Jane Goodall descubrió hace 40 años que los chimpancés libraban guerras entre sí. Hasta entonces, pensaba que eran más apacibles que los humanos. Pero su observación impactante sobre las luchas en el mundo animal no fue la primera, sino la segunda. Para entonces se sabía desde hacía al menos 80 años que los humanos no éramos los únicos que matábamos a otros de nuestra propia especie. Algunos insectos también lo hacen.

La abeja sin aguijón Tetragonula carbonaria, de Australia, destaca por incitar a la guerra, habitualmente al usurpar la colmena de otra colonia. En lugar de perder el tiempo en la construcción de su propia colmena, se apropia de una ya hecha y la redecora. Las peleas entre las colonias de abejas sin aguijón resultan épicas, según John Paul Cunningham, de la Universidad de Tecnología de Queensland, con "enjambres de atacantes y defensoras que colisionan en pleno vuelo y luchas de abejas en las que no sobrevive ningún combatiente".
Mientras estudiaban tales escaramuzas, Cunningham y sus colaboradores se sorprendieron al observar que las abejas sin aguijón eran atacadas no solo por otras colonias de su propia especie, sino también por las de otra, en concreto, Tetragonula hockingsi. Representaba la primera descripción conocida de la existencia de guerra entre especies de abejas. (El único otro ejemplo de este tipo de conflictos en el reino animal se produce entre algunas especies de hormigas.)

Las batallas entre las abejas sin aguijón resultaban tan notables que los investigadores estudiaron unas 260 colonias de T. carbonaria en Queensland durante cinco años para confirmar sus observaciones. Debido a que las abejas son difíciles de distinguir a simple vista, el equipo de Cunningham identificó los casos de usurpación de una especie por otra mediante la evaluación de la estructura de las colmenas, que examinó cada año cuando estas se abrían para la extracción de la miel. Las colmenas de T. carbonaria se componen de celdas bien organizadas construidas en forma de espiral. Las de T. hockingsi contienen celdas aparentemente dispuestas sin orden ni concierto. Si una colmena que se sabía albergaba T. carbonariapresentaba al año siguiente la estructura de T. hockingsi, se deducía que había sido objeto de una ocupación exitosa. Los investigadores registraron 46 usurpaciones interespecíficas, con vencedoras procedentes de cualquiera de ambos bandos en igual proporción.

Cunningham también examinó las actividades diarias de una colmena de T. carbonaria durante un invierno; fue testigo así de tres grandes batallas y recogió los individuos muertos para un análisis genético posterior. Al final del invierno, la colmena había sido requisada por T. hockingsi, que expulsó a los ocupantes restantes, entre ellos larvas, e instaló a una nueva reina.

¿Qué lleva a miles de abejas a emprender una batalla y poner en riesgo su vida? El análisis genético de los individuos muertos realizado por James Hereward, de la Universidad de Queensland, ha proporcionado una pista. El investigador halló que la nueva reina era probablemente hija de la reina de la colmena atacante, que le proporcionaba un nuevo hogar para continuar con el linaje de la especie dominante. Cuando la capacidad reproductora de la casta real está en juego, los beneficios potenciales de cualquier colonia pueden superar los riesgos de las bajas masivas.

Según Cunningham, el detonante de una guerra resulta incierto, "en especial si se tiene en cuenta que los apicultores suelen tener muchas colmenas de ambas especies que viven próximas entre sí en armonía". Christoph Grüter, de la Universidad de Lausana, que no participó en el trabajo, señala que este estudio pone de relieve el desconocimiento que existe todavía acerca de la guerra entre insectos y su origen. "Toda la colonia de la especie atacada es aniquilada, y un número considerable de los atacantes también muere", explica. "Es muy raro que tanto atacantes como defensores tengan que soportar tales costes".

Este artículo se reproduce con permiso y fue publicado primero en Investigación y Ciencia.