¿Qué define quienes somos? ¿Nuestros hábitos? ¿Nuestros gustos estéticos? ¿Nuestros recuerdos? Si me presionan, contestaría que si hay alguna parte de mí que está asentada en mi interior, una parte esencial de lo que soy, seguramente esa parte sea mi centro moral, ese sentido del bien y del mal que está profundamente asentado en mí

Sin embargo, al igual que muchas personas que hablan más de un idioma, a menudo tengo la sensación de que soy una persona un poco diferente en cada uno de mis lenguajes –más asertiva en inglés, más relajada en francés, más sentimental en checo–. ¿Es posible que, en línea con estas diferencias, mi brújula moral también apunte en direcciones algo diferentes en función del idioma que uso en un determinado momento?

Los psicólogos que estudian los juicios morales están muy interesados ​​en esta cuestión. Varios estudios recientes se han centrado en la forma en la que las personas piensan sobre la ética en un idioma no nativo –como podría ocurrir, por ejemplo, entre un grupo de delegados de las Naciones Unidas que utilizan una lengua franca para discutir una resolución–. Los hallazgos sugieren que cuando las personas se enfrentan a dilemas morales, responden de manera diferente si es que consideran estos dilemas en un idioma extranjero en lugar de usar su lengua materna.

En un estudio de 2014 dirigido por Albert Costa, unos voluntarios se enfrentaron a un dilema moral conocido como el “dilema del tranvía”: imaginemos que un tranvía fuera de control se dirige hacia un grupo de cinco personas de pie en los carriles, incapaces de moverse. Usted está al lado de un interruptor que puede desplazar el tranvía a un carril diferente, y así salvar a las cinco personas, pero eso resultaría en la muerte de otra persona que está de pie sobre el carril lateral. ¿Apretaría usted el interruptor?

La mayoría de las personas están de acuerdo en que sí lo harían. Pero ¿y si la única manera de detener el carro fuera empujar a una persona extraña de gran tamaño que está en una pasarela hacia la ruta del tranvía? La gente tiende a ser muy reacia a hacer esto, a pesar de que en ambos escenarios, una persona tendría que ser sacrificada para salvar a cinco. Pero Costa y sus colegas encontraron que presentar este dilema en un idioma que los voluntarios habían aprendido como lengua extranjera aumentaba dramáticamente la posibilidad de que declararan que sí empujarían a la persona de la pasarela para sacrificarla –desde menos del 20% de los encuestados participando en su lengua materna a aproximadamente 50% de los utilizando su segunda lengua. (Hablantes nativos de español e inglés fueron incluidos, con inglés y español como sus respectivos idiomas extranjeros; los resultados fueron los mismos para ambos grupos, lo que demuestra que el efecto se relaciona al uso de una lengua extranjera, y no a qué lenguaje en particular se utilizó.)

Usando un sistema experimental muy diferente, Janet Geipel y sus colegas también encontraron que el uso de una lengua extranjera cambiaba los veredictos morales de los participantes. En su estudio, los voluntarios tenían que leer descripciones de los actos que aparentemente no perjudican a nadie, pero que muchas personas encuentran moralmente reprobables –por ejemplo, historias en las que dos hermanos disfrutan de sexo totalmente consensual y seguro, o sobre alguien que cocina a su perro y se lo come después de que haya sido atropellado por un auto–. Los que leían las historias en una lengua extranjera (inglés o italiano) consideraban que estas acciones no eran tan malas comparado con los que las leían en su lengua nativa.

¿Por qué tiene importancia si juzgamos la moralidad de un acto en nuestro idioma nativo o en uno extranjero? De acuerdo con una explicación, tales juicios implican dos modos distintos y contrapuestos de pensamiento –uno de ellos es el resultado de un una rápida e instintiva  “sensación” y el otro de una cuidadosa deliberación sobre que sería lo más beneficioso para el mayor número de personas–. Cuando usamos un idioma extranjero, inconscientemente nos trasladamos al modo más deliberado, simplemente porque el esfuerzo de operar en un idioma que no es el nuestro hace que nuestro sistema cognitivo se prepare para una actividad desgastante. Esto puede parecer paradójico, pero está en consonancia con los resultados que muestran que la lectura de problemas de matemáticos en un tipo de letra difícil de leer hace a las personas menos propensos a cometer errores por descuido (aunque estos resultados han demostrado ser difíciles de reproducir).

