Hobbes es muy popular. El filósofo británico del siglo XVII argumentó que antes de la civilización, nuestros antepasados ​​estaban sumidos en una “guerra de todos contra todos”. Solo la aparición de poderosos gobiernos –“Leviatanes”, los llamó Hobbes– frenaron nuestras tendencias violentas.

Muchos influyentes estudiosos modernos defienden versiones de esta visión hobbesiana. Estos incluyen a Richard Wrangham, Jared Diamond, Edward Wilson, Azar Gat, Steven LeBlanc, Lawrence Keeley y Steven Pinker.

En su bestseller de 2011  The Better Angels of Our Nature (Los mejores ángeles de nuestra naturaleza), Pinker afirma que incluso los estados modernos desgarrados por la guerra son “mucho menos violentos que las antiguas bandas y tribus”. “Hobbes tenía razón”, declaró Pinker en un ensayo en 2007.

La visión hobbesiana se combina con lo que yo llamo la teoría de la guerra arraigada, que sostiene que la violencia letal de grupo es innata, engendrada en nosotros por la selección natural. Yo he estado criticando estas afirmaciones sin descanso, porque tienen consecuencias. Muchas personas creen que si la guerra es innata, es también inevitable, y por lo tanto los esfuerzos para erradicarla son inútiles [ver adenda].

Un nuevo estudio publicado en la revista Nature, “Las raíces filogenéticas de la violencia letal humana”, arroja gasolina al debate sobre los orígenes de la violencia. El estudio, realizado por José María Gómez, de la Universidad de Granada, y otros tres investigadores afirma que “la violencia letal está profundamente arraigada en el linaje de los primates” y que los humanos “heredaron su propensión a la violencia”.

En un comentario en la revista Nature, el biólogo Marcos Pagel afirma que el estudio de Gómez representa un “duro golpe” a favor del punto de vista de Hobbes. En realidad, el estudio de Gómez et al. contradice los modelos Hobbesianos y el de la teoría arraigada de la guerra, que describen la violencia letal como una enfermedad genética que la civilización ha ayudado a curar.

Gómez y sus colegas compilaron estimaciones de las tasas de violencia letal observada en más de 1.000 especies de mamíferos, incluido la nuestra. El grupo encontró tasas similares de violencia dentro de especies estrechamente relacionadas. Las tasas tendieron a ser más altas entre especies territoriales y sociales, en particular los primates.

El grupo calcula que el Homo sapiens, en base a su proximidad genética con los chimpancés y con otras especies, debe tener un índice de mortalidad de un 2%, como consecuencia de la violencia dentro de la especie. Eso significa que la violencia es la causa de dos de cada cien muertes.

Los datos empíricos sobre las muertes violentas entre los seres humanos del Paleolítico –antes del advenimiento de la agricultura y los asentamientos permanentes– también indican que dos por ciento murió violentamente, según Gómez et al. Esta convergencia lleva a los investigadores a concluir que la violencia humana es, al menos en parte, genética.

Es necesario hacer una advertencia: el estudio agrupa juntas todas las formas de violencia, desde el infanticidio y la ejecuciones, a las guerras entre estados. Por eso sus conclusiones no necesariamente apoyan la afirmación de los expertos antes mencionados de que la guerra es innata. El hecho de que la agresión sea innata, no quiere decir que la guerra también lo sea.

Pero incluso sin tener en cuenta esta cuestión, el estudio de Gómez no es compatible con la hipótesis hobbesiana. Los partidarios de Hobbes citan tasas de muerte violenta entre los humanos prehistóricos que van desde el 15% (Pinker) al 25% (LeBlanc) –más o menos un orden de magnitud superior a la estimación de 2% de Gómez et al–.

Comentando sobre por qué sus estimaciones son mucho mas bajas que las de Pinker y otros, el equipo de Gómez explica que “hemos incluido más poblaciones en nuestro estudio y hemos ponderado todos los análisis de acuerdo al número de individuos por muestra”. En otras palabras, las estimaciones de Gómez son más exhaustivas.

El equipo de Gómez también muestra que la violencia letal aumentó en lugar de disminuir durante miles de años después de que los seres humanos se establecieran y formaran cacicazgos, estados e imperios. “El nivel de violencia letal en la mayoría de los períodos históricos fue mayor”, Gómez et al. escriben, al nivel calculado para los humanos prehistóricos. Según sus datos, la violencia letal empezó a disminuir en todo el mundo hace unos 500 años y cayó por debajo de los niveles paleolíticos en los últimos 100 años.

A diferencia de Pagel, autor de un comentario sobre el estudio, Gómez y sus colegas son cautelosos a la hora de sacar conclusiones, señalando que hay incertidumbres en las estimaciones de las tasas de derramamiento de sangre en la antigüedad. Pero sus recientes comentarios en cuanto a la disminución de la violencia global tienen un matiz hobbesiano.”Es un hecho ampliamente reconocido”, escriben, “que la monopolización del uso legítimo de la violencia por parte del Estado disminuye significativamente la violencia en las sociedades estatales”.

Los estados, cuando funcionan mejor, promueven la paz, tanto dentro como fuera de sus fronteras. Sin embargo, durante los últimos 100 años los estados también han sido responsables de horribles actos de guerra y genocidio, y de la invención de armas que pueden destruir la civilización. Los estados representan la solución a la violencia, pero también son parte del problema.

Adenda: Ninguno de los defensores de la teoría del enraizamiento mencionados anteriormente –Richard Wrangham, Jared Diamond, Edward Wilson, Azar Gat, Steven LeBlanc, Lawrence Keeley y Steven Pinker– han afirmado que si la guerra fuera innata sería también inevitable. Pero otros, incluyendo los líderes militares de Estados Unidos, han expresado esta conclusión fatalista.

Posdata: En una próxima columna, publicaré comentarios sobre el estudio de Gómez por académicos especializados en las raíces de la violencia.