La desigualdad de ingresos está creciendo en los Estados Unidos, y el problema es mucho peor de lo que la mayoría de la gente cree. Para los niños, crecer en la pobreza dificulta el desarrollo mental y conduce a un menor desempeño académico en las escuelas, según un estudio publicado esta semana en la revista JAMA Pediatrics.

Desde hace tiempo se sabe que un estatus socioeconómico bajo está asociado con menores rendimientos en las escuelas, e investigaciones recientes han encontrado asociaciones entre pobreza y una menor superficie cerebral. El estudio actual vincula estas líneas de evidencia convergentes al revelar que hasta un 20 por ciento de la diferencia en el desempeño entre los niños de altos y bajos recursos se puede explicar por diferencias en el desarrollo mental.

Utilizando una muestra de 389 niños y adolescentes sanos de entre 4 y 22 años de edad, el psicólogo Seth Pollak y sus colegas de la Universidad de Wisconsin-Madison compararon los resultados de las pruebas de desempeño académico con el volumen de tejidos en ciertas áreas del cerebro. Los investigadores sometieron a los voluntarios a estudios de imágenes por resonancia magnética para escanear y medir el volumen de materia gris en los lóbulos temporales, los frontales y el hipocampo –áreas del cerebro que son críticas para los procesos cognitivos que se requieren pare tener éxito académico y que son vulnerables a las condiciones del entorno en la vida temprana de las personas–. Algunos de los individuos volvieron para reevaluaciones a los 24 meses y tuvieron visitas de seguimiento por un periodo de hasta seis años.

Los investigadores encontraron que los niños que crecieron en familias que se encontraban por debajo de la línea de pobreza tenían volúmenes de materia gris que estaban entre un ocho y un diez por ciento por debajo del desarrollo normal. No encontraron diferencias entre los niños de clases medias y los de familias pudientes, pero aquellos que estaban 50 por ciento arriba de la línea de pobreza mostraron volúmenes de materia gris que estaban entre tres y cuatro por ciento por debajo de la norma. En otras palabras, a más dinero no necesariamente hay mejores desempeños, pero en un cierto punto hay un “efecto de caída” en los ingresos que ocurre donde la falta de recursos económicos es perjudicial para el desarrollo. “Pienso que el motivo por el cual no vemos un efecto continuo es que los humanos somos muy resistentes”, dice Pollak; “creo que los niños pueden aprender a ajustarse a una gran variedad de circunstancias, pero lo que ocurre con la pobreza extrema es que estamos moviéndonos fuera del rango en el que el cerebro humano puede ajustarse”.

Pollak esperaba ver que la brecha se cerrara conforme los niños crecían, al pasar más tiempo en la escuela y fuera de sus hogares; pero no fue el caso. La brecha en el desarrollo mental todavía estaba presente a los 22 años.

Para asegurarse de solo estar tratando con los efectos de tener bajos ingresos, los investigadores excluyeron a los niños que padecían otros factores que se sabe que afectan de forma negativa el desarrollo mental, como una historia familiar de diagnósticos psiquiátricos o un embarazo de alto riesgo. Los resultados eran claros: los efectos de un estatus socioeconómico bajo eran evidentes incluso en los niños que de otra forma crecieron saludables. “Este fue un estudio importante”, dice Joan Luby, una psiquiatra de la Escuela de Medicina de la Universidad de Washington en San Luis que no participó en este estudio. Según explica, el estudio da un paso más allá de la literatura existente y crea un vínculo entre pobreza y desempeño académico. “Nos da una ruta clara para tomar acciones de salud pública en el futuro”, dice.

Un reporte reciente del Centro Nacional de Estadísticas para la Educación de EE.UU. reveló que en 2013 el 51 por ciento de los estudiantes de las escuelas públicas del país provenía de familias de bajos recursos. Los niños que crecen en familias de bajos recursos están expuesto a más estreses  ambientales, como un limitado acceso a comida saludable, el vivir en vecindarios inseguros y tener padres estresados. Identificar las causas específicas podría ser difícil, pero en estudios futuros Pollak y su equipo esperan identificar cómo diferentes programas sociales, como los de almuerzo gratuito o vales de vivienda, pueden ayudar a los niños que crecen en la pobreza. “Solía pensar en la pobreza como una cuestión de política social. Ahora lo veo como un problema biomédico, una condición ambiental o una toxina que afecta a los niños”, dice Pollak.