Una explicación alternativa es que pueden surgir diferencias entre las lenguas nativas y extranjeras porque el idioma de nuestra infancia resuena con mayor intensidad emocional que otro idioma aprendido en un entorno más académico. Como resultado, los juicios morales hechos en un idioma extranjero están menos cargados de las reacciones emocionales que suben a la superficie cuando usamos un lenguaje aprendido en la infancia.

Hay evidencias fuertes que señalan que la memoria entrelaza el lenguaje con las experiencias y las interacciones a través de las cuales se aprendió ese lenguaje. Por ejemplo, las personas que son bilingües son más propensas a recordar una experiencia si se les pregunta en el idioma en que se produjo el evento. Nuestros idiomas de la infancia, aprendidos con intensidad, pasión y emoción –después de todo, ¿quién no ha tenido una infancia que no haya sido marcada por la abundancia de amor, la rabia, el asombro, y el castigo?– acaban siendo infundidos sentimientos profundos. En comparación, los idiomas adquiridos tarde en la vida, sobre todo si se aprenden a través de interacciones restringidas al aula o blandamente repartidos a través de las pantallas de computadoras y auriculares, entran en nuestra mente sin una emocionalidad que sí está presente cuando son usados por hablantes nativos.

Katherine Harris y sus colegas ofrecen evidencia convincente que demuestra que una lengua nativa puede provocar respuestas viscerales. Usando la conductividad eléctrica de la piel para medir la actividad emocional (la conductividad aumenta al tiempo que la adrenalina surge). Pidieron a hablantes nativos de turco que habían aprendido inglés tarde en la vida que escucharan palabras y frases en ambos idiomas; algunas de ellas eran neutras (mesa), mientras que otras eran tabú (mierda) o comunicaban reprimendas (¡Qué vergüenza!). Las respuestas en la piel de los participantes revelaron aumento de la excitación hacia las palabras tabú en comparación con las neutras, sobre todo cuando estas fueron pronunciadas en su turco nativo. Pero, la diferencia más fuerte entre las lenguas se hacía evidente con las reprimendas: los voluntarios respondían de forma muy leve a las frases en inglés, pero tenían fuertes reacciones cuando eran pronunciadas en turco, y algunos decían  que “escuchaban” estas reprimendas en las voces de familiares cercanos. Si el lenguaje puede servir como almacén de potentes recuerdos de nuestras primeros transgresiones y castigos, entonces no es sorprendente que tales asociaciones emocionales puedan influenciar los juicios morales hechos en nuestro idioma nativo.

Esta explicación está validada por un reciente estudio publicado en la revista Cognition. Esta nueva investigación se basaba en escenarios en los que las buenas intenciones llevaban a malos resultados (alguien da a una persona sin hogar una chaqueta nueva, y después el hombre pobre es golpeado por otros que creen que la ha robado), o buenos resultados producidos a pesar de dudosos motivos (una pareja adopta un niño con discapacidades para recibir dinero del Estado). Leer sobre estos eventos en un idioma extranjero en lugar de la lengua materna llevó a los participantes a poner un mayor peso en los resultados y menos peso en las intenciones a la hora de hacer juicios morales. Estos resultados contradicen la idea de que el uso de un idioma extranjero hace que la gente piense más profundamente, porque otras investigaciones han mostrado que una reflexión cuidadosa hace que la gente piense más en las intenciones que provocan las acciones de las personas – y no menos–.

Pero los resultados encajan con la idea de que cuando se utiliza un idioma extranjero, las respuestas emocionales –menos apegadas a la simpatía por aquellos con intenciones nobles, con menos enojo hacia aquellos que tienen motivos viles– toman menos en cuenta el impacto de las intenciones. Esta explicación es apoyada por resultados que muestran que los pacientes con daño cerebral en la corteza prefrontal ventromedial, un área que está implicada en las respuestas emocionales, mostraron un patrón similar de respuestas, en el que los resultados tenían más importancia que las intenciones.

¿Dónde está, pues, el “verdadero” yo moral de una persona multilingüe? ¿Está en mis recuerdos morales, las reverberaciones de las interacciones cargadas de emoción, que me enseñaron lo que significa ser “bueno”? ¿O está en el razonamiento que soy capaz de aplicar cuando me libero de tales limitaciones inconscientes? O tal vez, esta línea de investigación, simplemente ilumina lo que es cierto para todos nosotros, independientemente del número de idiomas que hablamos: nuestra brújula moral es una combinación de las fuerzas que nos dieron forma en etapas tempranas y las maneras en las que escapamos de ellas.