En los Juegos Olímpicos de este verano en Río de Janeiro, el hombre más rápido del mundo, Usain Bolt —un jamaiquino de 1,95 cm que ganó seis medallas de oro y tiene la zancada vigorosa de una gacela— tratará de batir su propio récord mundial de 9,58 segundos en los 100 metros planos.

Si lo hace, algunos científicos creen que cerrará el libro de los récords para siempre.

Mientras una miríada de técnicas y tecnologías de entrenamiento continúan empujando los límites del atletismo, y aunque la fuerza, la velocidad y otros rasgos físicos han mejorado constantemente desde que los humanos comenzaron a catalogar este tipo de cosas, la desaceleración en el ritmo al que se baten los récords deportivos llevó a los investigadores a especular con que tal vez nos estamos acercando a nuestro límite fisiológico colectivo; de que los logros deportivos están chocando contra una pared biológica.

El sentido común nos dice que, por supuesto, hay límites a los logros deportivos: exceptuando alguna modificación drástica de las leyes de la física, ningún ser humano correrá nunca a la velocidad del sonido. Hablando fisiológicamente solo hay cierta cantidad de calcio que puede inundar una célula muscular para hacer que se contraiga; y sólo hay cierto oxígeno que nuestros glóbulos rojos pueden usar. 

En este orden de ideas, en 2008, Marcos Denny, un corredor aficionado y biólogo de la Universidad de Stanford, publicó un estudio que intenta determinar si hay límites absolutos en la velocidad a la que pueden correr los animales. Para ello, Denny analizó los registros de tres deportes de carrera con un largo historial de documentación: atletismo de pista y campo, carreras de caballos en EE.UU., y carreras de galgos en Inglaterra.

Calculando los tiempos de carrera ganadores al final del siglo XX y controlando el crecimiento de la población, Denny concluyó que efectivamente existe un límite previsible para el tiempo que le toma a una especie en particular cubrir cierta distancia. De hecho, sus datos muestran que las carreras de caballos y perros, así como algunas pruebas de atletismo, pueden estar ya en ese límite. “Definitivamente estamos en un estancamiento”, dice Denny. “Basta con mirar los datos de las carreras de caballos, lo que creo que muestra un paralelismo con lo que ocurre en los seres humanos. En realidad, los tiempos ganadores de la Triple Corona no han [mejorado] desde los 70, y eso es a pesar de todos los millones de dólares que se vierten en la cría de caballos más rápidos”.

Como explica Denny, los caballos todavía se pueden criar para mejorar un atributo en particular; sin embargo, hacerlo viene con inconvenientes fisiológicos colaterales. “Se puede criar un caballo para correr más rápido que nunca antes o tener músculos más fuertes, pero luego sus piernas se romperán. Realmente parece que hemos llegado al máximo de la reserva genética de los pura sangre”. Y podríamos ser los próximos.

Genéticamente hablando, los caballos de carreras son un grupo especialmente homogéneo, pues todos los pura sangre descienden  solo de tres sementales traídos a Inglaterra en los siglos XVII y XVIII (y un número ligeramente mayor de yeguas “de fondo”). Pero Denny señala que en una serie de pruebas de pista de mujeres, la velocidad también se ha estabilizado, y muchos récords no se batieron desde la década de 1980 (cuando, como dice el experto, se sospechó que muchos competidores estaban “dopados hasta la coronilla”).  

Denny cita el récord mundial de 2003 de la maratonista Paula Radcliffe, establecido en 2:15:25 (supuestamente sin ayuda de sustancias que mejoran el desempeño, a pesar de una investigación), como un valor que casi es la velocidad máxima prevista para la maratón femenina. Los varones que corren la maratón aún pueden tener un margen de maniobra. El modelo de Denny predice que el récord actual de 02:02:57 puede ser mejorado por unos tres minutos más o menos, en congruencia con la reconocida meta de las dos horas.

Bolt espera superar el tiempo previsto por el investigador para una carrera de 100 metros: 9,48 segundos. Por desgracia, de acuerdo con Denny, el velocista, ahora más viejo, podría haber perdido su oportunidad. El velocista iba adelante del resto del grupo en la carrera de semifinales en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008, cuando redujo su velocidad antes de cruzar la línea de llegada. “Creo que si hubiese seguido a toda velocidad se hubiera establecido un récord mundial imbatible, de todos los tiempos”, especula Denny.

Pero el jamaiquino puede consolarse con saber que para Peter Weyand, profesor de fisiología de la Southern Methodist University y uno de los principales expertos en biología del rendimiento, los seres humanos no han alcanzado totalmente el techo deportivo. Weyand explica que cuando se considera la resistencia, por ejemplo, hay dos formas para mejorar: aumentando la cantidad de sangre que se bombea fuera del corazón, o aumentando la concentración de oxígeno en la sangre en sí misma, como es el caso del dopaje de sangre. “Aún no creo que hayamos alcanzado nuestros límites”, opinó. “Creo que la gente va a encontrar maneras de mejorar el suministro de oxígeno a través del cuerpo y exprimir un mayor rendimiento. La única pregunta es si estos enfoques se considerarán legales”.

