Desde hace varios años han proliferado titulares de "guerra en contra de la ciencia" en los medios de comunicación populares. Los reporteros cuentan que la financiación federal para la investigación se ha reducido, las campañas para socavar la ciencia climática atraen cientos de millones de dólares y los políticos rechazan de manera rutinaria conclusiones que son uniformemente aceptadas por científicos. Sin embargo, el pasado fin de semana, la mayor parte de una mesa redonda de estudiosos argumentó no llamar a estos movimientos aversivos una guerra, con dos historiadores que incluso regañaron a los científicos que abrazan esta idea por no estar en contacto con las preocupaciones del público.

Ciertamente, los oponentes de los cultivos genéticamente modificados, las vacunas obligatorias para los niños y la ciencia climática se hacen oír más y se han vuelto más organizados en los últimos tiempos. Pero los oponentes normalmente viven en campos separados y protestan cuestiones individuales, no a la ciencia como un todo, dijo la historiadora de la ciencia y filósofa Roberta Millstein de la Universidad de California, en Davis. Ella habló en una sesión abarrotada de la reunión anual de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS), celebrada en Washington, D.C. Todos los oradores abogaron por una ciudadanía y políticas públicas científicamente informadas, y la mayoría desalentaron el uso de retórica de temática bélica.

Milstein fue la pacifista. "No hay ninguna guerra contra la ciencia, eso es lo que afirmo". O tal vez hay una guerra contra la ciencia, dijo, pero llamarlo así es "contraproducente".

Marcos Largent, de la Universidad del Estado de Michigan, un historiador de la ciencia que ha entrevistado a muchos padres que se niegan a vacunar totalmente a sus hijos, llevó el argumento más allá. Los científicos deben abandonar la posición de batalla, dijo, y reconocer que tienen un enorme poder sobre diversos ámbitos sociales. Los científicos hoy en día son un "grupo de personas intensamente privilegiado", dijo Largent. "Eres reverenciado. Usted tiene más autoridad cultural y social que cualquier otro grupo, aparte de la gente muy adinerada". Una postura defensiva tergiversa la influencia de la ciencia y puede alienar a gente ya desconfiada de las vacunas u otros hallazgos de relevancia social, argumentó.

Como una prueba más de su punto de vista, señaló en una conferencia de prensa anterior que las personas que se oponen a los transgénicos, las vacunas y las pruebas del cambio climático a menudo tratan de recurrir a estudios científicos para reforzar sus propias posturas, incluso aunque la investigación sea ampliamente considerada como defectuosa o fraudulenta. El intento de posicionar ciencia fraudulenta en su favor muestra que se oponen a un tema específico, no a la ciencia en su conjunto.

En muchos casos, la gente en ambos lados de un conflicto, en particular acerca de la ciencia, están de acuerdo sobre hechos básicos, añadió Millstein. Los opositores a las vacunas de Largent poseían buena educación, estaban bastante bien informados acerca de la ciencia, y tenían confianza en los médicos. El desacuerdo puede venir en la interpretación de la importancia de resultados específicos, eventos o valoración del riesgo. En otros casos, las personas que se oponen a una posición científicamente válida podrían sentirse ignorados, e invitándoles a expresar sus quejas se podría prevenir una batalla campal. "No se puede, simplemente, echar más datos e información a la gente", dijo Milstein. "No funciona. Usted no está dirigiéndose a la gente donde está. Hay una desconexión".

Largent estuvo de acuerdo. Los padres que cuestionan o se resisten a vacunar a sus niños se sienten ansiosos y sin poder sobre un asunto que les afecta de lleno en su hogar. Los esfuerzos para convencer a estos padres de que acepten el consenso médico de que las vacunas son seguras tienden a fallar, dijo Largent. En algunos casos, este tipo de conversaciones endurecen la resistencia a las vacunas.

El panelista Steve Strauss, profesor de silvicultura de la Universidad del Estado de Oregón, tomó un tono más agudo mientras contaba una breve historia de una creciente campaña contra los cultivos genéticamente modificados. Las técnicas de modificación genética, señaló, han producido cultivos tolerantes a los herbicidas y resistentes a los insectos, que han aumentado el rendimiento de los cultivos y han disminuido la exposición de los trabajadores agrícolas y las personas en las comunidades agrícolas, en particular, a pesticidas peligrosos y con frecuencia cancerígenos. La tecnología también ha permitido el desarrollo de los cultivos enriquecidos, que pueden aportar los nutrientes que las técnicas convencionales no pudieron para algunas de las 795 millones de personas desnutridas del mundo. Numerosos productos  disponibles en supermercados han sido fabricados, durante mucho tiempo, con granos genéticamente modificados.

