo de manera muy rápida, pero los sistemas de control y monitoreo no están tan desarrollados y no se implementan de la misma manera que en países de Europa”, advierte.

Martin detalla que en Europa se realiza mucha investigación sobre dónde ubicar los parques eólicos vinculada a los movimientos de aves a una escala mayor y también sobre cómo desviar las aves de zonas de alta vulnerabilidad de colisión. “Muchos consideran las colisiones de aves con artefactos humanos como un tema importante y se está investigando, pero no hay una solución simple”, dice.

En tanto, Lambertucci asegura que no ocurre lo mismo en América Latina. “Muchos sitios en donde se están por instalar parques eólicos en la Patagonia pueden ser muy nocivos para los cóndores. Y a veces con solo mover un poco el sitio donde se instalará el parque, se reduce el impacto en la fauna”, explica.

Hernán Vargas es investigador del Peregrine Fund, una ONG sin fines de lucro de EE.UU. que trabaja en Ecuador. Estudia la ecología y el uso del hábitat del cóndor andino. “Lamentablemente, en Ecuador nadie estudia la relación de las aves con las construcciones humanas. Seguramente hay mortalidad de aves, pero no está registrada”, asegura.

Luego, cuenta el caso del viejo aeropuerto de Quito. “Cuando fue cerrado a principios del 2013, se comenzaron a observar más cóndores andinos volando en la zona montañosa cercana en un radio de 10 kilómetros. Esto aún no ha sido documentado por la ciencia”, cuenta.

Accidentes aéreos

Un reporte estadístico sobre la aviación civil de EE.UU indica que hubo casi 39.000 choques de aves con aviones entre 1990 y 2004. Según estimaciones, este país pierde $900 millones anuales por este problema, debido a vuelos que se retrasan y aviones que se dañan.

Desde principio de siglo XX, cuando nace la aviación moderna, hay registrados al menos 200 muertes humanas por choques de aeroplanos con aves.

Sin embargo, Lambertucci advierte que el mayor problema son las colisiones con edificios. “En nuestros países no hay restricciones para construir, en cambio en Europa ya están pidiendo sistemas anticolisiones, por ejemplo, la colocación de siluetas de aves predadoras en los vidrios o el uso de luz ultravioleta, que las aves ven pero la evitan”, comenta.

La ONG canadiense Fatal Light Awareness Program (Flap) calcula que entre una y 10 aves mueren por edificio en ciudades de América del Norte. El número estimado de aves migratorias muertas anualmente en colisiones con edificios en este subcontinente oscila  entre 100 millones y 1.000 millones, dice.

Vargas apunta que en la evaluación de impacto ambiental de grandes obras se les debe pedir un estudio de las rutas de vuelo de las aves por lo menos durante un año ya que ciertas especies migratorias tienen su estacionalidad y también algunas presentan movimientos altitudinales.

Los tres investigadores coinciden en que la clave está en conocer mejor el comportamiento de las aves. “Tenemos que entender qué aves ocupan cada zona del espacio aéreo, cómo y cuándo lo están usando. Algunas aves colisionan más bajo condiciones climáticas específicas, o son los ejemplares jóvenes los más vulnerables. Una gran cantidad de pequeños pájaros cantores paseriformes parecen vulnerables durante la migración a los edificios iluminados por la noche, pero no se sienten atraídos durante el día”, ejemplifica Martin.

A Lambertucci le preocupan especialmente los drones, pequeños vehículos aéreos no tripulados. “Son cada vez más masivos, pero no sabemos cuál es el impacto que tienen sobre las aves. Hace dos meses se publicó el primer artículo sobre el tema. Detalla que para tres especies de aves acuáticas, no hay impacto si uno sabe cómo acercar el dron hacia ellas. Sin embargo, sabemos que muchas aves rapaces atacan a los drones”, cuenta. 

Aviones y helicópteros inavaden los espacios de vuelo de las aves. Peter Miller vía Flickr