Los caminos del cáncer son poco menos que insospechados. Ocurre que hay ciertas mutaciones con el poder suficiente para iniciarlo, que algunos virus pueden promoverlos, que en general acumulan diferentes cambios en cada una de sus regiones o que evolucionan para adaptarse y poder sobrevivir, entre otra muchas cosas, algunas de ellas rocambolescas. Y de entre todos los caminos que emprenden ha aparecido uno nuevo: son capaces, literalmente, de mandar “bolsas” con la información necesaria para que otras células también se conviertan, como si de predicadores exitosos se trataran. Esas bolsas son los exosomas.
 
Los exosomas se conocen desde hace años, pero hasta hace no mucho su función era poco menos que denostada: se tenían como basureros, formas que usaban algunas células para eliminar sus desechos inservibles. Poco a poco se vio que su papel no era ni tan sencillo ni tan limitado.
Por ejemplo, las células de defensa del sistema inmunitario mandan señales (antígenos) contenidas en exosomas a otras compañeras. Así consiguen que reconozcan las amenazas que ellas han detectado y que se activen contra ellas: orquestan la respuesta. Incluso en el cerebro, las células de la glía —el soporte del sistema nervioso— son capaces de la misma manera de “enviar” proteínas a las neuronas para que estas puedan resistir mejor diversos tipos de amenazas en forma estrés. De hecho, en los exosomas (que tienen un tamaño parecido al de los virus) se han encontrado hasta 4.000 proteínas diferentes, grasas, incluso ácidos nucleicos (ADN, ARN). Es una vía de comunicación entre las células que hasta hace poco se tenía por imposible, y que en el caso del cáncer puede ser especialmente importante.

Evidencias recientes, y crecientes
En los últimos años se han visto varias cosas. Entre elllas, que las células de un tumor suelen producir más exosomas que las células sanas, y que estos pueden detectarse en la sangre de los pacientes. También algunas de las funciones que parecen tener. En el caso del glioma, un tipo de tumor cerebral, las células cancerígenas pueden mandar bolsas con proteínas encargadas de destruir tejido, lo que les permite avanzar y les facilita la metástasis.
 
Esas bolsas contienen también factores para estimular que se formen nuevos vasos sanguíneos, y así poder captar los nutrientes que necesitan al crecer. Es, salvando las distancias, casi como una transferencia horizontal, el proceso por el que las bacterias comparten genes unas con otras (y que les permite hacerse rápidamente resistentes a algunos antibióticos). Ahora, un nuevo estudio ha ido un paso más allá: ha mostrado que los exosomas, atención, son capaces de transformar directamente células sanas en tumorales. Y ha acotado el mecanismo por el que lo hacen.
 
“Lo que hemos visto es que los exosomas de pacientes son capaces de favorecer el proceso tumoral. Y lo hemos visto en el mejor modelo animal del que ahora mismo disponemos”, comenta Alberto Villanueva, investigador en el IDIBELL de Barcelona y participante en el trabajo.
 
Villanueva se refiere a la parte final del estudio, quizá la más impactante: los investigadores tomaron sangre de varias pacientes con cáncer de mama y de mujeres sanas. A partir de esas muestras aislaron los exosomas que contenían. Después los introdujeron junto con células de mama humanas en mamas de ratones, y esperaron a ver qué sucedía.
 
Como era de esperar, no se desarrolló ningún tumor en los animales con exosomas de mujeres sanas. Pero, y aquí lo impactante, la mitad de los ratones con exosomas de pacientes enfermas desarrollaron el correspondiente tumor. De alguna manera bastaba con la información contenida en esas bolsas para que células completamente normales se tornaran cancerígenas. ¿Y cuál era esa información? Pues al parecer la que llevaban los microARNs, pequeñas moléculas... antimensajeras.
 
MicroARNs: la llave de la transformación
Los microARNs son pequeñas moléculas de ARN que tienen la capacidad de inhibir la expresión de determinadas proteínas. Si estas proteínas son fundamentales para controlar el ciclo de la célula, las consecuencias pueden ser dramáticas. Y esto es lo que los investigadores sugieren en su estudio: que a través de ellos los exosomas pueden convertir las células normales en tumorales. Y lo hacen porque tienen toda la maquinaria a su disposición.
 
Al contrario que las células normales, las células del cáncer incluyen en los exosomas la proteína Dicer, encargada de cortar ARN en pequeños fragmentos, que son los realmente eficaces. O la proteína Argonauta 2 (por Jasón y sus acompañantes los Argonautas), que permite que se unan a otros ARNs y así ejercer su función. Es decir, cuentan con todo el armamento necesario. De hecho, y para corroborar su hipótesis, cuando bloqueaban la proteína Dicer veían como la capacidad de formar tumores se reducía considerablemente.
 
“El estudio es muy interesante y abre vías muy prometedoras”, comenta Sònia Guil, investigadora en el Programa de Epigenética y Biología del Cáncer en Barcelona. Sin embargo, “creo que aún falta caracterizar mejor los microARNs responsables y su papel causal in vivo, no en condiciones de laboratorio”, añade.
 
La presencia de exosomas tumorales en la sangre abre la puerta a mejorar el diagnóstico de la enfermedad. “De confirmarse, podrían servir como un marcador de fácil acceso. Entrarían dentro de lo que se ahora se conoce como biopsia líquida. Además, parece lógico pensar que cada tipo de tumor lleve una firma característica del tejido, lo que permitiría conocer su origen”, comenta Guil. Incluso podrían servir para el tratamiento: no solo buscando interceptarlos, sino que podrían usarse como vehículo para hacer llegar fármacos específicos.
 
Y una duda final, que se desprende del texto. No digan que no lo han pensado. Si los exosomas pueden transformar células normales en tumorales, si pueden viajar en la sangre, entonces, ¿podrían hacer del cáncer una enfermedad contagiosa?
 
“Es una suposición válida, pero extremadamente improbable”, comenta Villanueva. Para empezar por los datos: solo se conocen tres tipos de tumores contagiosos, pero uno sucede en perros y los otros en el diablo de Tasmania y en un tipo particular de hamsters, no en humanos. Nosotros a lo sumo debemos preocuparnos por algunos virus como el del papiloma, que aumenta la posibilidad de cáncer de cuello de útero, pero que no es un tumor contagioso en sí. Y, además, está el detalle de las cantidades. “En el laboratorio extraemos los exosomas, los concentramos y los inyectamos en una zona muy concreta de ratones que además están inmunodeprimidos”, comenta Villanueva. “En la vida real las cantidades que podrían transmitirse serían muchísimo menores. Y los exosomas no son virus, no pueden multiplicarse”.
 
Las bolsas, al parecer, no hacen viajes tan largos.