Aunque ya se habían hallado evidencia de piojos en el cabello de una momia enterrada en el noreste de Brasil hace 10.000 años, nunca se había comprobado que habitantes prehistóricos del continente fabricaran y usaran peines específicos para remover ese insecto parasitario. Ahora, científicos de Chile, Brasil y Estados Unidos encontraron lo que es, según sugieren, la primera confirmación empírica de esa práctica.
 
Se trata de peines de púas de una caña fina, con dientes delgados y muy próximos entre sí, procedentes de cinco yacimientos arqueológicos del norte de Chile y cuya antigüedad estimada oscila entre 240 y 800 años. Los investigadores observaron al microscopio 41 de esos peines y comprobaron que el 56 por ciento presentaba evidencia de piojos, liendres (huevos) o liendres eclosionadas.
 
“Dada la naturaleza de los peines, sus dientes muy juntitos y apretados, parece que estaban más diseñados para despiojar que para el acicalado personal”, dijo a Scientific American el doctor Bernardo Arriaza, autor principal del trabajo y director del Instituto de Altas Investigaciones de la Universidad de Tarapacá, en Arica, Chile. El hallazgo de restos de piojos y huevos atrapados en su estructura representa un fuerte aval para esas hipótesis.
 
Los instrumentos analizados proceden especialmente de la llamada Cultura Arica, una población agro-pastoril precolombina que vivió en el norte de Chile entre 1.000 y 1.500 años después de Cristo. Pero el hábito podría estar más extendido en el continente, y desde etapas más remotas, sospechan los investigadores.
 
“No me caben dudas de que los peines descritos se utilizaban para los piojos”, señaló a Scientific American el doctor Kosta Mumcuoglu, entomólogo médico del Departamento de Parasitología de la Universidad Médica Hadassah, en Jerusalén, Israel. En 1989, junto a un colega, Mumcuoglu reportó los peines para piojos más antiguos descritos a la fecha, similares a los contemporáneos, que datan de 1.500 años antes de Cristo y fueron hallados en cuevas de Israel.
 
“Estoy seguro de que puede haber peines más viejos en América, pero hay que buscarlos y examinarlos”, agregó Mumcuoglu.
 
Tal cual detallaron Arriaza y sus colegas en Chungara, Revista Chilena de Antropología, casi todos los peines estudiados tenían dos caras y estaban hechos con 21 a 69 púas de carrizo (Phragmites australis) apretadas una al lado de otra y sujetadas en su extremo superior por dos barritas de caña horizontal. Toda la estructura se amarraba con delgados hilos de algodón o camélidos, formando diferentes tipos de decoración.
 
La separación promedio entre los dientes era de medio milímetro, por lo que resultaban “menos eficientes que los peines modernos, pero lo suficientemente adecuados para remover liendres y estadíos posteriores de los piojos”, escribieron los investigadores.
 
Los piojos parecen haber estado vinculados a los seres humanos desde los tiempos de nuestros ancestros prehomínidos. La Biblia los mencionó como la tercera plaga de Egipto y uno de los tratados médicos más antiguos conocidos, el papiro Ebers, incluía un tratamiento pediculicida a base de harina de dátil. Cuando los europeos descubrieron América, los piojos ya se extendían a sus anchas entre los habitantes nativos. Según los expertos, el desarrollo de los peines fue una respuesta cultural a una condición endémica y a un problema de salud que generaba un estrés constante en la población.
 
¿Pueden haber usado otros tratamientos complementarios? “Supongo que hierbas”, arriesgó Arriaza. “Pero dada la cantidad y densidad [de piojos que tenían esos pobladores], creo que los métodos no fueron muy efectivos”.