Cuando Monika Eckstein, psicóloga de la Universidad de Bonn, diseñó su último estudio publicado, el objetivo era simple: administrar una hormona en la nariz de 62 hombres esperando que su miedo pudiera desaparecer. Y en gran parte, sucedió.

La hormona era oxitocina, a menudo llamada “hormona del amor” debido a su papel crucial en las relaciones madre-hijo, la vinculación social y la intimidad (los niveles se disparan durante el sexo). Pero también parece tener un efecto ansiolítico significativo. Administre oxitocina a personas con ciertos desórdenes de ansiedad, y la actividad de la amígdala —el principal centro nervioso del miedo en el cerebro de humanos y otros mamíferos, dos partes del tejido cerebral del tamaño de una almendra ubicadas bajo las sienes— caerá.

Normalmente, la amígdala rebosa de actividad en respuesta a estímulos potencialmente amenazantes. Cuando un organismo se encuentra repetidamente con un estímulo que en un principio parece aterrador pero resulta ser inofensivocomo, por ejemplo, un globo que estalla—, una región del cerebro llamada corteza prefrontal inhibe la actividad de la amígdala. Pero en casos de repetidas presentaciones de un peligro verdadero, o en personas con ansiedad que continuamente perciben un estímulo como una amenaza, la actividad de la amígdala no disminuye y los recuerdos del miedo se forman con mayor facilidad.

Para estudiar los efectos de la oxitocina en el desarrollo de estos recuerdos del miedo, Eckstein y sus colegas primero sometieron a los participantes a condicionamientos pavlovianos del miedo, en los que estímulos neutros (fotografías de caras y casas) a veces se combinaban con descargas eléctricas.

Luego, los sujetos eran asignados al azar para recibir una dosis única intranasal de oxitocina o un placebo. Treinta minutos después les hicieron resonancias magnéticas funcionales mientras, en simultáneo, los sometían a una terapia de extinción del miedo, un enfoque estándar para los trastornos de ansiedad en el que los pacientes están continuamente expuestos a un estímulo productor de ansiedad hasta que ya no les resulta estresante. En este caso, nuevamente se los expuso a las imágenes de caras y casas, pero esta vez sin las descargas eléctricas.

Aquellos sujetos que recibieron oxitocina aumentaron la actividad en la corteza prefrontal —la parte del cerebro responsable de mantener el miedo bajo control—  y disminuyeron la capacidad de respuesta de la amígdala cuando se expusieron a las imágenes, ahora inofensivas, que habían sido condicionados para encontrar aterradoras. Las manifestaciones físicas de miedo, como la sudoración, también disminuyeron en el grupo tratado. Los resultados, publicados el 29 de octubre en Biological Psychiatry, sugieren que una sola dosis de oxitocina podría mejorar eficazmente las terapias basadas en la extinción de condiciones de miedo y ansiedad.

“Sería demasiado pronto para recomendar el uso clínico de la oxitocina”, advierte Eckstein. “Sin embargo, hay una gran cantidad de investigaciones que sugiere un papel terapéutico potencial en varios trastornos para el futuro”. Aunque los resultados se basaron en la observación más que en hallazgos de la resonancia magnética funcional, un estudio más pequeño publicado el año pasado por Acheson y colegas registró que la oxitocina intranasal facilita la extinción del miedo en humanos. La oxitocina también atenúa a las amígdalas hiperactivas en el trastorno de ansiedad social y se está estudiando como posible tratamiento para el trastorno de estrés postraumático (TEPT).
 
Desactivando el gen miedo
Más allá de la oxitocina, los científicos están estudiando otros enfoques prometedores para reducir el miedo, incluyendo tratamientos basados en una mejor comprensión genética del miedo y ansiedad.

El gen que codifica un compuesto llamado factor neurotrófico derivado del cerebro (FNDC) —involucrado en el crecimiento neuronal, la supervivencia y la neurotransmisión, todo lo que a su vez juega un papel en los recuerdos del miedo y la extinción— podría ser particularmente importante.

Por ejemplo, una variante específica del gen del FNDC está asociada con ratones tímidos; los portadores son verdaderos marginados, que prefieren pasar tiempo solos contra las paredes de la jaula en vez de andar por ahí con sus compañeros roedores. En humanos con la misma mutación en el FNDC, el miedo aparentemente no desaparece tan rápidamente con presentaciones repetidas de una señal alarmante pero en última instancia no amenazante.

Raül Andero Galí, un investigador asociado en el Departamento de Psiquiatría y Ciencias del Comportamiento de la Universidad de Emory, piensa que los enfoques basados en el FNDC son prometedores para la comprensión y el tratamiento de la ansiedad. Solo pequeñas cantidades del FNDC pasan a través de la barrera hematoencefálica, por lo que por el momento no existe un papel terapéutico para el compuesto en sí mismo. Sin embargo, el trabajo de Galí ha demostrado que un compuesto que imite los efectos del FNDC en el cerebro ha ayudado a ratones a superar asociaciones de temor, específicamente un sonido relacionado con un shock en las patas. La perspectiva de la terapia genética con el FNDC también está siendo investigada.

“El FNDC ofrece algunos de los efectos más poderosos que haya visto en la mejora de la extinción del miedo”, dice Galí. “Sin embargo, necesitamos comprobar si las moléculas relacionadas con el FNDC son seguras y eficaces en humanos”.

Galí también ha demostrado que un fármaco que bloquea la actividad de la vía del gen Tac2 —que también se cree que juega un papel en la extinción del miedo — reduce la consolidación y el almacenamiento de memorias traumáticas en ratones, lo que sugiere un posible papel terapéutico en el trastorno de estrés postraumático. “El TEPT es una enfermedad psiquiátrica única porque usualmente sabemos cuándo comienza”, dice Galí. “Potencialmente, podríamos administrar drogas poco después del trauma para evitarlo”.
 
No es “el eterno resplandor”
Mientras que la prescripción de antagonistas del FNDC y del gen Tac2 aún está lejos, tratar estados de ansiedad y miedo como el trastorno de ansiedad social y el TEPT con una combinación de oxitocina y terapia de extinción del miedo —posiblemente, permitiendo a los pacientes abandonar la medicación o la psicoterapia totalmente— parece una posibilidad muy real. Sin embargo, la ética de juguetear con los recuerdos podría ser arriesgada. ¿Qué pasa si estos tratamientos fueran usados para extinguir asociaciones molestas de la memoria pero no patológicas como, por ejemplo, aquellas que tienen que ver con una relación que salió mal, o con la pena?

Eckstein no está demasiado preocupada. “Existe la posibilidad de abusar de estos tratamientos”, señala la científica. “Sin embargo, es poco probable”. El neurocientífico Joseph LeDoux ha escrito que los recuerdos emocionales —recuerdos felices, emocionantes, temerosos— son indelebles. En vez de realmente borrar los malos recuerdos, nos olvidamos de cómo acceder a ellos, o aprendemos a recurrir primero a un recuerdo más agradable. Como destaca Eckstein, en pacientes con ansiedad que han aprendido con éxito a reemplazar una asociación temerosa con una emoción positiva o neutra, las recaídas suceden. “El viejo miedo aún se guarda en algún lugar del cerebro”, dice. Pero espera, a medida que emergen nuevos tratamientos, que el miedo sea más difícil de encontrar.