Cuando algo o alguien ahuyenta a los ciervos que pastan en un prado, todos emprenden la huida a la vez en aparente orden. ¿Cómo se las apañan los individuos del rebaño, asustados o incluso presas del pánico, para iniciar la desbandada sin atropellos?

Con el fin de descubrirlo, el equipo de Hynek Burda, biólogo de la Universidad Checa de Ciencias Biológicas en Praga, fijó su atención en el corzo, un cérvido europeo que pasta en campo abierto. Por ser presa codiciada de los cazadores, el corzo teme al hombre y huye ante su sola presencia. Durante la primavera y el verano de 2014, el equipo se dedicó a espantar a 188 rebaños de corzos que pastaban en tres cotos de caza checos. Uno supondría que los animales correrían en dirección opuesta al peligro inminente o hacia el cobijo más cercano. En lugar de ello, los ungulados preferían huir hacia el norte o el sur magnético. Para Burda, esa observación revela que el corzo tendría la capacidad de percibir el campo magnético terrestre, como si contara con una brújula interna. "La magnetorrecepción parece ser un sexto sentido más corriente de lo que suponíamos", explica. Permitiría a los miembros del rebaño escapar sin chocar unos con otros (pues todos se dirigirían en la misma dirección) y reagruparse con rapidez una vez pasado el peligro. Las conclusiones se publicaron el pasado agosto en Behavioral Ecology and Sociobiology.

Matthew Kauffman, zoólogo de la Universidad de Wyoming que no ha participado en el estudio, opina que los resultados son interesantes porque los investigadores no suelen contemplar el geomagnetismo como estrategia para eludir a los depredadores. Pero matiza que sería preciso recabar más datos si se quiere corroborar la hipótesis, y que Burda y su grupo deberían repetir el experimento en otros lugares y en estaciones distintas. "Hay muchísimos elementos en el entorno que podrían solaparse con los puntos cardinales", advierte.

La versión en español de este artículo se publicó primero en Investigación y Ciencia.