Algunas polillas que pululan en las urbes bañadas por la luz no se sienten atraídas por ella, asegura un nuevo estudio publicado en Biology Letters. Mientras cursaba los estudios de posgrado en Basilea, el biólogo evolutivo Florian Altermatt fijó su atención en el número de insectos nocturnos que revoloteaban a la luz de las farolas. "Quería saber sobre todo a qué especies atrae y me percaté de que en la ciudad no eran tantas", explica Altermatt, ahora en la Universidad de Zúrich. Los datos quedaron arrinconados durante la tesis doctoral, pero la idea de que los insectos urbanos podían ser insensibles al funesto señuelo de la luz no dejó de rondarle la cabeza. Cinco años después, en colaboración con Dieter Ebert, ambientólogo de la Universidad de Basilea, decidió estudiar el asunto con el debido rigor.

En primer lugar, recolectaron orugas de arañuelos (Yponomeutidae) en zonas urbanas y rurales de Francia y Suiza y las criaron hasta la madurez. A continuación, liberaron a la vez todas las polillas adultas (320 campestres y 728 urbanas) en una sala oscura dotada de una lámpara fluorescente en el extremo opuesto. Casi todas las nacidas en el campo volaron hacia ella, pero solo dos tercios de las urbanas las secundaron. Las demás permanecieron cerca del punto de partida, lejos de la luz.

Esos resultados parecen revelar una adaptación evolutiva a las zonas afectadas por la contaminación lumínica. Tal actitud salvaría la vida de muchas: cada noche, los insectos que mueren de inanición en una sola farola se cuentan por miles, según estudios precedentes. Pero tal comportamiento también tendría sus desventajas. "Dudo de que esa adaptación compense realmente el daño causado por la contaminación lumínica", matiza Altermatt. En su intento de evitar las luces brillantes, las polillas urbanas podrían quedar confinadas a pequeños reductos donde polinizarían menos plantas y tendrían más dificultades para hallar pareja.

La versión en español de este artículo se publicó primero en Investigación y Ciencia.