BUENOS AIRES. Hace 68 millones de años, en lo que hoy es la Antártida, no había témpanos que crujían ni se desplomaban en un mar cubierto de hielo. La región, en cambio, tenía un clima moderado y aguas templadas y el silencio era eventualmente interrumpido por aves prehistóricas que ya por entonces hacían ‘cuak cuak’. Así lo estiman paleontólogos argentinos y estadounidenses que acaban de describir al detalle en un artículo publicado en la revista Nature los restos fosilizados más antiguos hallados hasta el momento de una siringe, el órgano fonador de las aves.

            “Se trata de la primera evidencia fósil del aparato de vocalización de un ave de la era Mesozoica”, cuenta el paleontólogo argentino Fernando Novas, investigador del Consejo Nacional de Investigaciones

Científicas y Técnicas de Argentina. “Pertenecía a un género extinto de aves llamado Vegavis iaai que habitó donde es hoy la Isla Vega, al norte de la península antártica. Allí este animal de unos 40 centímetros y parecido a los patos o gansos actuales convivió con los dinosaurios”.

            El origen de las aves genera interés a nivel mundial. Aún no se sabe muy bien cómo estos vertebrados evolucionaron, cómo aprendieron a volar o cómo se diversificaron durante millones de años hasta vivir con nosotros. Actualmente los paleontólogos saben que las aves descienden de los dinosaurios, aunque no de todos ellos. “Nos interesa saber cómo fue esa secuencia que comenzó hace 240 millones de años atrás, cómo estos animales con los que hoy compartimos el planeta fueron adquiriendo sus rasgos”, indica el director del Departamento de Anatomía Comparada del Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia en Buenos Aires.

            Hasta no hace mucho este campo de trabajo y estudio de la historia evolutiva de las aves modernas estaba restringido a investigadores alemanes, ingleses, estadounidenses y chinos. Pero los últimas hallazgos realizados en el Hemisferio Sur están cambiando esta situación.

Recontrucción artística de Vegavis iaai  en su hábitat natural. Crédito: GABRIEL L. LIO para el Museo de Ciencias Naturales, Bernardino Rivadavia, Argentina

            Ahora se suma otra nueva investigación que partió de un territorio donde, debido a sus bajas temperaturas y a la omnipresencia del hielo, resulta difícil trabajar: el Continente Blanco. “En 1992, exploramos una zona al norte de la isla James Ross, a unos 60 kilómetros de la base Marambio, en la Antártida argentina —recuerda el geólogo Daniel Martinioni—. Allí advertimos rocas de unos 70 millones de años y de las que apenas asomaban fósiles de huesos huecos”.

            Tras años de preparación y delicada remoción de la roca, los investigadores se dieron cuenta de que tenían entre sus manos los antiguos restos de un ave. Con la colaboración de la paleontóloga norteamericana Julia Clarke, especialista en la temprana evolución de estos animales, el material viajó a Estados Unidos donde fue “desnudado” a través de un tomógrafo. Ahí la científica de la Universidad de Texas se encontró con una enorme sorpresa: entre los frágiles huesos fosilizados se había preservado parte del tejido blando de esta ave prehistórica, en especial, una sección de la tráquea y una serie de anillos que conforman la siringe.

            A diferencia de los vertebrados terrestres, como los humanos, las aves no tienen cuerdas vocales sino un órgano vocal particular, ubicado en la parte baja de la tráquea, justo en el punto donde se divide en los bronquios y que les permite emitir una gran variedad de sonidos, desde llamadas y gritos, hasta cantos espectaculares. “Al comparar la estructura tridimensional de la siringe con otros fósiles y doce aves actuales, entre ellas patos y gansos, reconstruimos la evolución de este pequeño órgano”, describe Clarke en el estudio.

La siringe de Vegavis iaai se observa en amarillo pálido en esta imagen. Este órgano le permitía al ave emitir sonidos complejos. Crédito: J. CLARKE UT Austin​

            Con esta información, Novas y sus colegas presumen que Vegavis iaai —cuyo nombre combina el lugar del hallazgo con las siglas del Instituto Antártico Argentino— emitía graznidos que podrían haber sido parecidos a los ‘cuak cuak’ de sus parientes vivientes. “Este órgano les permitía emitir sonidos complejos para hacerse oír, defender el territorio o conseguir pareja y lo utilizaban de la misma manera que las aves actuales”, señala Novas, quien además ha descubierto dinosaurios como el Patagonykus puertai, Unenlagia comahuensis, Austroraptor cabazai, Megaraptor namunhaiquii y Neuquenraptor argentinus, entre otros.

            Esta investigación es crucial porque revela que las aves como Vegavis iaai —que, pese a tener costumbres mayormente terrestres, podía tolerar gran tiempo bajo el agua— ya estaban muy especializadas hacia fines de la era de los dinosaurios no avianos y se paseaban entre ellos. “Esto demuestra que antes de la extinción masiva que barrió a gran parte de los dinosaurios de la Tierra junto a tres cuartos de todas las especies vivientes, las aves ya estaban diversificadas —concluye Novas—. De alguna manera, Vegavis se las ingenió para sobrevivir”.