En un futuro, un simple examen de sangre podría ser todo lo que se necesite para saber si una paciente con cáncer de mama tendrá una recaída de la enfermedad.

Al menos eso es lo que sugiere una pionera prueba desarrollada por un grupo de científicos del Instituto para la Investigación del Cáncer del Reino Unido y probada en un grupo de mujeres. Los resultados del estudio se publican esta semana en Science Translational Medicine.

El objetivo de la prueba es monitorear el ADN de los tumores –que circula en el torrente sanguíneo– para evaluar la evolución genética de las células cancerígenas y poder así identificar cuáles pacientes tienen un mayor riesgo de sufrir una recaída, luego de superar el tratamiento inicial.

El examen permite definir los eventos genéticos de la enfermedad residual mínima (ERM) y sus posteriores posibles procesos metastásicos. La enfermedad residual mínima hace referencia a una cantidad minúscula de células cancerosas malignas que han sobrevivido a un tratamiento cuya principal intención era eliminarlas por completo. Por lo general, la ERM es un grupo de células tan pequeño que no puede ser detectado por los métodos tradicionales de monitoreo de cáncer de seno.

La técnica puede ofrecer un panorama personalizado de la evolución de la enfermedad hasta ocho meses antes de que métodos convencionales puedan detectar nuevamente la presencia de la enfermedad.

“La esperanza es que podamos usar estas pruebas de sangre en el futuro para prevenir o retardar de manera significativa cualquier una recaída en el cáncer. Sin embargo, esta investigación aún se encuentra en una fase inicial y más estudios son necesarios antes de que este test esté disponible en clínicas y hospitales”, dijo a Scientific American Nicholas Turner, autor principal del estudio.

A prueba

Para probar la efectividad del análisis, los científicos reclutaron a 55 pacientes con cáncer de seno que habían sido diagnosticadas en una etapa temprana de la enfermedad y que estaban recibiendo quimioterapia en preparación para una intervención quirúrgica.

Turner y su equipo tomaron muestras de sangre durante la biopsia que confirmó el diagnóstico de cáncer, luego de la cirugía inicial (entre 2 y 4 semanas después) y cada seis meses, después de la cirugía. De los 15 casos de mujeres que eventualmente sufrieron recaídas, 13 pudieron predecirse a través del método propuesto. El resto de los casos ofreció diversos resultados. Por ejemplo, a algunas pacientes no se les encontraron mutaciones y fueron declaradas libres de cáncer al cabo del período clínico correspondiente y otras, aunque se les halló marcadores asociados a una mutación del cáncer, no presentaron una recaída.

En la mayoría de las muestras, los investigadores lograron predecir con gran precisión cuáles pacientes presentarían recaídas y cuáles no, excepto en los casos en los que la metástasis ocurrió únicamente en el cerebro. Estas pacientes presentaron niveles de ADN cancerígeno que resultaron indetectables en los exámenes practicados por los investigadores.

En este caso específico, “la barrera hematoencefálica del cerebro –un cúmulo de células que permite el paso de nutrientes pero impide el paso de toxinas– ha evolucionado para proteger al cerebro de las toxinas de la sangre. Esta barrera también bloquea la emisión de ADN de células tumorales, por lo que no pudimos detectarlas en los exámenes de sangre”, explicó Turner.

Muchos de los cánceres que existen están compuestos de diversos tipos de células, en lo que se conoce como heterogeneidad intratumoral. La mayoría de los tratamientos disponibles están diseñados para intentar eliminar las principales células que componen un tumor, con la esperanza de afectar también a las demás. Sin embargo, esto no siempre sucede, dando paso al proceso de recaída y posible metástasis de un cáncer.

Según los investigadores, predecir con anterioridad cuál será la evolución de estas células sobrevivientes ayudaría a diseñar mejores tratamientos dedicados a detener el avance de la enfermedad. En muchos casos, conocer de antemano cuál será la evolución genética de estas células permitiría personalizar los tratamientos de cada paciente.

El cáncer de mama es el cáncer más frecuentemente diagnosticado en el mundo. Cerca de 95% de las mujeres con cáncer de seno son diagnosticadas en etapa inicial y no tienen evidencia de un proceso metastásico en progreso, de acuerdo con los autores del trabajo. Sin embargo, en algunos de estos casos, sí es posible que se dé una migración de un pequeño grupo de células malignas a otros órganos del cuerpo, aún cuando el cáncer está iniciándose. Esto es lo que los investigadores conocen como micrometástasis.