Las personas que gozan de la comodidad de los lentes de contacto también suelen adquirir a través de ellos huéspedes microbianos no deseados. De hecho, según un amplio proyecto dirigido por María Domínguez Bello, del Centro Médico Langone de la Universidad de Nueva York, para clasificar los microorganismos que viven en la superficie ocular, los usuarios de lentillas presentan una mayor diversidad de bacterias que la población general. Esta diferencia podría explicar por qué desarrollan también infecciones oftalmológicas con una frecuencia hasta siete veces mayor.

Para determinar el microbioma ocular, los investigadores analizaron cientos de muestras obtenidas de los ojos y párpados de 11 personas que no llevaban lentes de contacto y de 9 que sí los llevaban. Los resultados fueron presentados en el congreso anual de la Sociedad Americana de Microbiología, el pasado 31 de mayo. Los análisis demostraron que los usuarios presentaban unas tres veces la proporción habitual de las bacterias MethylobacteriumLactobacillusAcinetobacter y Pseudomonas. Aunque las tres primeras resultan inofensivas, cuando Pseudomonas se introduce en una córnea arañada puede dar lugar a una infección y provocar enrojecimiento, dolor y visión borrosa. Si no se trata, la afección puede derivar en ceguera. Estos grupos de bacterias tienden a vivir de forma inocua en nuestra piel, comenta Lisa Park, quien participó en el proyecto. Ello significa que muy probablemente pasan de los dedos a los ojos en el acto de colocarse los lentes, lo que sugiere que se produce un cambio instantáneo en el microbioma local.

Otros resultados del estudio refuerzan esa conclusión. Los investigadores descubrieron que, en las personas que llevan lentes desechables, la composición de las bacterias que viven en los ojos se asemeja más a la de su propia piel, en comparación con las personas que no necesitan lentes. "Aunque no se trata de una relación definitiva", apunta Park, "resulta muy intrigante". Las características físicas de los lentes en sí mismas, tales como la presión que ejercen sobre el ojo, podrían también favorecer el crecimiento bacteriano.

En total, los expertos identificaron unas 10.000 cepas diferentes de bacterias en las muestras. El conocimiento de la comunidad microbiana exacta que habita en el ojo de un paciente podría ayudar a tratar las infecciones con antibióticos específicos, comenta Jack Gilbert, microbiólogo de la Universidad de Chicago que no participó en el estudio.

Sin embargo, para evitar por completo las infecciones, los usuarios de lentillas deberían seguir con asiduidad unas buenas prácticas: lavarse bien las manos antes de manipular los lentes, utilizar una solución salina fresca para enjuagarlos y guardarlos y reemplazar los estuches cada tres meses. De esa manera, al menos, se reduciría la acogida de nuevos pequeños huéspedes amenazadores.

Este artículo se reproduce con permiso y fue publicado primero en Investigación y Ciencia.