La llamada “hormona del amor” no solo produce efectos positivos; también presenta una faz sombría. Un nuevo análisis revela que las consecuencias de la oxitocina en el cerebro y la conducta se asemejan a los de otra sustancia también de doble filo: el alcohol. Investigadores de la Universidad de Birmingham, dirigidos por Ian Mitchell, constataron a través de un metanálisis que tanto la una como el otro mitigan el miedo, la ansiedad y el estrés, a la par que elevan la confianza, la generosidad y el altruismo. Pero, ambas sustancias acentúan la agresividad, la asunción de riesgos y los prejuicios.

Esas semejanzas probablemente se deban a que la oxitocina y el alcohol actúan en una misma ruta química del cerebro, aunque en puntos diferentes. La primera promueve la liberación de GABA, un neurotransmisor que reduce la actividad neuronal. El alcohol, por su parte, se enlaza a receptores de GABA y potencia su actividad. En consecuencia, ambas sustancias tienen como efecto general atenuar la actividad cerebral, lo que tal vez explique por qué ambas reducen las inhibiciones.

Los ensayos clínicos han demostrado que el espray nasal de oxitocina reduce la ansiedad por la bebida y los síntomas de abstinencia en los alcohólicos. En marzo del año pasado, otro artículo sugiería que la oxitocina y el alcohol interactúan de forma directa. Según demostraron en ratas ebrias, la primera impedía la deficiencia motora porque bloqueaba la subunidad receptora de GABA a la que, por lo común, se enlaza el alcohol. Por ahora, los investigadores prevén que la similitud entre estos compuestos permita desarrollar tratamientos para el alcoholismo a partir de oxitocina.

Este artículo se reproduce con permiso y su versión en español se publicó primero en Investigación y Ciencia.