El mero hecho de tocar dinero tiene el poder de alterar nuestro comportamiento. El dinero nos hace más egoístas, menos serviciales, y menos generosos con los demás. En un experimento, por ejemplo, un peatón dejaba caer un pase de autobús delante de gente que o bien acababa de sacar dinero de un cajero automático o bien simplemente pasaba por delante de la máquina. Las personas que habían sacado dinero del cajero automático eran menos propensas a alertar a la mujer de que había dejado caer su billete. Mientras que el dinero puede dificultar la amabilidad, también confiere avances psicológicos de manera que vuelve a la gente más persistente y más exitosa en la solución de problemas difíciles.

Nuestra propia investigación revela que el manejo de dinero puede desencadenar todos estos comportamientos, en diferentes culturas, a una edad sorprendentemente temprana –3 años de edad–. Incluso los más jóvenes son menos propensos a echar una mano, después de tocar dinero, o esforzarse en resolver problemas difíciles como resolver un laberinto correctamente. Y, todo esto ocurre a pesar de la relativa falta de experiencia con el dinero o el conocimiento de su valor. El dinero tiene el poder de cambiar el comportamiento de maneras deseables e indeseables, incluso antes de que los niños puedan entender que un dólar vale más que un centavo. Nos sorprendimos al descubrir que un suceso cotidiano en todo el mundo –simplemente tocar dinero en efectivo– puede desencadenar cambios en el comportamiento tan temprano en la vida. Estos hallazgos podrían tener implicaciones para los logros, la generosidad y la armonía interpersonal.

Documentamos los efectos del dinero en el comportamiento de niños pequeños en una serie de experimentos. En un experimento, dimos instrucciones a algunos niños para que ordenasen el dinero por denominación, mientras que otros ordenaban botones por color. Luego fueron a una habitación diferente donde se puso a prueba su rendimiento en una tarea difícil. Se les dio un laberinto para resolver y se les dijo que podían abandonar en cualquier momento. Los que clasificaron dinero trabajaron durante más tiempo y tuvieron más éxito en resolver el laberinto que los que clasificaron botones. En otro experimento, niños de 3 años de edad clasificaron monedas y billetes, o botones y tiras de papel antes de pasar a una habitación diferente. Allí se encontraron con una experimentadora que les pedía su ayuda para preparar el material para el próximo niño al que se pondría a prueba. Les dio una cesta y pidió a los niños que la trajeran de vuelta con tantos lápices de color rojo como pudieran de una caja que había en la esquina de la habitación. Los clasificadores de dinero ayudaron menos, en general, que los clasificadores de botones y papel.

Ambos experimentos se llevaron a cabo en Polonia, y documentamos resultados similares en un estudio con niños estadounidenses de tres a seis años de edad. El experimentador dijo explícitamente a los niños que la clase tenía que estar muy ordenada, se debían guardar las cosas después de usarlas y poner bien las sillas –todas ellas solicitudes habituales que se espera de los niños en el hogar o en la escuela–. Se le dio a los niños una caja que contenía efectivo estadounidense y se les permitió manejar las monedas y billetes todo el tiempo que quisieran. A escondidas se anotó durante cuánto tiempo cada niño jugó con el dinero. La siguiente tarea era en una nueva habitación y la transición nos permitió registrar si, según lo solicitado, los niños ponían el dinero en la caja y ponían la silla en su sitio antes de salir de la habitación. Una vez en la nueva habitación, dimos a los niños dos oportunidades más para ayudar. Les preguntamos si querían ayudarnos a preparar materiales para el próximo niño o ir a jugar. La otra oportunidad de ayudar era al final del estudio, cuando los niños podían elegir un máximo de tres juguetes a cambio de participar. Después de que eligieran, se les preguntó si querían dar cualquiera de sus juguetes a los niños en otra escuela, lo que haría felices a los otros niños.

Los niños que jugaron más tiempo con el dinero eran más egoístas, menos serviciales, y menos generosos. Ayudaron menos en mantener la habitación ordenada y estuvieron menos dispuestos a ayudar a preparar los materiales para el próximo niño. También se quedaron más premios para ellos y eran menos propensos a regalar sus juguetes a otros niños.

Manejar dinero disminuye la disposición de los niños pequeños a ayudar a otros. Sin embargo, como las personas son más propensas a ayudar a las personas que consideran similares a ellos mismos, la disposición de los niños a ayudar podría haber estado limitada por el hecho de que el experimentador era un adulto pidiendo ayuda.

En el siguiente experimento subimos la apuesta de tres maneras. La primera, en lugar de un investigador adulto que necesita ayuda, fueron otros niños los que necesitaban ayuda. La segunda, pusimos a prueba si la exposición a dinero haría que los niños tomasen más para sí mismos y, al mismo tiempo, fueran menos generosos con los demás. En la tercera, probamos si el poder del dinero en la reducción de la amabilidad era simplemente porque los niños lo encontraban más deseable que los botones, lo que podría haber causado que los clasificadoras de dinero fueran menos serviciales y más egoístas. Por lo tanto, pusimos a los niños a ordenar botones, dinero, o algo muy deseable –caramelos–. Después de esa tarea, se informó a los niños de que podrían quedarse con hasta seis pegatinas de Disney. A continuación, se dijo a los niños que podrían regalar algunas de sus pegatinas a otros niños que no habían participado, o que podían quedárselas para ellos mismos. Los clasificadores de dinero fueron más egoístas que los clasificadores de caramelos y botones. Los clasificadores de dinero se quedaron más pegatinas para ellos y donaron la mitad de pegatinas en comparación con los clasificadores de botones o caramelos.

Colectivamente, los experimentos proporcionan evidencia de como simplemente tocar dinero puede cambiar el comportamiento de los niños pequeños en buenas y malas maneras. También intentamos descartar una serie de explicaciones alternativas: los resultados no se debían al valor del dinero, el conocimiento de los niños sobre el dinero, la edad, el estado de ánimo, el nivel de interés en la tarea de ordenar, o la deseabilidad del dinero.

Se han documentado cambios de comportamiento similares en adultos. Tras una tarea aparentemente irrelevante en la que las personas manejaban o pensaban en dinero, en comparación con otros objetos o conceptos, su rendimiento en el trabajo mejoró. Y, simplemente sujetar o pensar en dinero perturba la armonía interpersonal. Demostramos que estos efectos se dan antes incluso de que los niños puedan nombrar las diferentes monedas.

Los niños pequeños muestran evidencia de algunos conceptos complejos notablemente avanzadas como la justicia, la religión y la física. A pesar de no ser capaces de articularlos, las mentes de los niños han formado conexiones similares a las de los adultos para estos conceptos. El dinero, para bien o para mal, se puede añadir a esta lista.

Lan Chaplin es professor asociado de mercadotecnia en la Universidad de Illinois-Chicago. Kathleen D. Vohs es una Distinguida Profesora McKnight y Land O' Lakes Chair en Marketing de la Universidad de Minnesota.

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