BUENOS AIRES. Los motores rugen en Buenos Aires. En las calles del microcentro porteño, la gente vitorea cada pirueta realizada por los motociclistas. En Plaza de Mayo, frente a la Casa Rosada, una multitud de hombres y mujeres, padres e hijos, todos fanáticos del automovilismo –conocidos aquí como "fierreros"–, extienden los brazos, alzan las manos y enfocan sus cámaras fotográficas y teléfonos celulares. Bajo un sol molesto e invasivo, y protegidos detrás de las vallas, no quieren perder ni un gesto ni un movimiento de los 47 cuadriciclos, 154 automóviles y 75 camiones que desfilan en el ruidoso lanzamiento de la carrera más exigente y polémica del mundo, el Rally Dakar, que desde 2009 se desarrolla en Suramérica.

         Sin embargo, pese al fervor popular, pese a los políticos que aparecen frente a cada cámara que se enciende para hablar de lo bien que esta competición le hace al turismo regional y a pesar de la insistencia de los patrocinadores de posicionar sus marcas y productos en cada rincón de la ciudad y del país, no todo el mundo aplaude ni se alegra por la 37° edición de la prueba que arrancó el 4 de enero en Buenos Aires y culminará en la misma ciudad el 17 de enero, tras recorrer territorios de  Argentina, Chile y Bolivia. Científicos, ambientalistas y representantes de pueblos originarios, más bien, están preocupados. Temen que vuelva a repetirse lo que sucede edición tras edición: es decir, que en su afán de avanzar en un recorrido que se extiende a lo largo de unos 9.000 kilómetros en 13 etapas, los conductores destruyan todo lo que se ponga en su camino, desde sitios arqueológicos y paleontológicos a la fauna y la flora local.

         “El patrimonio cultural y arqueológico corre un riesgo muy serio –afirma el investigador Rafael Goñi, presidente de la Asociación de Arqueólogos Profesionales de la República Argentina–. En numerosos tramos de su recorrido, los vehículos circulan a gran velocidad a través de áreas abiertas, por fuera de rutas o caminos preexistentes, donde los competidores provocan una severísima alteración del medio ambiente, generando una 'huella' de decenas y hasta varias centenas de metros de ancho. Todos aquellos elementos de la más diversa naturaleza, sea esta cultural, vegetal, animal o mineral que se encuentren en la superficie, o inmediatamente debajo de ella, son invariablemente afectados o destruidos por completo”.

         Las polémicas rodean al Dakar. La prueba automovilística de resistencia nacida en 1979 con el nombre de Rally París-Dakar se trasladó a Suramérica en 2009 debido a las recurrentes amenazas terroristas en la República Islámica de Mauritania, al noroeste de África. Desde la primera edición, han muerto a lo largo de la competencia unas 63 personas entre las que se cuenta su propio creador –el francés Thierry Sabine, en 1986–, pilotos, copilotos, espectadores, periodistas, asistentes y transeúntes.

         Y también innumerables animales de los que no se llevan registro. Los veterinarios, por ejemplo, advierten que los camélidos suramericanos son los que más sufren los embates de esta competición: acostumbradas a la tranquilidad y sensibles a los sustos, las llamas, alpacas, vicuñas y guanacos no soportan los altos niveles de ansiedad producidos por el paso de los vehículos a toda velocidad y pueden morir de ataques al corazón cuando se ven sometidos a situaciones extremas de estrés.

         A comienzos de 2014, el Colegio de Arqueólogos de Chile denunció que los competidores del Rally Dakar destruyeron geoglifos (o sea, figuras de 4.000 años de antigüedad construidas en laderas de cerros o en planicies). El 44,5 % de los sitios arqueológicos en el desierto de Atacama y el Camino del Inca también en el norte de ese país habían sufrido destrozos. "Calculamos que han sido destruidos unos 250 sitios documentados –afirmó la arqueóloga Paola González y vicepresidenta de la institución–. Es como si destruyeran miles de libros de historia prehispánica".

         En Chile se exigen 100 metros de distancia mínima con respecto a los sitios arqueológicos. En Perú, en cambio, unos 300 metros. Sin embargo, estas precauciones no evitan las escenas de destrucción. "Ha habido casos de espectadores que han extraído del suelo vértebras de esqueletos de ballena de 20 millones de años de antigüedad para usarlas como banquitos desde los cuales ver pasar a los autos. Además, muchos competidores han pasado por encima de vestigios fósiles", dijo el paleontólogo Klaus Hönninger, director del Museo Paleontológico Meyer-Hönninger, ubicado en Chiclayo, norte de Perú.

         Hasta ahora Ecuador ha sido el único país que rechazó la solicitud de Amaury Sport Organisation –la empresa organizadora del evento–, por los evidentes daños que se han producido en el patrimonio natural y en la memoria histórica de los países por los que atravesó la carrera.

         Lo que más critican los investigadores argentinos es la desidia gubernamental. "No se han realizado estudios de impacto arqueológico previos por las áreas por donde pasa el Dakar como lo establece la Ley Nacional 25743 de protección del patrimonio arqueológico y paleontológico como tampoco se realizaron inspecciones posteriores a la realización de la competencia, indica la arqueóloga argentina Norma Ratto, del Museo Etnográfico Juan B. Ambrosetti. “Al parecer, la salvaguarda patrimonial no es parte de la política de Estado”, agrega.

         Según Elba Stancich, presidenta de la agrupación eco-política argentina Los Verdes, el Rally Dakar es “una caravana de destrucción completamente incompatible con el cuidado del ambiente”. Lo mismo piensan 33 comunidades indígenas de la norteña provincia de Jujuy –precisamente de la laguna de Guayatayoc y de las turísticas Salinas Grandes–que se encuentran en estado de alerta y movilización. En la edición 2014, diez indígenas, incluido el alcalde de un pueblo, fueron detenidos por la Policía y luego imputados en la justicia por el intento de bloqueo de caminos.

         Competencia riesgosa, evento turístico, espectáculo automovilístico, negocio millonario, el Dakar año tras año enciende más alarmas. “No es el objeto de la asociación de arqueólogos profesionales solicitar que se impida la realización de la carrera sino exigir a las autoridades correspondientes que se cumpla con la legislación vigente”, agrega Rafael Goñi, investigador del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano y profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

         Scientific American intentó conversar con representantes de la empresa Amaury Sport Organisation, organizadores del evento, pero no se recibió respuesta.