Sólo tres años después de descubrir su potencial para la edición de genes, la nueva técnica Crispr se ha convertido en el desarrollo más candente y controvertido en investigación genómica. Y ahora es más que una ciencia: es también un gran negocio.

Descubierto inicialmente en bacterias, Crispr (las siglas en inglés para Repeticiones Palindrómicas Cortas Agrupadas y Regularmente Espaciadas) es una herramienta de edición genómica dirigida a genes específicos en cualquier organismo que se basa en el emparejamiento de bases ARN-ADN, y que permite luego cortar con precisión estos genes mediante la actividad de la enzima conocida como proteína 9 asociada a Crispr o Cas9. La tecnología puede eliminar, reparar o sustituir genes y es más veloz, fácil, barata y, en principio, más precisa que otras técnicas de edición genética. Con beneficios potenciales en áreas que van de la salud humana y la agricultura, hasta la industria biotecnológica, no es de sorprender que Crispr haya entrado en el salón de la fama de la biología.

Fiebre del oro genética

Era solo una cuestión de tiempo que la técnica traspasara el mundo académico, y en 2015 varias compañías invirtieron en tecnología Crispr. Primero fue el peso pesado farmacéutico Novartis, que firmó dos acuerdos con los emprendimientos de edición genética Intellia Therapeutics y Caribou Biosciences. Novartis planea usar Crispr para diseñar células inmunitarias y células madre sanguíneas, y como herramienta de investigación en el descubrimiento de fármacos.

Justo unas semanas después de Novartis, la también farmacéutica AstraZeneca cerró cuatro acuerdos con el Instituto Wellcome Trust Sanger, la Iniciativa Innovative Genomics, y los Institutos Broad and Whitehead de Massachusetts, y Thermo Fisher Scientific. Complementando el programa interno sobre Crispr de la compañía, la tecnología identificará y validará nuevos objetivos en modelos preclínicos en una variedad de enfermedades.

La compañía inmunoterapéutica Juno Therapeutics llegó a un acuerdo con la nueva empresa de edición genética Editas para crear terapias de células inmunológicas anticancerosas; Vertex Pharmaceuticals y Crispr Therapeutics, otros emprendimientos, firmaron un acuerdo que podría ser valorado en 2,6 mil millones de dólares; mientras que Regeneron Pharmaceuticals creó un acuerdo de licencia de patente con ERS Genomics, que posee los derechos de la propiedad intelectual fundamental de Crispr de Emmanuelle Charpentier, una de las pioneras de Crispr. Pero los acuerdos no se centran solo en farmacéuticas. La compañía científica DuPont también ha formado alianzas con la Universidad Vilnius de Lituania y Caribou Biosciences, con un interés específico en aplicaciones agrícolas y de reproducción de plantas.

“El interés de la industria farmacéutica en la edición genética Crispr-Cas9 realmente se ha disparado en el último año”, dice Bill Lundberg, director científico de Crispr Therapeutics. “Una parte considerable de mi tiempo lo paso en charlas con compañías y organizaciones que están interesadas en trabajar con nosotros”.

Aparte de estos acuerdos, también ha habido inversiones súbitas en emprendimientos que tienen como objetivo comercializar la tecnología Crispr y sus productos relacionados, a través de farmacéuticas y otras fuentes de financiación. Caribou, fundada por la pionera de Crispr Jennifer Doudna, ha recaudado 15 millones de dólares; Crispr Therapeutics, fundada por Charpentier, ha recaudado 89 millones de dólares desde abril de 2014, además de 105 millones de dólares más del acuerdo con Vertx; y Editas, fundada por Feng Zhang, que actualmente posee la patente de Crispr, ha conseguido más de 160 millones de dólares.

A pesar de estar en las primeras etapas, un analista cuenta a Chemistry World, que la tecnología puede ser transformativa para las compañías. “El hecho que un solo acuerdo sea valorado potencialmente en 2,6 mil millones de dólares dice mucho del nivel global que la tecnología podría conseguir”, dice Anette Breindl, editora científica en Thomson Reuters BioWorld.

El potencial comercial de Crispr no se ha perdido en AstraZeneca. Allí creen que la tecnología proporciona una potente solución a los retos de investigación y desarrollo que plagan la industria farmacéutica, dice la portavoz de la compañía Karen Birmingham. Desde acelerar la identificación y validación de nuevos objetivos terapéuticos, a la creación de mejores modelos animales de enfermedades humanas en lapsos de tiempo menores, a reducir el número de productos fallidos, Crispr parece destinado a ahorrar millones en costos de investigación y desarrollo (I+D) y estimular el descubrimiento de fármacos, dice. “Básicamente, a través de la aplicación de Crispr esperamos aumentar la productividad en el proceso farmacéutico de I&D”.

De igual modo, en el área agrícola, Crispr promete desarrollar soluciones para cultivadores con mayor precisión y velocidad, dice Neal Gutterson, vicepresidente de I+D en DuPont Pioneer. El tiempo medio de desarrollo actual para productos agrícolas oscila entre 10 y 20 años, lo que convierte la predicción de las necesidades de los cultivadores en un reto, y estos cambios se están volviendo cada vez más rápidos, dice. “La edición genómica Crispr-Cas9 puede permitirnos responder más rápido a las necesidades de los cultivadores e incrementar nuestra habilidad para proporcionar cosechas de mayor producción con los mismos, o incluso menos, recursos”.

Batalla de patentes

Pero en medio de la explosión en investigación y oportunidades comerciales, se avecina una batalla por la patente de Crispr, que ensombrece el fututo comercial de la tecnología. En 2012, Doudna y Charpentier archivaron una solicitud de patente tras trabajar juntas en Crispr. Siete meses después Zhang hizo una solicitud independiente. A pesar de ser el segundo en solicitarla, la patente fue otorgada a Zhang, en base a la fecha de invención declarada. Ahora, la Oficina de Patentes y Marcas Registradas de Estados Unidos ha concedido a los equipos de Doudna y Charpentier un “análisis de interferencias de solicitudes competitivas”, para determinar quién inventó la tecnología.

No está claro hacia qué lado se inclinará la balanza, dice Mai Serebrov, editora reglamentaria en Thomson Reuters BioWorlds. “Si los tribunales deciden que la tecnología no es patentable, se podrían congelar las inversiones. Por otro lado, si se otorga la patente a uno de los grupos, podría resultar en un monopolio y probablemente resultará en autorizaciones más caras o desalentará la investigación porque las patentes pueden enjaular el área, dependiendo de qué tan genéricamente estén escritas”. Con tanta incertidumbre, puede haber un apaciguamiento, la gente esperará a ver el resultado de la batalla. De momento, el gigante biotecnológico Monsanto, ha limitado la aplicación de Crispr hasta que se tome una decisión.

Pero Greg Aharorian, director del Centro por la Innovación Global/Patent Metrics, cree que la disputa no tendrá un impacto severo en la ciencia ni en I+D, aunque advierte que cuanto más dure la batalla de patentes sin llegar a un acuerdo, mayor es la probabilidad de que se descubran nuevos tipos de edición genética, lo que podría “potencialmente recortar sus beneficios futuros”. Pero “si Crispr demuestra ser útil”, añade, “será usado, y la gente ganará dinero”.