Para sobrevivir en la Tierra se debe considerar que todos sus habitantes, sin importar tamaño o especie, luchan por igual. Si bien la tecnología y la ciencia le ha permitido al ser humano llevar la delantera en la batalla contra las enfermedades infecciosas, aún no es suficiente para declarar la victoria. Todavía millones mueren porque no se han descubierto tratamientos y vacunas eficaces, por lo que el frente de guerra sigue al rojo.  Y los factores que la mantienen así son muchos.

A modo de ejemplo, dice el premio Nobel de Química Aaron Ciechanover, en medio siglo la expectativa de vida aumentó unos treinta años. “Por eso antes casi nadie moría de cáncer, pero hoy sí”, dice.

Esto, sumado a la globalización y al estilo de vida ha puesto nuevas barreras en el avance de la lucha. Por ello, este fue uno de los temas centrales que se tocaron en el 65 Lindau Nobel Laureate Meeting –que reunió el pasado mes de julio en Alemania a más de sesenta premios Nobel con 650 jóvenes científicos de 88 países para hablar de ciencia durante una semana–.

Desde los años 70 hasta ahora, continúa Ciechanover, se han encontrado numerosos medicamentos capaces de derrotar enfermedades, pero sin necesariamente tener en cuenta los mecanismos involucrados en el proceso. “Muchos fueron descubiertos con fuerza bruta ”, cuenta. Es decir, a función de prueba y error por lo que ha sido más cosa de suerte que de ciencia.

Un ejemplo de ello son las estatinas, un medicamento que inhibe la síntesis de colesterol y que a juicio del científico han sido el mayor blockbuster del último tiempo.

Se dio con ellas por el número de pruebas que se hicieron y no porque se comprendiera el mecanismo de inhibición mencionado. Así, aunque es una arma válida, su descubrimiento no pavimentó el camino para realmente mejorar las afecciones cardiacas o tampoco para replicar el procedimiento en otras afecciones como las de origen infeccioso.

Infecciones asesinas

Cerca de 60 millones de personas mueren al año y, de ellas, una cuarta parte es a causa de enfermedades infecciosas, dice Bruce Beutler, premio Nobel de Medicina. Y esto no es solo por falta de vacunas, la resistencia a los medicamentos o, incluso, nuevos patógenos, concuerda siguiendo el ejemplo anterior. Hay cosas que la ciencia aún no sabe, tales como cuántos genes se necesitan para resistir las infecciones, dice.

Otra de las grandes murallas que aún no se logra derribar es la falta de entendimiento del sistema inmune. Hay mucho que sabemos, pero al mismo tiempo mucho que no. “Recién estamos comenzando a comprender mejor estas células a través de la epigenética, pero queda mucho por hacer”, dice Peter Doherty, premio Nobel de Medicina. Esto va a permitir, por ejemplo, llegar al número óptimo de células necesario para hacer más efectivas las vacunas.

Si bien hay casos exitosos, como el caso del VIH, donde se ha logrado reducir en 38% los nuevos infectados desde 2005 y evitar más de 4 millones de muertes,  aún no es suficiente, dice Francoise Barré-Sinoussi, premio Nobel de Medicina.

“No solo tenemos que descubrir una vacuna, sino lograr un tratamiento que no sea de por vida y que elimine completamente tanto el virus como la posibilidad de contagio”, asegura. Hoy, si los medicamentos se abandonan el virus “revive”, esto porque está en los genes de la célula. “Por eso tenemos que encontrar la forma de eliminar todas las células infectadas y para ello no solo necesitamos investigar, sino también nueva tecnología”, asegura.

Influenza, el gran enemigo

Si bien el reciente resurgimiento del ébola demostró que el mundo no está realmente preparado para enfrentar una enfermedad de este tipo, para Peter Doherty la mayor amenaza que se conoce hasta ahora sigue siendo la influenza. “Creo que la hemos subestimado”, opina.

La epidemia de 2009 iniciada en México dejó varias lecciones. Entre ellas, el que mujeres embarazadas, adultos jóvenes saludables o indígenas de Australia, entre otros, fueron afectados más severamente que el resto de la población, pero no se sabe exactamente por qué.

“No solo tenemos que concentrarnos en la infección, sino también saber qué pasa en los tejidos afectados y cómo intervenir en ese mecanismo”, asegura el científico.

La medicina personalizada, el lugar hacia donde estamos moviéndonos, dice Ciechanover, se está convirtiendo en una gran arma. “Un mismo tratamiento no funciona en todos los pacientes por igual porque finalmente no tienen la misma enfermedad, molecularmente hablando”, explica. Las condiciones personales son las que deben definir el tratamiento a seguir y eso aún es un trabajo en progreso.