En un sábado por la noche del mes pasado, 12 estudiantes de la Universidad de Wesleyan, en Connecticut, fueron envenenados por “Molly”, una droga alucinógena que habían llevado para animar una fiesta en el campus. Las ambulancias y helicópteros transportaron a los afectados hasta hospitales cercanos, algunos en estado crítico. Molly —el nombre que se le da en la calle a la anfetamina MDMA— puede causar fiebres extremadamente altas, insuficiencia hepática, degradación muscular y paro cardíaco.

Dados los riesgos asociados con Molly, ¿por qué la consume la gente? La respuesta obvia —para estar drogado— es solo parcialmente cierta. Como muchas drogas ilegales, Molly provoca euforia. Pero también es notable por sus efectos “prosociales”. Molly hace que quienes la consuman se sientan amables, cariñosos y fuertemente conectados entre sí. Esta droga es más comúnmente usada en entornos donde la comunión con los demás es muy valorada, como en fiestas rave, festivales de música y reuniones universitarias. Recientemente, los psiquiatras se han interesado en su potencial para mejorar la psicoterapia; y esto ha llevado a nuevas investigaciones acerca de los mecanismos por los que la MDMA hace que la gente se sienta más cercana.

Parece que la MDMA funciona cambiando la atención del usuario hacia las experiencias positivas mientras minimiza el impacto de los sentimientos negativos. Para investigar esto, un estudio de 2012 realizado por Cedric Hysek y colegas usó el test “Leyendo la mente a través de la mirada” (RMET, por su sigla en inglés), que fue desarrollado para evaluar a las personas con autismo. Como parte del RMET, a los participantes se les mostraron 36 imágenes de caras, en particular de la zona de los ojos. Su tarea consistía en describir qué estaba sintiendo la persona de la foto.

Los voluntarios que habían consumido la MDMA, bajo condiciones extremadamente controladas, reconocían mejor las emociones positivas; pero, en cambio, bajó su desempeño en el reconocimiento de emociones negativas. En otras palabras, atribuyeron de manera incorrecta sentimientos positivos o neutrales a las imágenes que en realidad tenían un tono emocional negativo. En resumen, confundieron imágenes negativas y vinculadas a amenazas con imágenes amistosas.

Otros dos estudios de 2014 han apoyado esta idea. Kirkpatrick y sus colegas utilizaron la Prueba Morfológica de Expresión Facial (conocida como mFER, en inglés), que emplea caras estandarizadas, transformadas con un incremento de 10 por ciento desde neutral a emocional. Los autores encontraron que la MDMA redujo la precisión de los sujetos para  identificar rostros enojados y temerosos, pero no afectó la identificación de caras felices. Esto les llevó a concluir que “los efectos en el comportamiento prosocial de la droga podrían explicarse parcialmente por una disminución de la capacidad para percibir estados emocionales negativos en otros”.

El segundo estudio se centró en el rechazo social, usando un juego llamado “Cyberball”, que fue desarrollado como modelo para el ostracismo. En Cyberball, los participantes juegan virtualmente a pasarse una pelota con personajes simulados por computadora. Si el sujeto recibe más pases, eso lo hará sentir más aceptado. Cuantos menos tiros reciba, más rechazado se sentirá. Frye y sus colegas desarrollaron la hipótesis de que el rechazo durante Cyberball tendría un impacto negativo en el estado de ánimo, mientras que un tratamiento previo con la MDMA podría reducir este efecto.

Los investigadores encontraron que quienes usaron la MDMA se autocalificaron mejor tanto en sentirse "volado" o "drogado” en general, como en sentirse “querido” en particular. Los sujetos que habían consumido la MDMA percibieron con precisión la aceptación en el juego Cyberball, pero se sintieron mucho menos molestos por el rechazo; de hecho, los usuarios de la MDMA rechazados creyeron que habían recibido muchos más tiros de los que realmente tuvieron. Al igual que los autores del estudio anterior, los investigadores concluyeron que los efectos prosociales de la MDMA están menos basados en un sesgo positivo de lo que están en la alteración del reconocimiento de rechazo. El usuario se siente más positivo y “querido” porque no puede procesar la hostilidad con precisión.

Respaldando a estos estudios, los experimentos de resonancia magnética funcional (MRI, en inglés) demuestran que la MDMA activa el estrato ventral, una estructura (del cerebro) involucrada en la expectativa de recompensa, mientras disminuye la respuesta a las caras enojadas en la amígdala, que procesa los estímulos atemorizantes.

