Hannes Schroeder se pone dos pares de guantes de látex azul y luego se limpia las manos con una solución de lejía. Frente a él hay una caja de plástico grande llena de bolsas plásticas, cada una de las cuales contiene agua de mar y un trozo de hueso teñido de rojo. Levanta una de ellas e inspecciona su contenido mientras varios arqueólogos revolotean detrás suyo, esperando que emita un veredicto. Ellos tienen esperanzas de que él pueda lograr una hazaña inédita –analizar el ADN de alguien que ha estado bajo el mar durante 2.000 años–.

La luz del sol que entra por la ventana centellea en el agua. Los investigadores están en la pequeña isla griega de Anticitera, que está a 10 minutos en barco de los restos de un buque mercante de 2.000 años de antigüedad. Descubierto por pescadores de esponjas en 1900, los restos de este naufragio destacan porque fueron los primeros en la historia que fueron investigados por arqueólogos. El tesoro más famoso que estos restos han producido hasta la fecha es un dispositivo de relojería sorprendentemente sofisticado que modela los movimientos del Sol, la Luna y los planetas en el cielo –conocido como el “mecanismo de Anticitera”–.

Pero el 31 de agosto de este año, investigadores hicieron otro descubrimiento revolucionario: un esqueleto humano, enterrado debajo de alrededor de medio metro de fragmentos de cerámica y arena. “Estamos encantados”, dice Brendan Foley, un arqueólogo subacuático de la Woods Hole Oceanographic Institution en Massachusetts, y co-director del equipo de excavaciones. “No sabemos de la existencia de nada parecido”.

  

 
Phillip Short, director de operaciones de buceo, inspecciona ánforas. Crédito: Brett Seymour, EUA/WHOI/ARGO

Pocos días después del hallazgo, Foley invitó a Schroeder, un experto en análisis de ADN antiguo del Museo de Historia Natural de Dinamarca, en Copenhague, para evaluar si era posible extraer material genético de los huesos. En su camino a Anticitera, Schroeder tenía dudas. Pero conforme va sacando los huesos de las bolsas es gratamente  sorprendido. El material está un poco gredoso, pero en general parece que está bien conservado. “No parece un hueso de 2.000 años de antigüedad”, dice. Entonces, tras examinar varios grandes pedazos de cráneo, encuentra los dos huesos pétreos –unas pepitas detrás de la oreja que preservan el ADN mejor que otras partes del esqueleto o los dientes–. “Es increíble que ustedes encontraran esto”, dice Schroeder. “Si hay algo de ADN, por lo que sabemos, va a estar aquí”.

Schroeder seguirá adelante con la extracción de ADN una vez que las autoridades griegas concedan el permiso. Necesitará aproximadamente una semana para averiguar si la muestra contiene ADN, dice, y luego un par de meses para secuenciar y analizar los resultados.

El descubrimiento le da a Schroeder la oportunidad de llevar los estudios de ADN antiguo a un nuevo límite. Hasta ahora, la mayoría de estudios han sido realizados en muestras obtenidas en climas más fríos, como el norte de Europa. “He estado intentando impulsar la aplicación de ADN antiguo en entornos en los que la gente no suele buscan ADN”, dice. (Él fue parte de un equipo que el año pasado publicó el primer genoma antiguo procedente del Mediterráneo, de un individuo del neolítico encontrado en España.)

Foley y los arqueólogos, por su parte, están entusiasmados ante la oportunidad de aprender más acerca de las personas a bordo de este barco que data del primer siglo antes de Cristo, y que transportaba artículos de lujo del Mediterráneo oriental que probablemente estaban destinados a compradores acaudalados en Roma.

 

RARO DESCUBRIMIENTO

El esqueleto es un descubrimiento raro, dice Marcos Dunkley, un arqueólogo subacuático de Historic England, una organización especializada en patrimonio con sede en Londres. Si no están cubiertos por sedimentos, o protegidos de alguna manera, los cuerpos de las víctimas de un naufragio son por lo general barridos y se descomponen, o terminan siendo devorados por los peces. Algunos esqueletos completos han sido recuperados de barcos más pequeños, tales como el Mary Rose, un barco de guerra inglés del siglo XVI, y el Vasa, un barco sueco del siglo XVII. Ambos se hundieron en el barro, cerca de un puerto. Sin embargo, “cuánto más lejos atrás va uno en el tiempo, más raro se hace”, dice Dunkley.

Solo un puñado de restos humanos han sido encontrados en pecios antiguos, dice el arqueólogo Dimitris Kourkoumelis del Greek Ephorate of Underwater Antiques, un grupo que colabora con Foley. Estos incluyen un cráneo encontrado en el interior de un casco de soldado romano cerca de Cerdeña y, según los informes, un esqueleto descubierto dentro de un sarcófago hundido cerca de la isla griega de Syrna (aunque los huesos desaparecieron antes de que fuera confirmado el hallazgo).

De hecho, el ejemplo mejor documentado es el del pecio de Anticitera: huesos dispersos fueron encontrados por el explorador marino francés Jacques Cousteau, que excavó aquí en 1976. Argyró Nafplioti, un especialista en paleo-osteología de la Universidad de Cambridge, en el Reino Unido, determinó que los restos procedían de al menos cuatro individuos, entre ellos un joven, una mujer y un adolescente de sexo desconocido.

