La historia del Parque Yellowstone, en Estados Unidos, puede resumirse en una frase: la reintroducción de los lobos cambió el curso de los ríos. Este depredador estuvo extinto en la región por 70 años. En 1995 los investigadores decidieron reintroducirlo.

Sin los lobos, la población de ciervos había crecido demasiado. La vegetación no resistía semejante presión de estos herbívoros. Los lobos ayudaron a controlar a las manadas de cérvidos, los cuales comenzaron a evitar zonas más peligrosas por la presencia de su depredador, como las costas de los ríos.

Los pastizales, arbustos y árboles empezaron a regenerarse y los castores prosperaron. Sus diques modificaron el curso de los ríos.

La reintroducción de especies clave es una de las formas más extremas de conservación porque es difícil evaluar las consecuencias que pueden tener. Además, muchas veces se reintroducen los animales más carismáticos.

Un trabajo publicado en julio por la revista Science indica que el 74 por ciento de los proyectos de reintroducciones conservacionistas de animales se realizaron con aves y mamíferos, los cuales representan solo el 26 por ciento de la especies de la naturaleza. A su vez, la mayor parte de estos proyectos se realizaron en países desarrollados. En América latina se efectuaron apenas el 6,6 por ciento de esas iniciativas.

Desde el 2007, Fernando Barri, biólogo de la Universidad Nacional de Córdoba, en Argentina, trabaja en la reintroducción del guanaco en el Parque Nacional de la Quebrada del Condorito. “En América latina son aún incipientes los intentos por recuperar la vida silvestre perdida. En general se apunta a las especies que tienen una función importante en el ecosistema. Por ejemplo, el objetivo de reintroducir el guanaco (uno de los camélidos de América del Sur) en Córdoba es recuperar el pastizal productivo”, señala.
 

Los guanacos son muy frecuentes en la Patagonia argentina. Intentan reintroducirlos en la provincia de Córdoba. Crédito: ONG Ecosistemas Argentinos.



Algo similar sucede en México con el perrito de las praderas. Gerardo Ceballos, biólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México, asegura que otras 50 especies dependen de este roedor.
Varios depredadores se alimentan de él, mientras que otros utilizan sus madrigueras como refugio. Además, estos huecos ayudan a mantener la humedad del suelo y, como se alimentan de arbustos, contribuyen a recuperar los pastizales. “Tienen una importancia económica para la población local ya que transforman desiertos en pastizales aptos para la ganadería”, explica Ceballos.

Otros biólogos de la región plantean ideas más extremas. En el 2004, Mauro Galetti, biólogo de la Universidad del Estado de San Paulo, Brasil, sugirió introducir elefantes africanos en las regiones brasileñas del Cerrado y el Pantanal. “América del Sur fue la tierra de la megafauna, que sin duda jugó un papel ecológico importante. En el caso de los herbívoros, mantenían el equilibrio de la vegetación al comerla y dispersar sus semillas. No sabemos el impacto de traer de vuelta esa megafauna, pero en un parque controlado los científicos podríamos probar si moldean el ecosistema de mejor manera”, explica.

Como gliptodontes, mamuts, perezosos gigantes y otros animales del Pleistoceno ya se han extinguido, Galetti sugiere reemplazarlos por los grandes herbívoros africanos como el elefante y el camello. ¿Cuál es el sentido de recrear un ecosistema de hacer 10.000 años? “Reducir el fuego en las sabanas y mejorar la dispersión de semillas grandes. La megafauna proporciona importantes servicios ecológicos que ningún herbívoro viviente puede hacer hoy”, asegura Galetti.

Proyectos en Europa
Hace menos de 100 años, Oostvaardersplassen, en Holanda, era parte del Mar del Norte. Ahora es el ejemplo más avanzado de resalvajizar la Tierra. El parque tiene 56 kilómetros cuadrados. En la década de 1930, los holandeses construyeron diques para ganarle tierra al mar.

Ante el riesgo de que el sitio se convirtiera en un bosque denso e inhabitable para las aves acuáticas, se decidió introducir grandes herbívoros como el ciervo rojo, el caballo konik y ganado uro de Heck. De ellos solo el ciervo rojo es originario de la zona. Las otras dos especies fueron domesticadas en otras partes de Europa. Sin embargo, el resultado ha sido la recreación más aproximada de un paisaje prehistórico.

En el noreste de Siberia, el biólogo Sergey Zimov ha creado el Parque Pleistoceno, un intento por recrear la estepa subártica de la última Era de Hielo. En un espacio de 160 kilómetros cuadrados ya ha introducido caballos yakutos, alces, renos, bueyes almizcleros, ciervos wapitís y bisontes europeos.

Las pequeñas manadas de herbívoros compactaron el suelo y los pastizales reemplazaron a los sauces y musgos. Los animales también ayudaron a mantener intacto el permafrost, por lo tanto, el ecosistema emite menos gases de efecto invernadero al retener el metano almacenado por estas capas de hielo.

 “No queremos reconstruir exactamente el ecosistema estepario del mamut porque no tenemos  mamut”, asegura Zimov, siempre que se le consulta. No obstante, ha ofrecido este sitio como hábitat de los primeros animales prehistóricos que los científicos logren resucitar a partir de la clonación y la ingeniería genética.
 

El reno es una de las especies más abundantes en el Parque Pleistoceno creado en la Siberia rusa. Crédito: Parque Pleistoceno.



En el Viejo Continente, la organización Rewilding Europe está trabajando en cinco regiones. El objetivo es comprar campos improductivos, cerrarlos y reintroducir especies autóctonas o sustitutas para recuperar el ecosistema original.

El último artículo de Science sobre las iniciativas de resalvajización sostiene que la reconexión del hombre con la naturaleza necesitará de una nueva definición de lo salvaje. “Un concepto que se aparte de la inalcanzable idea de ecosistemas prístinos sin influencia humana”, explica.

Y concluye: “Hay que moverse hacia un concepto en donde la recuperación de las especies y sus hábitats integren y reconozcan al ser humano como parte de la naturaleza”.