Sin embargo, las etiquetas de " verificado sin organismos genéticamente modificados " adornan los paquetes de muchos alimentos procesados ​​que se venden en supermercados de Estados Unidos, con más de 22.000 productos que lo afirmaban en 2014, según una investigación de Whole Foods Market. Etiquetas similares se utilizan en docenas de otras naciones. Como resultado, los cultivos y alimentos transgénicos llevan ahora el estigma en las mentes de algunos consumidores, a pesar del hecho de que cientos de estudios independientes han encontrado que los alimentos transgénicos no acarrean más riesgos que otros alimentos.

El activismo anti-transgénicos puede tener efectos congelantes, al prevenir que productos sean investigados y por lo tanto lleguen a los consumidores a los que podrían beneficiar, especialmente en países en desarrollo. "Esto es realmente un problema ético para nosotros, en el mundo desarrollado, quienes estamos poniendo una gran cantidad de las normas" sobre el sistema alimentario mundial, dijo Strauss. "Cuando la controversia distorsiona la ciencia o roba a la sociedad de unos beneficios muy importantes, entonces la ciencia debería tomar medidas".

La desconfianza se puede eliminar poniendo nuevas tecnologías agrícolas más directo al servicio del público, en lugar de poner a grandes corporaciones o a los reguladores del gobierno en primer plano, dijo Strauss. "Si no se trata de corporaciones versus las personas", dijo, "entonces toda la conversación puede cambiar".

Sin embargo, se avivó el debate de nuevo con el tema del calentamiento global. La ciencia del clima es actualmente el campo más asediado, como la investigación de la historiadora de la ciencia Naomi Oreskes, Erik Conway y otros de la Universidad de Harvard ha dejado claro en los últimos años. Oreskes y Conway son coautores del libro del 2010 Mercaderes de la duda: como un puñado de científicos oscurecieron la verdad sobre cuestiones desde el humo del tabaco hasta el calentamiento global, que reveló campañas eficaces, organizadas, bien financiadas, de varias décadas y, a menudo sobre la base de aproximaciones paralelas, para deslegitimar los resultados sobre diferentes temas, como la lluvia ácida, los pesticidas y con el tiempo el calentamiento global. Estos mensajes crean la apariencia de base científica, pero carecen de sustancia. "Creo que esto es un problema para la ciencia", dijo Conway, que también fue oradora en el panel en la reunión de la AAAS, incluyendo las implicaciones para la financiación de la ciencia.

Sin embargo, Conway, un académico independiente con sede en Pasadena, California, dudó sobre si se debe llamar a este escenario una prueba de una guerra contra la ciencia, señalando que las condiciones y las preocupaciones en torno a la ciencia del clima difieren de aquellas circundantes a los alimentos transgénicos y las vacunas. "Por lo menos," se permitió decir "yo diría que no hay una sola guerra contra la ciencia".

Guerra o distensión, la manera de difundir tensiones puede estar en acuerdos que cedan algo de espacio para los que dudan siguiendo un pensamiento basado en la evidencia. Por ejemplo, una norma del 2014 en Michigan permitió a los padres obtener una exención para las vacunas requeridas [para sus hijos] después de una visita al departamento de salud del condado, para una sesión de educación en vacunas. Aunque se da a los ansiosos padres una manera de evitar la vacuna, los datos preliminares muestran que renuncian a la molestia de visitar a su agencia local e inscriben a sus hijos para la vacunación, dijo Largent. Las tasas de exención ya han caído un 63 por ciento en Detroit.

Los científicos y los políticos en general deberían buscar compromisos factibles, aconsejó. "Olvídese de la arrogancia y olvide la confianza audaz de que todo lo que usted dice y hace es correcto", dijo. Eso solo polariza el desacuerdo. Tomando quizás  las palabras de Martin Luther King, Largent añadió, "la política es el trabajo de lo posible".