Los priones son unas proteínas deformes que se replican induciendo a proteínas normales a plegarse y agregarse en el cerebro, provocando enfermedades raras como la de las vacas locas o el kuru. En los últimos años, los científicos han descubierto que en muchas enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer, el Parkinson y la enfermedad de Lou Gehrig, también están involucrados procesos similares de plegamiento erróneo de proteínas. Ahora, un estudio en la revista Nature muestra la primera evidencia de transmisión entre humanos de las proteínas mal plegadas que subyacen al alzhéimer.

Los nuevos hallazgos se basan en una investigación anterior realizada sobre una enfermedad priónica. Entre 1958 y 1985, bastantes personas de baja estatura recibieron inyecciones de hormona de crecimiento humano extraída de glándulas pituitarias de cadáveres. La glándula es una estructura del tamaño de un guisante que se encuentra en la base del cerebro. Algunas de estas muestras estaban contaminadas con priones, provocando que ciertos pacientes desarrollaran la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob (ECJ), un trastorno cerebral raro y fatal. Los tratamientos cesaron cuando estos informes salieron a la luz, pero en ese momento se calculó que 30.000 personas ya habían recibido las inyecciones. Hasta 2012, los investigadores identificaron 450 casos de ECJ en todo el mundo causados por esas inyecciones de hormona de crecimiento, y otros procedimientos médicos como neurocirugía y trasplantes.

El mal plegamiento de las proteínas beta-amiloide es la característica más distintiva del alzhéimer. Estudios previos habían demostrado que cantidades diminutas de beta-amiloide, inyectadas en ratones o monos, actúan como semillas que inician una reacción en cadena de mal plegamiento de proteínas que se asemeja a la patología del alzhéimer. Sin embargo, hasta ahora ningún estudio había encontrado evidencia de que este proceso ocurriera en seres humanos.

Para investigar la posible transmisión humana, John Collinge, un neurocientífico del University College of London y sus colegas, hicieron un estudio con autopsias de ocho pacientes que murieron de la ECJ después de ser tratados con factor de crecimiento derivado de cadáver. Para su sorpresa, encontraron que seis de los cerebros tenían la patología beta-amiloide que se encuentra en los pacientes de alzhéimer, y cuatro exhibieron algún grado de angiografía cerebral amiloide, en la que las placas amiloides se acumulan en las paredes de los vasos sanguíneos del cerebro.

Los pacientes tenían entre 36 y 51 años (muy jóvenes para sufrir alzhéimer) y ninguno de los individuos tenía mutaciones genéticas asociadas a la aparición temprana de la enfermedad. Todas las evidencias apuntan a la siguiente posibilidad: al igual que los priones, las semillas beta-amiloides estaban en las inyecciones de la hormona de crecimiento e infectaron a esas personas. Aunque ninguno de los cerebros mostró otros marcadores de la enfermedad de alzhéimer, tales como la acumulación de otra proteína mal plegada llamada tau, los investigadores sugieren que si los pacientes no hubieran muerto jóvenes, habrían desarrollado la enfermedad en el futuro.

La investigación puede ser un primer paso para responder la pregunta de si la transmisión de las proteínas patológicas entre humanos es posible. "Este es un estudio observacional", dice Collinge. "Estamos simplemente describiendo lo que vemos en estos pacientes, y tratando de explicarlo”. Este estudio aislado, dice, no es suficiente para probar que el alzhéimer puede ser inducido en un individuo mediante contacto con tejido de otro cerebro. En próximos estudios los investigadores esperan obtener lotes archivados de hormona de crecimiento derivada de cadáveres humanos, y buscar la presencia de pequeños y reveladores  grupos de proteínas beta-amiloide.

Un prominente investigador en alzhéimer, John Trojanowski de la Universidad de Pennsylvania, que no estuvo involucrado en la investigación, afirmó que la investigación no ofrece una respuesta clara sobre si la patología de alzhéimer puede propagarse entre humanos. Trojanowski dice que el estudio "generará más confusión y avivará preocupaciones injustificadas entre público acerca de la capacidad infecciosa de la enfermedad de Alzheimer, que creo no ayudarán a la investigación en el campo de los priones y del alzhéimer."

Señala el pequeño tamaño del estudio y el hecho de que los sujetos no muestran otros signos de la enfermedad de alzhéimer. "Además, los estudios muestran que las placas y ovillos comienzan a depositarse ya en la segunda y tercera década de vida, lo que significa que los sujetos podrían simplemente tener deposición de beta-amiloide relacionada con el envejecimiento."

Sin embargo, otros investigadores creen que el estudio es una contribución importante al creciente conjunto de investigaciones mostrando que muchas enfermedades neurodegenerativas pueden ser inducidas a través de procesos similares a los priónicos. Todas las evidencias directas de transmisión se realizaron en estudios con animales, dice Collinge, y plantearon interrogantes sobre si la misma patología está presente en los seres humanos. "La mejor prueba de la transmisibilidad de las lesiones beta-amiloides proviene de estudios con animales, en los que todos los factores están cuidadosamente controlados y las hipótesis que compiten se pueden descartar", dice Lary Walker, un neurocientífico de la Universidad de Emory que no participó en el estudio. "[Este estudio] añade una dimensión importante al establecimiento del paradigma priónico".

Collinge hizo hincapié en que el alzhéimer y las enfermedades priónicas como la ECJ no pueden ser "contraídas" a través de un contacto directo, y que estudios epidemiológicos anteriores no han encontrado evidencias de que el historial de transfusión sanguínea esté asociado con mayor riesgo de alzhéimer. Sin embargo, existe la posibilidad de que ciertos procedimientos médicos, como los trasplantes y la neurocirugía, puedan exponer a las personas a semillas beta-amiloides. La posibilidad de que se transmitan a través de la sangre probablemente se convertirá en un campo de mayor investigación.

En otro estudio, publicado recientemente en la revista Nature Neuroscience, Mathias Jucker de la Universidad de Tübingen en Alemania y sus colegas –incluyendo Lary Walker– encontraron que las semillas beta-amiloide tienen la capacidad de persistir en el cerebro durante meses y recuperar propiedades patógenas cuando se introducen en el entorno adecuado. Junto con la evidencia de que la patología de alzhéimer se puede transmitir entre humanos, los científicos están empezando a considerar cuidadosamente la forma en que una serie de enfermedades neurodegenerativas pueden desarrollarse a lo largo de décadas, y el papel que la transmisión entre seres humanos puede jugar. "Creo que todos estamos de acuerdo en que se necesita más investigación sistemática en esta área", dice Jucker.

* Gary Stix contribuyó en el reporteo.