La Europa del siglo XV se caracterizaba por ser un conglomerado de naciones en las que la violencia era moneda común, ya fuese fruto de las guerras, persecuciones religiosas o entre las personas. Sin embargo, durante el choque cultural que se inició en 1492, una de las costumbres amerindias que más los impresionó fue la decapitación, junto con el hábito de cortar y exhibir partes del cuerpo humano de forma ritual.

Cortarle la cabeza a los muertos era una práctica normal en muchas de las culturas americanas originarias, según enunciaron los primeros cronistas europeos, luego etnólogos modernos, y también confirmado por la arqueología.

Ahora, un nuevo estudio que publica hoy la revista científica PLOS ONE,  lleva esa costumbre tan atrás en el tiempo que la acerca al poblamiento original del continente, y le quita la exclusividad a las culturas originarias de la cordillera de los Andes.

Los autores del estudio, liderados por André Strauss, del Instituto Max Planck para Antropología Evolutiva de Alemania, dan a conocer un caso de decapitación de hace 9.000 años, descubierto en el abrigo rocoso Lapa do Santo, en Brasil.

Hasta la fecha, en Suramérica, la decapitación más antigua conocida procedía de la región andina, Perú, y data de apenas unos 3.000 años. Dado que todas las otras evidencias arqueológicas de decapitaciones se habían descubierto en la misma región, se pensaba que se había originado, y se circunscribía a los pueblos que habitaban allí.

El yacimiento Lapa do Santo, ubicado en el centro este de Brasil, contiene evidencias de ocupación humana que llegan hasta 12.700 años atrás. En 2007 se descubrió un enterramiento que incluía tan solo un cráneo, una mandíbula, las primeras seis vértebras cervicales, y dos manos amputadas. 

Estas últimas estaban presentadas sobre el rostro, opuestas entre sí. Tanto las cervicales, como la mandíbula, presentaban marcas de corte en V, lo que implica que fueron descarnados con algún objeto cortante.

Vista exterior del sitio arqueológico Lapa do Santo. Foto de Mauricio de Paiva.

Basado en los análisis químicos, los investigadores pudieron descubrir que, el llamado Enterramiento 26, correspondía a un miembro del grupo local. Esto, unido a la forma en que estaban presentados los restos, llevó a los autores del estudio a pensar que fue una decapitación ritual, relacionada con algún tipo de pensamiento religioso, y no el resultado de un trofeo. 

Esto aportaría evidencias a favor de que los rituales mortuorios sofisticados ya existían entre los cazadores recolectores americanos desde los primeros tiempos del poblamiento del continente, y que no fueron algo exclusivo de la región andina.

Brasil antiguo

“El trabajo que estamos haciendo en Serra da Capivara”, dijo André Strauss a Scientific American, “es consistente con apuntar a un mínimo de 28.000 años atrás para la presencia humana en Brasil. En este contexto, el espécimen de Lapa do Santo, no entraría en un escenario de primeros americanos”.

“Sin embargo”, continúa Strauss, “sí estarían entre los restos humanos, datados directamente, más antiguos de América. Incluso en Lapa do Santo también tenemos los segundos restos más antiguos de Brasil. Probablemente tengamos más todavía con 9.000 años de antigüedad en Lapa do Santo que en todo Estados Unidos”.

“Hasta ahora se han descubierto un total de 37 enterramientos”, continúa Strauss. “Pero es la totalidad del sitio lo que lo hace único. Los enterramientos se han dividido en diferentes patrones mortuorios, y el Enterramiento 26 es parte del patrón mortuorio 2, que está caracterizado por un fuerte énfasis en la reducción de las partes corporales por mutilación, incineración, descarnado de los huesos y dientes removidos. Los huesos fueron luego organizados en contextos secundarios siguiendo prescripciones específicas”.

“Son varias las características que apuntan a una decapitación ritual”, nos cuenta Strauss, “El análisis químico mediante estroncio no apunta a que este individuo fuese un forastero. Lo mismo indica la forma de su cráneo. También la ausencia de características de que se trataba de una cabeza trofeo, como huecos para las cuerdas que se usaban para cargarlas, o el alargamiento del foramen magnum (el agujero en la base del cráneo). Estos grupos expresaban sus rituales a través del uso del cuerpo humano como símbolo”.

Rodrio Oliveira trabajando en el Enterramiento 36 en Lapa do Santo. Foto de André Strauss.

Prácticas funerarias

“Sin dudas el caso de la decapitación presentada en el sitio Lapa do Santo es un caso de relevancia para la bioarqueología y las practicas mortuorias en Suramérica”, dijo a Scientific American Gustavo Martínez, especialista en enterramientos de la Universidad Nacional del Centro, Argentina,  e investigador principal del CONICET, quién no estuvo relacionado con el hallazgo.

“Las implicaciones de este hallazgo van mucho más allá ya que nos introducen en la esfera del uso del cuerpo humano como símbolo, como legitimador de distintas relaciones de poder e identidad  en las cuales la eficacia simbólica de estas prácticas ha jugado un rol central en los entramados sociales. Sin dudas, el cuerpo humano funcionó como cultura material relacionada a la construcción y manutención de las relaciones sociales tanto dentro de un mismo grupo social, como entre grupos sociales que interactuaron”, señala Martínez.

Y agrega: “Salvando las distancias temporales la manipulación de cadáveres y el manejo de los cuerpos humanos cuyas unidades anatómicas se disponen en fardos funerarios, es un tema común en la arqueología de Pampa y Norpatagonia, en Argentina”. Por ejemplo,  el experto explica que esta fue una práctica bien arraigada en las poblaciones cazadoras recolectoras del curso inferior del río Colorado, en el noreste de la Patagonia, desde hace aproximadamente 1.400 años. “Como parte de importantes rituales estas conductas mortuorias  han sido puestas en práctica a través de todo el Holoceno y en los diferentes ambientes (selvas, desiertos, llanuras) que habitaron estas sociedades cazadoras-recolectoras”, dice Martínez.