Hoy en día tan solo quedan ollas rotas en el piso marino donde se produjo el naufragio, ya que los pescadores de esponjas recuperaron todos los objetos visibles del fondo del mar en 1900 y 1901. Pero Foley cree que gran parte de la carga del buque podría estar enterrada bajo el sedimento. Su equipo, que incluye expertos buceadores técnicos y miembros del servicio arqueológico griego, trasladó el sitio que se encuentra a 50 metros de profundidad y lo mapeó antes de comenzar sus propias excavaciones en 2014. Ellos han encontrado artículos como tinajas de vino, cristalería, dos lanzas de bronce de estatuas, joyas de oro y jarras de mesa utilizadas por la tripulación. Los buzos también han recuperado componentes de la nave, que incluyen enormes anclas y un peso de plomo en forma de lágrima, que se encontró en junio, y que puede ser el primer ejemplo conocido de lo que los textos antiguos describen como el “delfín de guerra” un arma defensiva usada por buques mercantes para romper naves hostiles.

El esqueleto descubierto en agosto consiste en un cráneo parcial con tres dientes, dos huesos del brazo, varias piezas de costillas y dos fémures –al parecer todos de la misma persona–. El equipo de Foley planea realizar más excavaciones para ver si hay más huesos en la arena.

El hecho de que se hayan encontrado restos de muchas personas en Anticitera – cuando muy raramente se encuentran en otros naufragios– puede que en parte se deba a que los restos de otros naufragios no han sido investigados exhaustivamente. Sin embargo, los investigadores creen que este hecho revela algo acerca de cómo se hundió el barco. Este fue un gran buque para su tiempo, puede que tuviera más de 40 metros de largo, dice Foley, con varias cubiertas y muchas personas a bordo. El pecio se encuentra cerca de la costa, al pie de los acantilados de la isla. Él cree que una tormenta golpeó el barco contra las rocas y que se rompió y se hundió antes de que la gente tuviera la oportunidad de reaccionar. “Creemos que fue un evento de demolición tan violento que las personas quedaron atrapadas debajo de la cubierta”.

 

MISTERIO EN EL MEDITERRÁNEO

Los individuos encontrados en el Anticitera podrían ser parte de la tripulación que, probablemente, habría consistido en 15 a 20 personas, dado el tamaño del barco. Los buques mercantes griegos y romanos transportaban pasajeros frecuentemente, y a veces esclavos. Una de las razones por las que las personas se quedaron atrapadas dentro de barcos que naufragaban era por estar encadenadas, señala Dunkley. “La tripulación habría sido capaz de escapar relativamente rápido. Aquellos con grilletes no hubieran tenido oportunidad alguna de escapar”. Curiosamente, los huesos descubiertos recientemente estaban rodeados de objetos de hierro oxidados, que por ahora no han sido identificados –el óxido de hierro ha manchado los huesos de rojo ámbar–.

 
Las excavaciones de 2016 en el naufragio de Anticitera hallaron un cráneo casi intacto, incluyendo los huesos parietales craneales. Crédito: Brett Seymour, EUA/WHOI/ARGO

Schroeder dice que debido a la escasez de restos submarinos antiguos, apenas se han realizado análisis del ADN de este tipo de muestras utilizando técnicas de última generación. (Se han realizado análisis de esqueletos hallados en el Mary Rose y en el Vasa, pero los especialistas no creen que los métodos usados entonces, y que están basados ​​en la amplificación de ADN utilizando un método denominado PCR, sean fiables, porque es demasiado difícil separar el ADN antiguo de la contaminación moderna.) Algunas excepciones incluyen el análisis de trigo de 8.000 años de edad encontrado en un sitio sumergido frente a la costa inglesa, (aunque estos resultados han sido cuestionados debido a que no se encontró el grado de erosión que se esperaría en el ADN de su edad), y el ADN mitocondrial de un esqueleto de 12.000 años de edad, encontrado en un pozo de agua dulce en México.

Encontrar restos intactos como los de Anticitera es crucial, ya que ofrece la oportunidad de extraer ADN en las mejores condiciones posibles. Los huesos recuperados anteriormente no eran ideales para el análisis, por que a menudo habían  sido lavados o tratados con materiales de conservación o mantenidos en condiciones cálidas (todas estas cosas pueden destruir el frágil ADN), o manipuladas de tal manera que la información genética estaba contaminada.

Schroeder cree que, dado que el fémur encontrado es bastante robusto y que los dientes no están desgastados, el esqueleto probablemente pertenezca a un hombre joven. Además de confirmar el sexo de la persona, el ADN de los huesos de Anticitera podría proporcionar información sobre las características del cabello, el color de los ojos, la ascendencia y el origen geográfico. En los últimos años, las secuencias del genoma modernas han mostrado que la variación genética en las poblaciones refleja la geografía, dice Schroeder. Él y otros están empezando a buscar cómo individuos de la antigüedad encajan en ese mapa para así reconstruir los movimientos de población en el pasado. ¿Tendría la víctima del naufragio los rasgos de una persona de origen griego-italiano o los de una proveniente de Oriente Próximo, se pregunta?

Durante la cena, los investigadores decidieron bautizar al propietario de los huesos con el nombre de Pamphilos, ya que encontraron ese nombre claramente rayado en una taza de vino hallada en el naufragio. “La mente comienza a dar vueltas”, dice Schroeder. “¿Quiénes eran esas personas que cruzaron el Mediterráneo hace 2.000 años? Tal vez uno de ellos era el astrónomo que tenía el mecanismo”.

Este artículo se reproduce con permiso y fue publicado por primera vez el 19 de septiembre el año 2016