La respuesta para mejorar el rendimiento deportivo podría estar en nuestras mitocondrias, las llamadas “centrales eléctricas” de nuestras células, que generan energía a partir de oxígeno a través del ciclo de Krebs. En una persona con aptitud aeróbica promedio, las mitocondrias representan alrededor de 2% del volumen de cada célula; en atletas bien entrenados es de 4%. En el hiperquinético colibrí, la cantidad asciende a alrededor de 40%, dando esperanza de que tal vez las células humanas podrían alojar más mitocondrias, impulsando así la capacidad atlética. “Por supuesto que hay un límite en el que no se pueden meter más mitocondrias en una célula, pero creo que en el ser humano aún hay espacio”, dice Weyand. “El deporte se ha convertido en una tarea tan global, lucrativa y profesionalizada que mientras  haya dinero de por medio y fama por ganar, vamos a seguir viendo mejoras —tanto en términos de ciencias del deporte y de equipamiento— que permitirán batir récords, aunque quizás con menos frecuencia”.

Weyand reconoce que cualquier retoque biológico en el futuro puede traer las mismas preocupaciones éticas y filosóficas que envuelven a las sustancias dopantes hoy. “Va a ser cada vez más difícil determinar lo que será legal y lo que no”, predice. “Ahora decimos, 'está bien, el entrenamiento es algo bueno, y también lo es la dieta', pero ¿y qué pasa con los suplementos?”

Además de eso, los grupos de vigilancia probablemente nunca sean capaces de estar al día con los nuevos mejoradores biológicos y químicos que podrían hacer ganar unos centímetros, dice Weyand. “Las autoridades antidopaje primero tienen que averiguar para qué se usan las nuevas sustancias; luego tienen que desarrollar un ensayo para detectarlas. La identificación y la lista de lo que está prohibido siempre va a estar a la zaga de lo que la gente está tratando”, dice.

El dopaje sanguíneo puede que no desaparezca, pero el futuro de la superación de récord, para bien o para mal, probablemente resida en el genoma humano. Las tecnologías de edición de genes como CRISPR-Cas9 permiten encender o apagar algunos genes específicos, o introducir modificaciones que pueden conferir varias ventajas atléticas y que, como advierte Weyand, serían casi imposibles de detectar. “Creo que vamos a ver personas que intenten cosas como CRISPR para introducir ciertos genes en aras del atletismo”, dice David Epstein, autor del libro de 2013 “The Sports Gene: Inside the Science of Extraordinary Athletic Performance. “Creo que la razón principal de por qué las personas no están haciendo esto aún es porque todavía hay muchas formas de dopaje tradicionales que están disponibles y son eficaces. Ellos todavía no han tenido que cambiar”.

Epstein, cuyo libro explora los límites del rendimiento humano, señala que la actual preocupación por CRISPR a menudo es rechazada, dada la complejidad de nuestro código genético y el hecho de que actualmente en realidad no sabemos lo que hacen la mayoría de los genes. Sin embargo, como presenta en su libro, hay ejemplos de variantes de genes específicos que resultan en una mejora del rendimiento atlético.

Uno de esos casos involucra a Eero Antero Mäntyranta, la leyenda del esquí de Finlandia y siete veces ganador de la medalla olímpica, que tuvo éxito a lo largo de la década de 1960, y se asumió ampliamente que estaba dopado. Años más tarde, un estudio genético al que se sometió a Mäntyranta y a su familia reveló que es portador de un gen que aumenta en gran medida la masa de glóbulos rojos y los niveles de hemoglobina, la molécula que transporta el oxígeno en la sangre. Epstein también cita el llamado “súper bebé”, un niño increíblemente musculoso, nacido en Berlín en 1999. El ahora adolescente tiene una mutación que bloquea la producción de miostatina, una proteína que limita el crecimiento muscular excesivo.

Pero dejando de lado a los individuos afortunados, ¿qué interesará al  público en la competición, si estamos llegando a una meseta en el rendimiento, una en la que los récords sigan rompiéndose —tal vez asistidos por manipulaciones genéticas éticamente dudosas—, pero a un ritmo mucho más lento? ¿Las personas verán las competencias cuando no haya más récords para romper?

Denny no está preocupado. “Cuando publiqué mi artículo, los comentarios que recibí fue que iba a destruir los Juegos Olímpicos”, recuerda. “Eso es como decir que como el equipo de fútbol de Brasil de 1962 fue el mejor de todos y entonces nunca nadie va a ver otra Copa del Mundo. Pero si Bolt puede correr los 100 en 9,47 segundos y vencer mi predicción, entonces me quito el sombrero ante él. Creo que siempre va a existir ese señuelo de 'tal vez alguien va a hacerlo mejor'”.

Tanto Denny como Epstein creen que esto es especialmente cierto para deportes más complejos, en los que cualquier cantidad de variables puede contribuir al éxito, y en los que “mejor” es difícil de definir. Deben ocurrir varios factores para que un equipo gane un campeonato de baloncesto o un Súper Bowl. Y las ligas deportivas están cambiando continuamente las reglas para captar el interés público, creando nuevas marcas de referencia para la capacidad atlética.

“Hasta 1979, el baloncesto no tenía la línea de tres puntos”, dice Denny. Y esta ausencia hace que uno se pregunte si en otra época, el actual fenómeno Stephen Curry —cuyo récord de triples en una temporada alcanzó 402 y se elevó asombrosamente por encima la primera marca de 286, también establecido por él— podría haber disfrutado de los elogios que obtuvo, dado el cambio de reglas.

“La NBA y todas las ligas saben lo que están haciendo”, bromea Denny. “La gente seguirá discutiendo sobre deportes, con cervezas de por medio en el bar, en las próximas décadas”.