¿Cómo hacen los neurocientíficos para explicar estos efectos? Se ha hecho referencia a muchos neurotransmisores diferentes. Los efectos de la MDMA sobre la serotonina, un jugador clave en todas las drogas alucinógenas, es responsable del aumento de la sensibilidad de sus usuarios a la música y a la apreciación de espectáculos de luz, lo que explica la popularidad de la droga en fiestas rave. Su estimulación de la liberación de norepinefrina y dopamina podría explicar la euforia y la mayor energía que experimentan sus usuarios; y el aumento de los niveles de cortisol están implicados en la disminución de la fatiga. Los efectos prosociales —el deseo de socializar y relacionarse con otros— se han relacionado, aunque con controversias, con los efectos de la MDMA sobre las concentraciones de oxitocina en el cerebro. Esta sustancia es una hormona conocida por ser importante para la reproducción y la unión humana. La liberación de oxitocina durante la lactancia se cree que fortalece el vínculo entre madre e hijo. Estudios en animales muestran que la administración de oxitocina en ratas aumenta el “tendido adyacente”, es decir, el abrazo.

Otro estudio realizado por el grupo de Kirkpatrick analizó el efecto de  la MDMA en los niveles de oxitocina. Ellos creían que la MDMA podría aumentar los niveles sanguíneos de oxitocina. Los participantes tomaron diferentes dosis de MDMA y en otras ocasiones, diferentes dosis de oxitocina intranasal. Como se esperaba, tanto la oxitocina inhalada como la MDMA aumentaron los niveles de oxitocina en sangre dependiendo de la dosis, lo que significa que cuanto más de cada sustancia se consumía, más oxitocina se hallaba en la sangre. Al tiempo que los investigadores encontraron que la MDMA, efectivamente, aumentaba los niveles de oxitocina, también demostraron que la oxitocina por sí sola —administrada en su formulación inhalada, sin la MDMA— no produjo efectos prosociales. Los usuarios de la MDMA se autocalificaron con altos valores como “juguetones”, “amigables”, y “queridos”; en cambio, el grupo de los que habían tomado oxitocina no lo hizo. Mientras que el papel de la oxitocina en la interacción social de los mamíferos es indiscutible, el estudio anterior, y otros trabajos recientes, ponen en duda el hecho de que los aumentos en los niveles de oxitocina tienen que ver con la popularidad de Molly como una droga para fiestas.

Mientras que las compañías farmacéuticas compiten para desarrollar productos que puedan los efectos benéficos de la oxitocina —por ejemplo, como tratamientos para trastornos autistas y depresión—, los psiquiatras siguen mirando a la MDMA como un complemento para la psicoterapia.

La MDMA fue usada por primera vez en la década de 1950 por el ejército estadounidense en estudios para mejorar los interrogatorios. Durante la década de 1970 tuvo un breve período de uso terapéutico en psiquiatría, pero en 1985 la Agencia Antidrogas de EE. UU. (DEA) dictaminó que tenía un alto potencial de abuso y rechazó cualquier uso médico, lo que hizo que su posesión fuese ilegal. Por lo tanto, la investigación psiquiátrica ha sido difícil de realizar.

Recientemente, sin embargo, la capacidad de la MDMA para mitigar las percepciones negativas y mejorar la sociabilidad la ha llevado a ser reconsiderada por la psicoterapia en general, y en los tratamientos por estrés post-traumático en particular. La piedra angular de la terapia de estrés postraumático es la exposición y la desensibilización. El paciente traumatizado necesita enfrentarse a recuerdos angustiosos hasta que pierdan gradualmente su poder. Naturalmente, esto es muy perturbador para la mayoría de los pacientes. Se espera que la MDMA puede hacer que los malos recuerdos sean menos vívidos, al tiempo que aumente la sensación de seguridad y confianza.

Un estudio realizado por neurólogos con sede en Londres aborda esta posibilidad a través de las respuestas que se obtienen mediante resonancia magnética funcional al analizar los mejores y los peores recuerdos autobiográficos. En estos estudios se les pidió a los participantes que detallen seis de sus peores recuerdos y seis de sus favoritos, y luego fueron entrenados para recordarlos durante el procedimiento de resonancia magnética funcional. Después de consumir la MDMA, los usuarios calificaron sus memorias preferidas como más vívidas y emocionalmente intensas, mientras que sus peores recuerdos se sentían menos negativos. Las imágenes de resonancia magnética funcional apoyaron estos resultados, mostrando una activación y atenuación diferencial en las áreas del cerebro asociadas con los recuerdos positivos y negativos.

Relevante para el potencial de la MDMA como tratamiento para el estrés postraumático, un sujeto declaró: “Cuando volví a los malos recuerdos ya no parecían tan malos; de hecho, los vi como necesidades fatalistas para que luego ocurrieran buenos acontecimientos”.

Trágicamente para los estudiantes de Wesleyan, ellos pudieron haber tenido un “lote malo” de Molly. La dosis podría haber sido demasiado alta, o las píldoras podrían haber sido adulteradas con cafeína u otras sustancias similares a las anfetaminas. Un servicio de análisis informó recientemente de que solo el 39 por ciento de las píldoras que estudiaron tenían MDMA pura, y la mitad en realidad no contenía nada de la MDMA. Es realmente una incógnita lo que contiene cualquier lote de Molly. La esperanza es que encontremos una forma menos tóxica de amarnos unos a otros.

Anne Skomorowsky es psiquiatra en la Centro Médico de la Universidad de Columbia.