Levadura, gusanos y ratones: todos han vivido más tiempo cuando son tratados con diversos compuestos químicos en pruebas de laboratorio. No obstante, muchas pistas prometedoras han fracasado cuando se han probado en los seres humanos.
 
Ahora, investigadores están proponiendo un enfoque diferente para las pruebas en animales de fármacos que prolongan la vida: ensayos en perros de compañía. Su objetivo es la rapamicina, una droga que ya se utiliza clínicamente como parte de un cóctel de fármacos anti-rechazo después de un trasplante de riñón y que también se ha demostrado que prolonga la vida de los ratones – en un 13% en las hembras y en un 9% en los machos (D. E. Harrison et al. Nature 460, 392–395; 2009)–.
 
La capacidad del compuesto de extender la longevidad no ha sido probada aún en personas –los ensayos en humanos son caros y se tardaría mucho tiempo para saber si un fármaco realmente puede aumentar la longevidad humana–. Además, la rapamicina ya no es patentable, por lo que las compañías farmacéuticas no están dispuestas a invertir esfuerzos en ella. La droga también puede causar algunos efectos secundarios graves que podrían descartarla como una fuente farmacéutica de la eterna juventud. Por ejemplo, ha  sido relacionada con un mayor riesgo de diabetes en personas que han tenido trasplantes de riñón (O. Johnston et al. J. Am. Soc. Nephrol. 19, 1411–1418; 2008); pero en dosis bajas, los investigadores sospechan que el medicamento no sería un problema para los perros sanos.
 
"Cualquier compuesto tiene efectos secundarios de algún tipo; la pregunta es ¿ con qué tipo de efectos secundarios se puede vivir?", dice Randy Strong, un gerontólogo del Instituto Barshop de Estudios en Longevidad y Envejecimiento,  en San Antonio, Texas.
 
Para responder a esta pregunta, los biólogos moleculares Mateo Kaeberlein y Daniel Promislow, ambos en la Universidad de Washington, en Seattle, proponen  dar una baja dosis de rapamicina a los perros en un estudio que también pondría a prueba si el fármaco puede prolongar la vida de los animales. La pareja invitó a expertos en salud canina y la biología del envejecimiento a una reunión en Seattle, el pasado 28 y 29 de octubre, para discutir la forma de estructurar un ensayo de este tipo.
 
Los investigadores esperan probar la rapamicina en los perros grandes que por lo general viven de ocho a diez años y comenzarían a darle el medicamento a los animales cuando alcancen entre seis a nueve años de edad. Un ensayo piloto implicaría unos 30 perros, la mitad recibiría la droga, lo que permitiría a los investigadores evaluar, por un corto tiempo, los efectos sobre la función del corazón y algunas otros aspectos de su salud. El estudio se puede completar en tan solo tres años, pero los investigadores sabrán mucho antes –quizás en meses­– si la rapamicina mejora la función cardiaca u otros aspectos de la salud de los animales.
 
La rapamicina actúa sobre una proteína que está implicada en el crecimiento celular, pero poco se sabe sobre la forma en que es capaz de extender la vida. Podría ser que retarda el proceso de envejecimiento en sí mismo o puede ser que previene las enfermedades relacionadas con la edad. Una hipótesis es que funciona principalmente al prevenir el desarrollo de cánceres.
 
Los perros mascota podrán proporcionar una prueba más realista que los ratones de laboratorio de cómo la droga funcionaría en los humanos. Los perros experimentan algunas de las mismas influencias ambientales y desarrollan muchas de las mismas enfermedades relacionadas con la edad que sus amos, dice Kaeberlein. (Él planea enrolar a su perro pastor alemán en el estudio, cuando tenga la edad apropiada.)
 
Otros investigadores dicen que el razonamiento Kaeberlein y de Promislow tiene sentido. "Estamos hablando de si las mascotas de edad se beneficiarán y eso es un buen modelo para una población humana", dice el genetista David Harrison, del Laboratorio Jackson en Bar Harbor, Maine, que ha estudiado la rapamicina en ratones.
 
Kaeberlein y Promislow han recaudado cerca de $200.000 de fondos institucionales en la Universidad de Washington para realizar el piloto, pero van a necesitar mucha más financiación para un ensayo más grande de varios cientos de perros para comprobar si el fármaco, a lo largo de los años, puede prolongar la vida – y para estudiar el proceso de envejecimiento normal en miles de animales–.
 
Los participantes en la reunión de Seattle también están considerando si se les puede pedir a los dueños de las mascotas ayuda para  financiar un ensayo más grande y,  si es así, si los investigadores pudieran prometer a los donantes que sus perros serían tratados con rapamicina en lugar de un placebo, sin comprometer el estudio. Por lo general, los participantes en un ensayo clínico son asignados al azar a un grupo de tratamiento o control.
 
"Es una especie de situación única, ya que son las mascotas de la gente", dice Kaeberlein. "No hemos llegado a ninguna decisión sobre cómo va a ser manejado".
 
Este artículo se reproduce con permiso y fue publicado por primera vez el 29 de octubre de 2014.