Unos 3,2 millones de años después de su muerte y 42 años después de que los científicos descubrieran sus huesos fosilizados, ya están listos los resultados de la autopsia de Lucy, nuestro famoso ancestro humano. Los hallazgos aportan datos sobre el antiguo debate de si el Australopithecus afarensis, la especie a la que pertenece Lucy, estaba mejor adaptada a la vida en el suelo o en los árboles.

En 1974, el paleoantropólogo Donald Johanson, ahora en la Universidad del Estado de Arizona, junto a su entonces estudiante de posgrado Tom Gray, encontraron el primero de los huesos de Lucy que estaba erosionándose en una ladera en un lugar llamado Hadar, en la remota región de Afar, en Etiopía. Eventualmente, el equipo acabó recuperando gran parte del esqueleto. Muchos de los huesos estaban rotos, como a menudo ocurre con los fósiles. En su análisis de los restos, los investigadores llegaron a la conclusión de que las fracturas se habían producido después del fallecimiento, durante el proceso de fosilización.

Para el nuevo análisis, el paleoantropólogo John Kappelman de la Universidad de Texas y sus colegas examinaron el esqueleto de Lucy, así como escaneos de los huesos realizados a través de tomografía computarizada (TC) que muestra su estructura interna. Los resultados confirman que muchas de los fracturas evidentes en los huesos ocurrieron post-mortem. Pero parece que algunas de ellas ocurrieron antes de que Lucy muriera. Al comparar las fracturas con las que se observan en víctimas de accidentes humanos en la modernidad, Kappelman y sus colaboradores determinaron que el patrón de daño en los huesos de Lucy era más consistente con el nivel observado en personas que experimentan un fuerte impacto tras caer desde una altura considerable. Los investigadores explican sus resultados en un artículo publicado hoy en Nature.

Los investigadores postulan que para estar tan lejos del suelo Lucy probablemente se había subido a uno de los árboles altos que se podrían encontrar en el bosque donde vivía, según reconstrucciones de paleo-hábitats. Lucy, que era aproximadamente del tamaño de un chimpancé, habría podido subir bastante alto, tal vez para buscar fruta o para construir un refugio para dormir sobre una rama, como hacen los chimpancés. Los chimpancés pueden subir a alturas de hasta 135 metros en busca de frutas y duermen en refugios que se encuentran a alturas de hasta 21 metros.

Los daños en los huesos de la pierna y el brazo de Lucy llevan a Kappelman y sus colegas a pensar que ella pudo haber aterrizado con los pies hacia adelante para luego extender sus brazos en un intento de detener su caída –aunque el esfuerzo fuera en vano–. Entre las severas fracturas y  supuestas lesiones en órganos que sufrió, es probable que muriera poco después de chocar contra el suelo.

Johanson no está muy de acuerdo con las conclusiones de este equipo. Dice que otros fósiles A. afarensis de Hadar muestran el mismo tipo de daño visto en los huesos de Lucy, al igual que los fósiles humanos de otros lugares. “Hay multitud de formas de explicar la fractura de huesos”, dice Johanson. “[Puede que] Lucy hubiera sido atropellada por una estampida de animales más grandes, elefantes o grandes bóvidos o antílopes, antes haber sido empujada hacia un entorno acuático, donde se inició la fosilización”. Además, el peso de los sedimentos que eventualmente llegaron a cubrir los huesos podría haberlos dañado, añade. “Estas explicaciones alternativas no son exploradas en el artículo de Nature. En este sentido, la sugerencia de que se cayó de un árbol es en gran parte una historia de ‘Así fue’ que ni es ni verificable ni se puede refutar, y por lo tanto es imposible de demostrar”, sostiene Johanson.

Sin embargo, si Lucy sí se cayó de un árbol, algunos de los rasgos que habrían ayudado a A. afarensis a ser una especie exitosa, podrían también haber sido los que la llevaron a su ruina. Aunque era de cierta forma similar al mono –con brazos largos y dedos curvados que ayudaban a la locomoción arbórea– el A. afarensis tenía una serie de rasgos en su pelvis, piernas y pies que le habrían permitido estar en posición vertical para caminar sobre el suelo. La locomoción bípeda es una característica clave en la evolución humana, una innovación que pudo haber ayudado a nuestros ancestros ​​a hacer frente a las cambiantes condiciones ambientales que reemplazaron los hábitats boscosos por sabanas. Esas mismas adaptaciones que hicieron A. afarensis un capaz bípedo podrían haber reducido su capacidad para desplazarse por los árboles, concluye el equipo de Kappelman.

Los expertos han estado discutiendo sobre el estilo de vida de A. afarensis desde los años 1980. Algunos piensan que ya había hecho una transición total a la vida en el suelo y que los rasgos que todavía le hacían apto para los árboles eran vestigios evolucionarios remanentes de sus ancestros ​​arbóreos. Otros piensan que la persistencia de esos rasgos implica que el A. afarensis todavía se aferraba, en parte, a la vida en los árboles. Es poco probable que este nuevo estudio resuelva el debate. "El Australopithecus afarensis era esencialmente un animal terrestre, como se demuestra en los análisis biomecánicos de muchos de los huesos postcraneales que se sabe pertenecen a miembros de la especie de Lucy, así como las huellas humanas de 3,6 millones de años que se encuentran en una capa de ceniza volcánica en Laetoli, Tanzania", dice Johanson. “Suponer a priori que Lucy pasó mucho tiempo en los árboles no es compatible con esto”.

 

*Kate Wong, la autora de este artículo, también es autora de un libro sobre Lucy en conjunto con Donald Johanson.